Despojos de guerra

Cuidé de mi abuela en sus últimos meses de vida. Ella tenía muchos años, tantos que cuando alguien le preguntaba por su edad, ella solo reía y contestaba que había renacido tantas veces que ya había olvidado las fechas de cumpleaños.

Al principio no entendía lo que quería decir, pero con el paso del tiempo, y después de conocer algunos pasajes de su vida, terminé amándola más que nunca.

Recuerdo que usaba una silla de mimbre que crujía cada vez que me sentaba al lado de su cama para acompañarla. Ella casi siempre estaba dormida, mas cuando estaba despierta, se acomodaba en la cama y me platicaba largas y entretenidas historias. Una que me emocionó hasta las lágrimas fue de cuando tuvo que regresar a su país por un llamado que le hizo el gobierno porque el país del que se habían independizado amenazó con invadir y retomar el territorio. Creo que eso pasó después de que hubo una pandemia por un virus chino. Mi abuela no da muchos detalles, pero lo vimos en clase de historia, fue en la década de los 20. Mi abuela llegó de un pueblito de Europa del este a buscar fortuna en América, aunque llegó a México y nunca pudo irse de aquí.

Es el año 2077 y por los cálculos que he hecho con las referencias que da la abuela, ella rondará los ochenta años. Tengo 20, mas no he vivido ni un mínimo porcentaje de lo que ella.

Tenía 25 años cuando llegó a México. Un buen día decidió tomar sus cosas, —que no eran muchas— abordar un avión para llegar a los Estados Unidos y comenzar una vida distinta. Era el sueño de muchos, y muy pocos lo cumplían. Así comenzaba su relato:

—A los 25 años di un gran paso: fue tan grande que brinqué un océano —me decía riéndose con sus últimos tres dientes. Ella había dejado de ser hermosa en el aspecto físico, pero su alma era de una hermosura indestructible.

—Mi primer trabajo en México, porque nunca pude cruzar la frontera, fue en un restaurante en donde también servían bebidas. Fue una época difícil, perdí varios kilos pues llevaba una dieta que apenas me daba energía para trabajar. Vivía de las propinas porque el sueldo no era mucho. A veces, robaba comida de la cocina y calmaba un poco mi hambre. Tuve suerte de aprender el idioma con algunas compañeras, porque contra todo lo que se pueda creer, mi verdadera escuela fue la televisión. Aprendí español viendo telenovelas y repitiendo cada palabra que decían los actores. Al cabo de unos años, casi no se me notaba el acento extranjero, lo que me delataba era tener los ojos claros y la piel blanquísima.

»En un par de años ya me había mudado a la Ciudad de México. Fue terrible adaptarme a la prisa con que vivía la gente en ese lugar. Era menos cálida que en la frontera y tenían una manera muy distinta de pensar: todo el tiempo estaban a la defensiva y desconfiaban de todo el mundo.

»Me fue más difícil conseguir trabajo, después de mucho buscar conseguí un puesto en un restaurante, ya no de mesera, sino de hostess, quizá por mi personalidad amigable, no por mi aspecto. La paga era mucho mejor; me exigían una impecable presentación y hasta me dieron unos uniformes para usar todos los días. Lucía como una verdadera muñeca con el uniforme. —Me guiñaba un ojo.

—En ese lugar conocí a Mateo…

La abuela se quedaba callada siempre que llegaba a ese punto en donde conoció a mi abuelo. Quizá el recuerdo de las dichas perdidas le provocaban ganas de llorar, pero ella no derramaba más lágrimas. Nunca la vi derramar una sola, nada más se quedaba callada, en silencio esperando a que pasara la emoción. A veces proseguía, otras, solo se acomodaba el pelo, se acostaba y se quedaba dormida.

—Mateo iba cada tercer día al restaurante. Casi siempre pedía lo mismo: milanesa con papas y refresco de cola en un vaso con mucho hielo. Dejaba propinas y era un muchacho muy guapo.

Se le encendía la mirada a mi abuela y mientras sonreía, sus mejillas se teñían de un tímido color rosado.

—Un día le tomé la orden y le pregunté que por qué no pedía otra cosa de la carta, fui muy atrevida esa vez, solo porque me llamaba la atención, quería conocerlo y… nos conocimos. Nos hicimos novios, unos meses después nos fuimos a vivir a un departamento que alquilamos, todo al estilo mexicano, ¡ay, ay, ay! Mateo fue el amor de mi vida. Engendramos una bella niña, tu madre, Ivanka.

