Reunión de Fóbicos Anónimos

—¿Pues sabes lo que me pasó ayer? Estaba yo tan tranquila en mi casa cuando, sin venir a cuento, viene mi marido y me planta una caja de alcachofas en toda la mesa. Con lo a gusto que estaba yo leyendo mis revistas, el muy, el muy…

—¡Ay, Mari, no me digas! ¿Y qué hiciste?

—Pues figúrate… acabamos en urgencias, no te digo más —Mari es uno de los miembros más antiguos del grupo, y padece lacanofobia aguda, es decir, fobia a los vegetales—. Es que no puede ser, ya lo dice Clara, la terapia de exposición tiene que ser gradual, y va este mendrugo y me trae no sé cuántos kilos de alcachofas de sopetón…

—Mari, gradual sí, pero es que ya son unos cuantos años.

—¿Y a mí qué? Yo a mi ritmo. La semana pasada estuve jugando con un par de tomatitos cherry, y yo tan contenta, es un avance.

En ese momento entra José Ignacio en la sala y todo el mundo se queda mirándole. Pobre hombre, no está más enfermo que el resto, pero a él se le nota más, y por eso algunos se creen diferentes o, lo que es peor, mejores. Él coge su silla, no le dice nada a nadie, y se sienta siempre en un rincón lo bastante lejos como para no molestar. Y la verdad es que se agradece, porque lo suyo es grave. Ablutofobia. Vamos, que le enseñas un cubo de agua y una pastilla de jabón, y sale corriendo.

Carlos está observando a todos. Él ha sido el primero en llegar hoy, y tras la entrada de José Ignacio, se ha distraído de la conversación entre Mari y Juliana, que le tenía tan entretenido.

Ahora le da por escuchar a Vicente, que le está contando algo a Margarita. Vicente solo lleva un par de semanas, por eso aún no ha mejorado mucho.

—Margarita, te juro que al principio no entendía cómo era posible que mi mujer se hubiera empeñado en que yo viniera aquí, total, si a mí no me pasa nada. Pero creo que le estoy viendo el plumero, ¿sabes? Quiere prepararme para algo y ya me lo estoy oliendo… Es nuestro hijo, estoy seguro. El otro día les oí cuchicheando y lo entendí todo a medias pero me parece que… el muy desagradecido… toda la vida sacrificándonos por él y ahora va y nos hace esto. O más bien me lo hace a mí, porque a su madre le da igual todo, está ciega con el crío.

—Mira que te vas por las ramas, Vicente, pero ¿me quieres decir de qué me estás hablando?

—¡Pues que el chaval es mariquita! ¡Nos ha salido sarasa!

—¡Vicente, por favor! Ese lenguaje, ya sabes lo que dice la terapeuta. No puedes hablar así o no te curarás nunca.

—Si tienes razón… Pero, ¡maldita sea, que yo no estoy enfermo! —Vicente está muy dolido, se le ve. Él todavía no lo ha reconocido, pero padece homofobia. Es el caso más común en el grupo de terapia. A Carlos le pasaba lo mismo que a  él.

Margarita le toca el brazo en señal de apoyo. Eso, viniendo de ella, es un gesto loable, porque está obsesionada con los gérmenes. Al principio venía a las terapias con guantes de goma y un forro para su silla.

Acaba de entrar una nueva. Tiene cara de perdida, seguro que es su primer día. Carlos se levanta y le extiende la mano, siempre es agradable que alguien te reciba amigablemente tu primer día. Él se sentía muy avergonzado la primera vez que pisó aquella sala.

—Hola, soy Carlos.

—Yo soy Ana—Le estrecha la mano y acepta sentarse a su lado.

—Bienvenida, Ana. ¿Puedo preguntarte qué te trae por aquí?

—En realidad me obliga mi empresa. Un comentario desafortunado…

—¿Insultaste a alguien?

—No exactamente. Llevo meses currando más que nadie, ¿sabes? Uno de mis superiores se va de la empresa, y estaba convencida de que me iban a dar su puesto. ¿Y sabes quién ha conseguido la promoción?

