En el pesebre

José y María permanecían escondidos en el pesebre. No en el de Belén, sino en la humilde choza en la que vivían en las afueras de una ciudad fronteriza de Arizona. Ella estaba embarazada y cuatro niños mocosos la agarraban de las faldas. Lloraban porque se morían de frío. Gritaban porque tenían hambre. La mujer miró a su marido sin reclamos y le sonrió. Llevaban seis años juntos por amor —en unión libre—, porque no tenían dinero para legalizar un matrimonio con papeles. La verdad era que ningún asunto de sus vidas se encontraba registrado por escrito. Ninguno de los niños tenía patria. Parir en esta tierra les ganaría el pasaporte para quedarse. Apostaban todo a que así sería. Se los había dicho la comadre. Se los había asegurado el coyote. Era cosa de llegar al hospital y que esta última criatura tuviera un certificado de nacimiento de los Estados Unidos. Gracias a ese, le darían un apartamento, estampillas para comprar alimentos, escuela y servicios médicos para los chiquillos.

María sacó una de sus tetas flacas y la puso en boca de sus hijos para alimentarlos, uno a uno. Tomó mucha agua corrupta, deseando que, como una vez se convirtió en vino, ahora se volviera leche. Se echó en el catre y se acurrucó con ellos, intentando darles calor con el único poncho que tenía. José salió confiando en que algo de comer encontraría. Caminó desde la mañana por varias horas apretando la chamarra al cuerpo. El frío petrificaba sus huesos y le hacía muy difícil continuar andando. Sus labios morados sangraban. Apenas cubrían los pocos dientes que le quedaban que castañeaban sin cesar. No encontró a nadie por el camino. Tenía miedo de acercarse a las haciendas por miedo a que llamaran a la migra*. Era un invierno terrible en el que no se hallaba nada comestible a simple vista. Decidió regresar humillado. Se sentía poco hombre. De nada le había servido trabajar como un mulo por diez años para pagar por el cruce de la frontera. Había prometido una mejor vida a la María, pero solo pudo darle una atiborrada de miserias.

Cuando llegó era de noche. Todo estaba oscuro y un olor a muerte impregnaba el ambiente de la casucha desdichada. Encendió una vela. Vio a María dormida, con la boquita de uno de los niños todavía pegada a su seno. Se acercó para acurrucarse junto a su mujer, cuando sintió que todos estaban tiesos.

José se durmió con ellos.

*migra: f. coloq. Méx. Cuerpo de la Policía de inmigración de los Estados Unidos de América.  dle.rae.esp

Imagen: Max Yacovech

https://pixabay.com/en/desert-arizona-united-states-833518/

Anuncios

16 comentarios en “En el pesebre

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s