»No usaba redes sociales, llegue tarde a la cita con la tecnología. Tuve que crear una cuenta de correo porque la oficina de recursos humanos del trabajo me obligó a hacerlo. Éramos felices hasta que me llegó un correo electrónico procedente del gobierno de mi país. Había estado al tanto de los acontecimientos y los veía tan lejanos. No sé cómo dieron conmigo; tras la disolución de la Unión, toda mi familia quedó repartida en los diferentes países. En mi pueblo no había dejado a nadie, solo quedó la casita que era de mis padres. Me obligaban a volver bajo amenazas, si no lo hacía el castigo era… severo. Conociendo como era el proceder de las oficinas militares y gubernamentales, tuve pavor, así que regresé a mi pueblo. Supongo que esa fue una de tantas veces que morí al pensar que debía sepárame de mi nueva familia. La anterior había sido en Tijuana cuando me reclutaron contra mi voluntad para trabajar en un antro sirviendo bebidas con poca ropa. De milagro pude escapar. Esa fue una de tantas ocasiones en la que renací.

»Volví a pisar mi terruño. A pesar del tiempo y la distancia seguía manteniendo el amor por el lugar que me vio nacer. Creo que entendí eso que me dijo Mateo: la patria se lleva en el corazón y nunca se abandona, siempre va contigo. Recuerdo que me dijo eso un día en el zócalo de la Ciudad de México mientras mirábamos como izaban la bandera monumental.

»No había olvidado los aromas en el aire, los ruidos del ambiente, las calles, las casas y la gente. Por desgracia, ahora todo estaba muy lejos de la estampa que tenía en mi cabeza: todo estaba destruido, hecho ruinas y el olor que flotaba en el aire era de muerte, de soledad, de crueldad. Habían bombardeado toda la región. Desalojaron a muchas familias y a otras no les dio tiempo de huir, no sé si sea un consuelo que hayan muerto todos juntos o solo sea una consecuencia más de toda esta desgracia. Era más que lamentable la situación. Sentí miedo. Me trajeron de México para enrolarme en las fuerzas de resistencia; para defender a mi pobre y joven país sin otra cosa que no fueran mis manos porque la mitad de corazón que me quedaba ya lo tenía deshecho desde que me di cuenta de lo que pasaba cuando llegué, la otra mitad se quedó en México con Mateo e Ivanka. Más que dividida me sentía quebrada, rota como esas muñecas que ya no se pueden arreglar, como una vieja máquina que se descompone y ya no vale la pena reparar.

»Me mandaron al frente, me dieron un chaleco, una bolsa, un fusil y algunas balas. Ninguna instrucción ni preparación previas. Solo la experiencia de cazar patos con una escopeta en los tibios días de verano, era toda la habilidad con la que contaba. Solo que ahora no se trataba de patos o ardillas, ahora eran soldados enemigos, militares entrenados por los mejores instructores del mundo. Hombres y mujeres, seres humanos como tú y como yo. Matar para defender tu bandera, tu idioma tu tierra, a ti mismo. Matar a final de cuentas solo es matar.

»Nueve meses y tres semanas escondidos en un hoyo. Sin comida ni agua. Sin vías de comunicación, con el alma pendiendo de un alfiler. Se me hacía eterno el tiempo para volver a ver a Mateo y a mi hija. Hacía meses que no sabía nada de ellos, ni ellos de mí. Sentía pánico nada más de pensar que ya me hubieran dado por muerta imaginando mi cadáver tirado en un charco con lodo mezclado con sangre que manaba de las heridas de balas en mi cuerpo. Se me iban las noches con esos pensamientos oscuros. Una madrugada me alertó un estruendo: un ruido como ninguno que hubiese escuchado con anterioridad. Retumbaba y dejaba vibraciones en el suelo, juro que podía sentirlas. Escuché cómo se aproximaba poco a poco, me castañeteaban los dientes del tremendo pánico que me provocaba, me oriné varias veces antes de que todo se volviera un caos y después del caos se manifestó el mismísimo infierno.

»Armas de racimo eran las que estaba usando el enemigo. Nos fue imposible luchar contra esa tecnología, era como si nosotros usáramos piedras y palos y ellos vehículos blindados. La resistencia sucumbió esa noche, el enemigo arrasó con todo y todos. Una pared de escombro cayó sobre mí. Me hizo daño en varias costillas, me abrió la cabeza y me dejó todo el cuerpo con moretones. Creo que esa fue otra de las veces que renací.

»Me desperté en un lugar oscuro, apenas iluminado por una fogata. Una mujer me ponía un cuenco en los labios para darme leche de cabra rebajada con agua. Tenía los labios agrietados y me ardieron a pesar de que estaba tibia la bebida. Bebí un poco y le pregunté a la mujer en dónde estaba. Me dijo que hacía varios días, cinco o seis, que me había encontrado quejándome debajo de un montón de escombros. Algunas personas le ayudaron a subirme a un carretón y me trajeron a su casa. Ella sabía que yo era de la resistencia por eso decidió ayudarme. El enemigo se había replegado a las ciudades más importantes dejando algunos destacamentos en los pueblos.