—¿Quién? —pregunta Carlos, extrañado por la locuacidad de su nueva compañera. Normalmente todos están muy cortados la primera vez que hablan de su trastorno. A lo mejor son los nervios lo que le suelta la lengua.

—¡Una bollera!

Carlos se ríe. Otra más.

—Bueno, Ana, no te preocupes. Ya te llegará tu ocasión. Si han ascendido a tu compañera, será por algo. No creo que su orientación sexual haya tenido nada que ver en el asunto.

—¿Y tú qué? —Ana está a la defensiva, se ha mosqueado un poco y quiere ver si puede meterse con Carlos.

—¿Yo? Yo era tan homófobo como tú. A lo mejor hasta más. Vine por una pelea en un supermercado. Un gay me parte los dientes y encima soy yo el que tiene un problema. Eso es lo que pensaba. Pero claro que tenía un problema, yo empecé la pelea, y me metí con él porque la rabia que me daba verlo me hacía perder el control. Y la rabia venía del miedo, porque es normal tener miedo a lo que no eres capaz de entender.

—Yo no tengo miedo de los gays —Ana está bastante ofendida.

—Llámalo como quieras. No pasa nada, se puede tratar. Clara es una terapeuta excelente.

Entonces entra Clara, y todos los demás van tomando asiento. Los rumores de las conversaciones se van apagando. Ana lo agradece, porque la charla con Carlos le estaba poniendo de los nervios. Carlos cruza una mirada con Clara, que le sonríe. Ella está a punto de anunciar que hoy es el último día de Carlos, y que luego tomarán algo en la cafetería del centro para celebrarlo. Él sonríe con orgullo, le brillan los ojos al mirar a sus compañeros, deseando decirles que, por fin, está curado, y que ellos también pueden conseguirlo; deseando contarles por qué se siente orgulloso de lo que ha logrado, por qué hoy quiere celebrar con ellos el orgullo de ser una persona sana.

Andrea Nunes

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El corazón de María

María está tumbada en el suelo, sobre la alfombra, como cuando era niña. Miraba al techo y dejaba su mente divagar sin rumbo, le resultaba liberador.

Se pregunta dónde estará Borja, su marido. Hace rato que ha salido. Él siempre se va a dar una vuelta cuando discuten, y ella siempre se queda en casa esperándole, preguntándose si tardará mucho en volver. A veces él le trae un detalle para hacer las paces, a veces ella le recibe con un café y algo de comer. Borja es el amor de su vida, y no es que discutan mucho, es que cuando discuten, lo hacen a lo grande. Al fin y al cabo, después de cuarenta años de matrimonio, le parece bastante razonable. Es cierto que Borja tiene mucho carácter, pero María le adora, y cree que sabe manejarle.

El viento sopla con fuerza y, por un momento, sus aullidos sacan a María de su ensimismamiento. Se acuerda de los rosales del jardín. ¿Estarán bien? Intenta incorporarse, pero no tiene fuerzas. Qué cansada estoy, piensa. ¿Será normal? ¿Será por la edad? Al imaginar que envejece, se acuerda de su único hijo, que se fue a Suiza a los veintisiete años y ya no volvió. Nunca se llevó bien con su padre. María no suele ser muy objetiva, olvida con frecuencia por qué su hijo se distanció tanto, y se limita a echarle de menos en silencio. Se acuerda de cuando él era pequeño y salían los tres en la barca, y Borja le enseñaba a pescar. Lo pasaban bien. Se comían un bocadillo en el mar y eran felices. Qué guapos estaban los dos, sus siluetas recortadas contra el azul del cielo, y el viento revolviéndoles los cabellos. ¿Pensará su hijo en ellos de vez en cuando? ¿Será feliz?

Llaman a la puerta. ¿A estas horas? ¿Quién será? A lo mejor Borja se ha olvidado las llaves… No, él nunca olvida nada, siempre lo tiene todo controlado. De pronto le asaltan las dudas. Siente miedo. El vendaval es cada vez más feroz y sigue sonando el timbre. Qué agobio. Pero, ¿por qué no puedo moverme? ¿Se le habrá ido de las manos esta vez?

