Cáncer

La cosa pasó a lo largo de muchos años. Se confirmó, casi por casualidad, que el papel químico para duplicados de facturas era cancerígeno. ¡Desconcierto por todas partes! Mundialmente se abolió el uso de dicho papel químico que, incluso, aumentaba la tendencia a ciertos tipos de cáncer en los hijos de las secretarias tributarias embarazadas y expuestas al mismo. Con el tiempo, todas las facturas pasaron a ser digitales y enviadas mediante redes Wifi o Gsm a los celulares y centrales de acopio de datos tributarios respectivos.

Eventualmente, los estudios a largo plazo sobre la correlación entre ondas electromagnéticas y cáncer dieron, al fin, resultados concluyentes. Se determinó que las ondas electromagnéticas de los celulares, y aparatos parecidos, causan cáncer, y una rara tendencia a la depresión —que pocos pudieron explicar—. Este caso no fue tratado de la misma forma que el de los papeles químicos, aquí habían multinacionales poderosas que no querían perder sus beneficios invirtiendo en una reestructuración de tecnología de datos. Hubo manifestaciones, huelgas, matanzas y revoluciones a lo largo del globo terráqueo. Tuvieron que pasar trece años antes de que el último país migrara a la nueva tecnología de transmisión de datos.

La tecnología de detección temprana de cáncer avanzó mucho. Durante aquellos años también se desarrolló una tecnología revolucionaria, que podía detectar patrones genéticos intrincados para determinar el porcentaje de riesgo de padecer cáncer en un futuro. El 25% de toda la población mundial se determinó tendiente a padecer algún tipo de cáncer o tumoración en algún momento de su vida. La humanidad, alarmada, financió todos los estudios habidos y por haber, incluidos los de correlación estadística. Dichos estudios, por cierto, tuvieron mucho éxito en determinar y confirmar que ciertas sustancias de uso diario aumentaban considerablemente el riesgo de padecer cáncer.

Uno de los estudios de correlación estadística concluyó que, a pesar de no contar con las innovaciones médicas de aquel entonces, los pueblos más alejados de la ciudad tenían un riesgo mucho menor de padece cáncer. Este estudio, a su vez, llevó a otro que determinó que una comunidad indígena del Amazonas tenía un riesgo nulo de padecer cáncer en su población. Los estudios se publicaron sin saber que, luego de unos 25 años, se crearía un movimiento secreto de investigación que desembocaría en la migración masiva de la población urbana a dichas zonas rurales. El movimiento migratorio se concentraba alrededor de aquella enigmática comunidad.

Un atrevido científico decidió hacer el ritual de treinta años que lo convertiría en miembro indiscutible de la comunidad indígena de los Ayahuascas. Veintinueve años después, el científico no aprendió ningún secreto. No aprendió nada,  salvo ayunar cada cierto tiempo, dormir a la intemperie, comer una estricta dieta de vegetales e insectos, bailar y participar en las ceremonias religiosas, y sentir por un instante una extraña vibración mística —de la que todos los Ayahuascas hablaban, pero que él sólo sintió una vez—. Al inicio del trigésimo año, los ancianos de la comunidad  expusieron al científico, ahora llamado Ahuapuzco (‘Esperanza masiva’ en idioma Ayahuasca) al ritual final.

Sumergido durante 365 días en una poción secreta (consistente en la decocción de la liana yagugue, junto a la corteza de la mimosa), los ancianos le daban de comer ciertos tipos de alimento, que iban cambiando según las fases de la luna. El agua debía beberla directamente de la piscina sagrada donde se lo sumergió. Al final del ritual, todo lo que había aprendido —que aunque lo respetaba, no lo consideraba relevante— tuvo sentido, y supo que aquella vibración, de la que tanto hablaban los Ayahuascas, era el lamento del planeta.

Pasados otros 365 días, luego de los cuales, el científico Ahuapuzco, decidió salir a contar a todos lo que había aprendido. Los ancianos no se opusieron. Ahuapuzco inició un movimiento social de iluminación y sanación que logró muchos adeptos en poco tiempo. En diez años el movimiento logró envergadura mundial. Empezó, entonces, la época conocida como “La reconsideración”, en dónde se cuestionó, uno a uno, cada conocimiento aprendido por la humanidad. La reconsideración” duró cincuenta años, tiempo durante el cual existió un estricto control de natalidad y una exposición gradual de la poción Ayahuasca a cada miembro de lo que restaba de la humanidad —cuya población fue mermada veintiún años antes, debido al imprevisto brote de cientos de enfermedades—.

Durante el medio siglo que duró “La reconsideración”, desapareció el sistema económico y ocurrió una profunda modificación del sistema educativo. Se descubrió, también, que los causantes de muchas enfermedades eran el hormigón y el cemento —resulta que esos materiales de construcción, luego de muchos años de exposición a la luz solar, se vuelven ligeramente tóxicos—.

A finales del año cuarenta y nueve  de “La Reconsideración”, la humanidad había demolido prácticamente todas sus antiguas construcciones, tanto arquitectónicas como sociológicas, y, finalmente, se hicieron una sola sociedad con la comunidad Ayahauasca. El cáncer desapareció de los humanos y del planeta.

El resto, bueno, es predecible: una era de paz y prosperidad vino para una humanidad que debió reconstruirse desde adentro, para sobrevivir.


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