»Cuando logré levantarme contemplé todos los desechos que quedaron después de esa noche infernal: suena exagerado, pero ya no había piedra sobre piedra todo era un extenso llano humeante. Tuve que esperar a recobrar fuerzas para escapar de ahí. Con el gobierno disuelto y el presidente refugiado en un país neutral, —como en un mal chiste— ya nada me obligaba a quedarme ahí.  

»Caminé de noche y me escondí de día hasta que pude llegar a una de las fronteras que no estaba tan custodiada como las otras. Cruzaría la línea y pediría asilo en el país aliado. Lo hice de la manera más tonta posible, caminé sin detenerme hasta llegar a una garita. Escuché gritos cada vez más agresivos, pero no puse atención. Pedí ayuda al soldado de la garita que dudó en hacerlo hasta que los otros soldados dispararon.

»Uno de ellos me perforó la pierna y justo cuando iba cayendo sentí un fuerte ardor en el lado derecho de mi cara, a la altura de la oreja. Por nada y el otro tiro me pega justo en la frente. La caída me salvó del impacto y me puso en suelo extranjero. Otra vez renací.

»Me llevó dos meses abandonar el país, entre trámites y la recuperación del balazo. Pude comunicarme a México para pedir ayuda y por fortuna me llegó. Hice todos los trámites y me sentí aliviada cuando abordé el avión con destino al aeropuerto de Cancún, México. Fueron diez horas de darle muchas vueltas a la situación. No pude hablar con Mateo, apenas si escuché la voz de Ivanka, el padre de Mateo sonaba molesto por teléfono y su madre no había querido coger la llamada.

»El dinero no me alcanzó para otro boleto de avión así que tuve que hacer el trayecto en autobús hasta la ciudad de México. Pasamos por varios retenes de migración, pero sabiendo lo clasista que son los funcionarios, sabía que por el color de mi piel no me molestarían. Los que padecían eran los desaliñados de piel morena.

»Llegué a la casa de los papás de Mateo. Abracé con tanta fuerza a Ivanka que me miraba callada y sorprendida. La madre de Mateo tenía la cabeza gacha y no me sostenía la mirada. El padre de mala gana me invitó a quedarme para que me pusieran al tanto de lo que había pasado en todo este tiempo. Pregunté por Mateo y ahí comenzó la actualización de hechos.

»Cuando dejó de tener noticias mías me dio por muerta. Los noticieros se encargaron de dar notas explícitas de cómo avanzaban las fuerzas invasoras y de cómo iban demoliendo ciudad tras ciudad. A los seis meses de mi partida se fue a vivir con otra mujer y dejó a Ivanka con sus abuelos. Venía a verla dos o tres veces por semana, pero ya no la quería viviendo con él. Ya no supe que parte de mi ser era la que estaba experimentando ese dolor.

»Me fui de ahí con Ivanka. Sus abuelos ni siquiera intentaron detenerme. Jamás volví a ver a Mateo. Trabajé en todo lo que pude para sacar adelante a mi hija y hacer que también se olvidara de su padre. Nunca le hablé mal de él, a veces le contaba pequeñas historias de cómo jugaba con él cuando era bebé. Algunas eran inventadas, otras no. Algunas eran pensamientos en momentos en los que estaba escondida abrazando el arma y afuera no había estruendos ni detonaciones y que hubiera deseado estar con ella.

»Ivanka creció feliz a pesar de todo. Pudo cursar la universidad y obtener un título en procesamiento de datos para los negocios. Conoció a tu padre y después naciste tú, Anuska.

»A través de estos años reafirmé lo que me dijo Mateo ese día en el zócalo: la patria se lleva en el corazón y nunca se abandona, siempre va contigo. Lo repito para mí cada vez que recuerdo mi llegada a mi pueblito porque la guerra no solo daña la tierra, sino que también daña y destruye a la gente y solo nos queda lo que llevamos dentro, en el corazón. Aunque a mí me quedó muy poco donde guardar, siempre lo llevo conmigo, es parte de mí, incluso si son despojos de guerra.

Me fascinaba escuchar esta historia. Mi abuela era muy elocuente y tenía mucha experiencia contando historias. Mi madre no heredó esa cualidad, pero yo practico para cuando llegue mi momento.

Un día mi abuela se quedó dormida y ya no despertó. Murió con un gesto bondadoso como quien se resigna —ahora sí— a morir. Mi hermano no tuvo la dicha de conocerla, sin embargo, le platico de ella porque la llevo en el corazón y en tiempos de paz también se vale guardar los bellos momentos y ella me compartió muchos mientras estuvo con vida.

Te amo, Maruska.

4 comentarios en “Despojos de guerra

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