Aunque por algún motivo, hoy su mente no le pertenece. Su cuerpo tampoco. Está muy distraída. Ahora vuela a los recuerdos de su infancia. Se acuerda de sus padres, que ya no están. De sus compañeras del colegio. ¿Qué habrá sido de ellas? Se acuerda del perro que tenían y de los paseos de los domingos después de la iglesia.

¿Eso que suena es el viento furioso? ¿O hay alguien aporreando las ventanas? Al menos el timbre ha dejado de sonar. La verdad es que un poco sí que me duele.

A veces, el dolor es tanto, que olvidas que está ahí, dejas de sentirlo. Al cabo de los años se ha naturalizado, el corazón lo ignora, la mente también.

Siguen golpeando las ventanas. Puede que sea la vecina, que ha oído los gritos. María no quería gritar. Hace años que se entrena, normalmente lo logra. Sin embargo, hoy no ha podido evitarlo.

Pero su mente sigue escapándose a la razón. Ahora está en la universidad. Fue muy buena estudiante. Se acuerda de su primer novio, el único que tuvo antes de conocer a Borja. Era encantador, pero no salió bien.

Qué frío hace, ¿no? No parece verano. Si pudiera alcanzar la manta… Pero, ¿qué es esto que siento en la espalda? ¿Está mojada la alfombra? Bueno, de todas formas le está entrando mucho sueño, a lo mejor mañana lo ve todo distinto. El viento se oye cada vez más lejano, aunque ahora le parece oír algo más, confuso, distante. ¿Son sirenas de policía? Qué más da, ya se le cierran los ojos…

El nombre de María quedó registrado como la víctima mortal número 29 de violencia machista de aquel año. Otra muerte. Otro número. Otra estadística. Salió en las noticias. Salió en los periódicos. Sus vecinos hablaron de ello durante un tiempo. Pero su recuerdo… Su recuerdo, finalmente, se lo llevó el viento.

 

Andrea Nunes

El cumpleaños de Cloe

La felicidad suele ser contagiosa, especialmente si se manifiesta a través de la risa cristalina de un niño. Cloe es feliz, y por eso ríe. Está radiante. Todos a su alrededor sonríen también. Está subida a una mesa, y una corona de cartulina atrapa sus rizos traviesos. Alrededor de la mesa se agrupan sus compañeros de clase, rojos de la emoción, dando palmas y entonando, más o menos al mismo ritmo, una canción de cumpleaños para ella. Su profesora está a su lado, y cuando terminan de cantar, le ayuda a bajar de la mesa y a repartir unas golosinas para todos. Hoy cumple cinco años y hace un día de primavera precioso. Podrán celebrarlo en el jardín y jugar con la pelota. Está tan contenta que no puede evitar ir dando saltitos mientras reparte los dulces entre sus amigos.

Ela está expectante, y algo nerviosa, tanto, que se ha cogido la tarde libre en el trabajo para poder preparar la fiesta. Es la primera vez que su hija celebra su  cumpleaños con sus amigos del colegio. Ayer Alex preparó su tarta preferida, que ya está en la nevera con las velas puestas. Sus suegros han venido a casa a echar una mano; ella, Susana, está en el jardín preparando la mesa, y él, Ezequiel —que es aficionado a la papiroflexia—, ha hecho unas guirnaldas de pajaritos de colores que van a volver loca a Cloe. Está repasando mentalmente todos los detalles, asegurándose de que no falta nada, mientras termina de preparar los sándwiches, cuando suena el móvil. Un mensaje de Alex.

“Cariño, se me está haciendo tarde… he conseguido escaparme de la reunión, estoy a punto de salir, pero no llego a tiempo para recoger a Cloe en el cole. Lo siento mucho, no te enfades. Te prometo que estaré ahí antes de que sopléis las velas. Te quiero.”

Ela suspira. Bueno, no es tan grave, el colegio está al otro lado de la calle, pero aún tiene que terminar de preparar la merienda, y los globos. Y ahora están llamando a la puerta. Son sus padres, justo a tiempo.

—Mamá, papá, qué bien que habéis llegado pronto.

Se besan y dejan su regalo en el porche.

—Qué bonito has dejado todo, cielo, a los niños les va a encantar.

—Gracias, mamá. Pero todavía me quedan un par de cosas… ¿Podríais acercaros al colegio a por Cloe y sus amigos?

—¿Nosotros? ¿Pero son muchos niños? No vamos a poder nosotros solos con todos.

—Tranquilo, papá —Ela le pone la mano en el brazo para que no se altere. Tiende a dramatizar y a hacer muchas preguntas seguidas sin esperar por la respuesta—. Su profesora, Elena, también está invitada a la fiesta y os ayudará con los niños. Es solo cruzar la calle.

—¿Pero no iba a ir tu amiga?

—¿Qué amiga? No vienen amigos nuestros, solo vosotros, los padres de Alex, y la profesora.

—Sí, bueno, ya me entiendes, Alex, ¿no iba a ir ella a por los niños?

—Mamá, ¿no piensas decirle nada?

—Bueno, Ela, hija, no te pongas así. Tampoco es para tanto, ¿o es que no sois amigas?

—No, Alex no es mi amiga, es mi mujer. Y la madre de vuestra nieta… Pero mira, se hace tarde y ella no va a llegar a tiempo, ¿podéis acercaros o no?

—Sí, sí, claro. Enseguida volvemos.

Su madre, roja como un pimiento, agacha la cabeza y se agarra del brazo de su padre, que sale a la calle farfullando como si la cosa no fuera con él.

Cuando Alex llega a casa, los niños están corriendo por el jardín, se oye barullo de juegos y risas. Se queda en la cocina, haciéndole señas a Ela a través de la ventana para que entre sin que Cloe se dé cuenta, pero ella está entretenida con la cámara de fotos, inmortalizando la primera fiesta de su pequeña. Por suerte, su padre sí percibe las señas y avisa a Ela, que entra en casa emocionada porque Alex ha logrado llegar a tiempo.

—Mi amor, qué rápido has llegado —Ela sonríe, está preciosa. Le da un beso y se queda esperando, inquisitiva— ¿La has conseguido?

—Sí, está en el coche.

—¿La del cesto blanco?

—Sí… No sé a quién le hará más ilusión, a ti o a la niña…

—Bueno, o a ti cuando la veas pedaleando por el parque, se te va a caer la baba… ¿Vamos a por ella?

—De eso nada, tú no vas a levantar peso —Alex le acaricia a Ela el vientre abombado, sonríe, y se agacha un poco para darle un beso a la altura del ombligo—. Bastante tienes ya con el gordo que llevas ahí dentro. Deja que entre a saludar, quiero ver a Cloe, y luego voy a por su regalo.

Cuando Alex entra en el jardín, Cloe no tiene ojos para nada más. Abandona inmediatamente el juego y corre a tirarse a los brazos de su madre con un gritito de emoción infantil.

—¡Mami, mami! Mira, ¿has visto cuántas cosas hay en la mesa de los regalos?

—Eso será que te has portado bien con tus amiguitos.

Los ojos de Cloe son como un manantial de agua pura. Iguales a los de Ela. Transparentes. Alegres. Alex le cubre la cara de besos y luego la deja libre para que vuelva a jugar.

Samuel, uno de los amigos del cole de Cloe, se ha quedado un poco confundido cuando la ha visto correr hacia Alex.

—¿Pero la mamá de Cloe no es la de la tripa gorda?

—Sí —dice Ainara, que es la mejor amiga de Cloe—, pero la que acaba de llegar es su mami.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Porque vengo a jugar a su casa muchas veces.

—Pero eso es imposible.

—No es imposible. Yo tengo dos abuelos, pero no tengo ninguna abuela.

—Claro —añade otra compañera, Carolina—. Hay niños que tienen papá y mamá, pero también hay niños que tienen dos papás, o dos mamás, o que solo tienen un papá o una mamá.

—No, todos los niños tienen un papá y una mamá, me lo ha dicho mi papá.

—Pues tu papá se equivoca, porque Cloe tiene dos mamás y las dos son de verdad.

Ainara ha dicho esto muy digna, y su amiga Carolina asiente muy seria mostrando su aprobación, así que la discusión está cerrada, y Samuel decide que tendrá que explicárselo a su papá cuando llegue a casa, y seguro que se pondrá contento de saberlo, porque siempre dice que hay que aprender algo nuevo cada día antes de acostarse, y a veces no le da tiempo.

Después de que le canten el cumpleaños feliz por tercera vez en el día —la primera se lo cantaron sus mamás por la mañana, antes de desayunar—, Cloe sopla sus cinco velitas con la euforia de quien no ha celebrado nunca una fiesta. Luego pasa un rato en las rodillas de su abuelo Ezequiel, mientras se come su trozo de tarta y le cuenta un montón de cosas de sus amigos del cole. Cuando termina de comer, le pide a la abuela Susana que le haga una trenza en el pelo como la de su amiga Carolina, y como se encuentra muy guapa, le dice a su mamá que quiere una foto con sus cuatro abuelos. Mientras Ela se dedica a la sesión fotográfica, Alex y Elena, la profesora, aprovechan para ir a buscar el regalo estrella de la fiesta.

Poco antes de que termine la celebración, Cloe abre sus regalos. Un estuche de dibujo de parte de Elena, un vestido de verano de parte de los abuelos Ezequiel y Susana, una muñeca de los abuelos Pascual y María, unos cuentos y unos puzles de sus amigos del cole, y una bicicleta roja de sus mamás. Nunca había tenido tantos regalos juntos y está tan feliz, que ha agradecido con un montón de besos a todos y a cada uno de los allí presentes. Enseguida empiezan a llegar los papás y las mamás de sus amigos, solo se quedan Ainara y Carolina, porque son sus invitadas especiales y tienen permiso para pasar la noche en casa. Está especialmente contenta ya que Carolina no se ha quedado nunca antes y se lo van a pasar muy bien las tres juntas.

Los abuelos ya se han ido, y Elena está en la puerta despidiéndose de Alex y Ela.

—Ha sido un placer, chicas. Y estaba todo delicioso, Ela, muchas gracias.

—Gracias a ti, Elena. Nos encantará verte más a menudo.

Elena se va, y Alex se queda un rato abrazando a Ela por detrás, mientras miran cómo se aleja la profesora, cuando ven que llega la madre de Carolina.

—Hola, Rita. ¿Qué tal estás?

—Bien, gracias. ¿Qué tal la fiesta?

—Todo un éxito, se lo han pasado pipa —Ela ya ha notado que Rita está un poco tensa, pero sigue sonriendo, es parte de su carácter afable—. Te presento a Alex, creo que no os conocéis aún.

—No, no nos conocemos. Encantada —Le extiende la mano y se saludan—. Pero justamente hoy me han hablado de ella. No me puedo entretener más, lo siento, vengo a buscar a Carolina.

—¿Pero no se iba a quedar esta noche? Ha traído su bolsa de ropa y su pijama.

—Sí, pero hemos cambiado de opinión. No quería darle el disgusto a la niña, lo que pasa es que… bueno, mira, lo siento mucho pero no me siento cómoda dejándola aquí. Creo que no es un buen ejemplo para ella.

Ela mira a Alex. Unos escasos segundos de silencio alargan el momento. Se siente un poco triste por las niñas, estarán ilusionadas jugando y con la perspectiva de la noche juntas. Pero a veces suceden estas cosas, no todo el mundo está preparado para vivir sin prejuicios. Alex le mira a los ojos, siempre tiene ese poder pacificador. Le acaricia la mejilla con cariño, sin importarle que esa señora esté ahí plantada en la puerta de su casa mirándoles con total inexpresividad.

—Ya voy yo, mi vida.

Alex entra en la casa, Ela se queda ahí. Ni ella ni Rita dicen nada en ese rato que pasan a solas, mirándose y tratando de adivinar qué pasa por la mente de la otra. Alex vuelve enseguida con Carolina, que no entiende nada. Se despiden y entran en casa.

Cloe y Ainara están muy serias, sentadas al pie de la escalera.

—¿Por qué se ha ido Carolina? —pregunta Cloe.

—Su mamá ha cambiado de opinión —dice Ela con serenidad—. A lo mejor Carolina os lo cuenta el lunes en el cole.

—Pero no pasa nada, chicas —añade Alex—. La ventaja es que si solo sois dos, sí que puedo con vosotras.

Entonces Alex se agacha, Cloe se encarama a su espalda, Ainara sigue su ejemplo, y entre risas y bromas se sube a las niñas por la escalera.

—Nos ponemos el pijama y jugamos al avión, ¿vale, mami?

—¿Pero qué clase de avión?

—De los que vuelan en círculo y hacen piruetas. Ya verás, Ainara, y luego nos lleva a la pista de aterrizaje, es súper divertido.

Y Ela se queda mirándolas al pie de la escalera, sintiendo cómo el malestar que había provocado Rita se diluye, y el amor de la familia que ha creado con la mujer a la que ama lo llena todo.

Las leyes cambian, por suerte, y permiten que el mundo avance y evolucione. Pero los gobiernos no tienen ninguna varita mágica. Para cambiar el mundo, es necesario cambiar la sociedad, y para cambiar la sociedad, todos y cada uno de nosotros debemos realizar un cambio de manera individual, para que algo tan básico para el ser humano como el amor, pueda ser vivido por todos de manera justa e igualitaria.

 

Andrea Nunes Martín. Paréntesis

El Paraíso

No tenía más de catorce años cuando conocí a Cyrill. Deambulaba por las carreteras de Camerún en busca del Paraíso, aquel maravilloso lugar del que hablaba el reverendo en sus sermones. Hacía tantos días que recorría paisajes solitarios, que mis pies oscuros se habían vuelto blancos por el polvo del camino. No llevaba más que un hatillo con algo de agua y muy poca comida, que racionaba cuidadosamente.

—¿A dónde vas? —me preguntó cuando me lo crucé, tal vez extrañado por ver a un chico joven y sin compañía en un lugar como aquél, tan lejos y apartado de todo.

Yo me encogí de hombros. No quería decirle la verdad porque temía que se riera de mí.

—¿Vas solo?

Asentí.

—¿Y tus padres?

Mi padre nos había abandonado incluso antes de que yo naciera, y mi madre se había marchado hacía unos meses a buscar un lugar mejor para luego llevarnos al abuelo y a mí con ella. El abuelo decía que nos llevaría al Paraíso… Pero poco después de que ella se fuera el abuelo se puso muy enfermo, y como no teníamos medicinas ni un buen médico empeoró cada vez más. A pesar de todo, él no estaba triste, y el día en que cerró los ojos para no volver a abrirlos más, tenía tal expresión de felicidad y de paz, que parecía que al fin había encontrado lo que buscaba… tal vez él también había llegado al Paraíso. Pero yo no quería contarle todo esto a Cyrill, así que miré al suelo y simplemente le dije:

—Mi madre se fue en busca de un lugar donde vivir bien, y ahora quiero ir con ella.

—Vas en dirección contraria, muchacho —me contestó, y siguió caminando—. Acompáñame si quieres.

Yo le miré estupefacto, ¿sería posible que él supiera dónde se encontraba el Paraíso?

Una semana después nos subimos a un camión con más gente, que nos llevó durante varios días como si fuésemos sardinas enlatadas, y luego, tras seguir a pie unos días más, al fin llegamos. Pero aquello no era el Paraíso, era sólo una especie de campamento en el bosque. A pesar de la decepción, no me quejé, y ahí me quedé mucho tiempo, pues si algo había aprendido en aquella búsqueda era que tener paciencia era casi tan importante como no perder la esperanza.

Pero una noche, Cyrill me despertó con una sacudida, y por primera vez, en lugar de encontrar afabilidad en su mirada, lo único que vi cuando abrí los ojos fue una mezcla de miedo y euforia que me hizo sentir muy inseguro.

—¿Qué pasa? —murmuré.

—Ha llegado el momento, vamos. Intentaremos cruzar la frontera, al otro lado se vive mejor.

Me levanté lo más rápido que pude, y salimos del campamento con más gente, amparados por la oscuridad de la noche. Algunos llevaban las escaleras que nos habíamos dedicado a construir durante las últimas semanas.

—Toma, cúbrete las manos con esto.

Me dio unos trozos de tela. Yo no sabía por qué debía hacer eso, pero obedecí y no pregunté, no había tiempo para explicaciones. Lo entendí cuando llegamos a la frontera, y vi la alta valla de espino. Al otro lado se veían luces.

—Es el puerto —dijo—. Si tenemos suerte, mañana podrás pasear por ahí.

Yo lo miré con los ojos muy abiertos, lleno de ilusión. No podía creer que el Paraíso estuviera ya ahí, tan cerca. Mi madre estaría esperándome en algún lugar no muy lejano.

Nos aproximamos con cuidado y empezamos a pasar de uno en uno por cada escalera. Algunos estaban tan nerviosos que les temblaban las piernas al trepar. Pero justo cuando me tocaba a mí, alguien gritó:

—¡Corred!

Se armó gran alboroto y se oyeron disparos. Se encendieron unas luces provenientes de linternas que se acercaban cada vez más. Yo seguí subiendo apresuradamente, sin levantar la vista de mis manos. Llegué al final de la escalera, me dispuse a saltar, y… algo me golpeó en el pecho y rebotó con tal fuerza que no pude respirar durante unos instantes y perdí en equilibrio. Luego entendí que me habían disparado una bola de goma, pero en ese instante pensé que era una bala de verdad. Me dio tiempo a ver a unos cuantos policías mientras caía, pensando de que eso era todo.

No llegué a tocar el suelo, me desperté antes, justo a tiempo.

Me levanté de la cama empapado en sudor frío y me dirigí a la ventana para abrirla. Necesitaba refrescarme y tranquilizarme. Desde mi cuarto, en el último piso del edificio, se veía, a lo lejos, el puerto de Melilla, la ciudad en la que yo vivía desde que hacía ya ocho años, me habían adoptado. La casa estaba silenciosa, todos dormían. A lo mejor no había encontrado el Paraíso, pero tenía un hogar, una familia, una escuela, y no me faltaba de nada. Yo ya estaba en el otro lado, era afortunado de no tener que saltar una maldita valla.

puerto melilla

Puerto de Melilla

Andrea Nunes Martín. Paréntesis

Un asalto a la cultura

La reforma de la ley de pensiones, que entró en vigor en el 2013, obliga a los escritores a elegir entre sus pensiones o sus derechos de autor (lo mismo sucede con músicos y otros artistas). Es tan absurdo como suena. Escritores reconocidos, como Javier Reverte, Eduardo Mendoza, Antonio Colinas y otros muchos, se ven en esta situación. Un escritor, tras una vida entregada a la literatura, y una larga trayectoria aportando a la cultura y a la intelectualidad, y cotizando legalmente como autónomo, se ve en serios problemas una vez que se jubila en España. La pensión mínima que cobra un escritor retirado es de 600 euros; si gana más de 9.000 euros al año en derechos de autor, ya no puede compatibilizar el cobro de ambos. Para colmo, si cobra su pensión, tampoco es legal que al mismo tiempo cobre algún honorario por conferencias o charlas, por no mencionar qué sucede si gana un premio. Si un autor cobra el premio Planeta y además cobra su pensión, por ejemplo, es un estafador y será castigado por el Estado. Con esto, obligan a muchos autores importantes de la literatura española, a dejar de trabajar, les privan de continuar enriqueciendo a la sociedad con sus aportaciones precisamente en un momento de su carrera en el que probablemente tienen mucho que ofrecer. Esta es la realidad de España. Un aplauso.

Para comprender mejor el problema y ver más información, podéis leer este artículo de La Vanguardia: El Estado jubila a los escritores; o este otro de El Español: Un premio Cervantes multado por cobrar su pensión y sus derechos de autor.

Andrea Nunes Martín. Paréntesis