¿A dónde vas, alma errante?

¿A dónde vas alma errante,

a dónde te veo partir?

Voy en busca de los sueños,

aunque la vida me cueste.

Voy huyendo del hambre,

de la guerra, de la peste.

De la injusticia del hombre,

del escarnio de mi gente.

Voy cruzando el Río Grande,

voy en un camión caliente,

Sofocado por los cuerpos,

ahogado por la corriente.

Vivo, lucho y muero

en mi esperanza,

tan pronto me ven salir

soy un espectro de añoranzas.

Llora mi viuda, llora mi madre,

lloran mis hijas descalzas.

Ya yo no sé si es peor

desgajarme en esta tierra rancia,

o dejar mi ánima vagabunda

en esta travesía falsa.

El miedo no tiene lugar,

tengo que hacer el intento,

esconderé mi contento

si llego a alcanzar mi destino.

Trabajaré sol a sol,

no me quejaré de nada.

Déjame cruzar el río,

deja agua en mi camino,

déjame lograr mi sueño…

soy un esqueleto en el desierto.

imagen: https://pixabay.com/en/rio-grande-river-water-texas-1584102/

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Sequía

De nuevo el verano de San Antonio. Caliente, seco. Gris, nublado. Ni una gota de lluvia. La yerba seca grita por agua, pero las nubes se niegan a regalar un poco de lo que guardan en sus úteros. Están ahí, haciéndose de rogar y cuando se les escapa un poco, ni siquiera toca la tierra, se evapora en los cielos. Los pájaros buscan agua, pero los bebederos están carentes de líquido. No hay nada que beber. Los árboles, los pocos que todavía quedan en pie, se desmayan intentando dar su sombra. Un polvo rojizo baila con el viento y las rosas —las rosas siempre son generosas aunque tengan espinas—, visten de colores la tierra árida de este desierto urbanizado.

Casas y casas, eso hemos sembrado. No importa que el señor residente de la Casa Blanca diga que el calentamiento global es cosa de los chinos. ¿Qué sabe de nada ese señor? Los pájaros lo saben, lo gritan, lo denuncian. Mi piel que arde con los rayos asesinos del sol lo testifica. Mi nariz, que ya no respira aire sino una polvareda cancerosa que entra a mis aborrecidos pulmones, lo declara.

Es verano en San Antonio y la sequía arropa el alma.

Imagen: https://pixabay.com/en/desert-mud-dry-dried-without-life-1820228/
CCO Public Domain

Remesas

Una dura realidad a este lado de la frontera entre México y Estados Unidos.

SALTO AL REVERSO

america-1999384_960_720 (1)«America-Mexico border elections», obtenida en Pixabay (CC BY).

Rosa llegó a California como tantos inmigrantes: llenita de sueños. Estaba segura de que si trabajaba lo suficiente podría conseguir el famoso sueño americano. Primero empezó trabajando en los campos bajo un sol que no se condolía de su delicada piel. A pesar de que usaba camisas de mangas largas y un sombrero, el calor la abatía, sobre todo en los días del mes en que su feminidad se expresaba. Tan pronto tuvo la oportunidad, consiguió un trabajo limpiando casas. Por lo menos, allí había aire acondicionado central y algunas de las señoras a las que les servía la trataban dignamente. Otras en cambio, la trataban como esclava y la insultaban por su procedencia. Rosa se daba cuenta de que a pesar de esos tratos estaba mejor en las casas de familia que en la inmensidad infernal del campo. Se acostumbró a…

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Tráfico humano

atrafico

Una mujer se aborrece a sí misma. Tomó la decisión más horrible que una madre puede tomar. La vida de un hijo sobre la otra. Miró a los dos y sacrificó a la hija. A su niña hermosa de dos años. Perdió de cualquier modo, porque le quitaron al varón y nunca lo volvió a ver. Ni siquiera sabía si vivían. Llorando sobre una cama su desventura, se preguntaba por qué el varón y no la niña. No había justificación a su acto.

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 —Amina, ven —escuchó la voz de su madre como en un sueño.

—Voy, mami —contestó.

Caminó dando pasos pequeños, con los brazos abiertos para hacer balance. Entró a una habitación donde una mujer estaba acostada en la cama, a medio vestir. Un hombre la acariciaba y la pequeña Amina intentó regresarse, pero el hombre se levantó rápidamente de la cama y la cargó.

—Es hermosa tu hija —dijo él.

—¿Por cuánto la quieres?

—Podemos llegar a un precio razonable.

Ella —su madre— le habló al hombre en el oído, él aceptó y ambos rieron.

—Eso será suficiente —concluyó ella.

Amina vio a su madre recoger su ropa —que no era mucha—, entregarla al extraño quien la puso en su camioneta. Luego tomó a la niña en los brazos y la subió en el asiento de atrás, cerrando la puerta. El hombre encendió el vehículo y la pequeña vio a la mujer parada en la orilla de la carretera, haciéndose cada vez más diminuta.

Llevaron a la niña a un lugar donde había muchas otras, todas de menos de cinco años. Las desnudaron y un hombre comenzó a fotografiarlas. Las ponían juntas y separadas, en diferentes poses, algunas no apropiadas para la edad. Amina era especialmente hermosa. De cabellera negra rizada, piel tostada y ojos inmensos color verde oliva, era la más llamativa del grupo. Seguramente habría un postor muy pronto, comentaban los lascivos que estaban allí.

Llegaron unos papeles solicitando una adopción. Una mujer de ojos muy dulces entró en la habitación en la que estaba Amina sola. Ella se acercó suavemente y le habló en otro idioma. La niña no conocía su lenguaje, pero sí el de las caricias buenas. Se hizo el trámite y ella fue separada de las otras muchachitas para partir con un padre y una madre nueva a un destino desconocido.

Amina viajó por primera vez en avión. La llevaron a otro lugar en el que le enseñaron una habitación —su propio cuarto—, adornado de personajes de cuentos, una cama de princesa y un armario lleno de ropas bonitas. La niña sonrió olvidándose —aparentemente— de su pasado con la mujer que era su madre. Esta otra era amorosa, tierna, la atendía, la alimentaba, compraba cosas lindas y la llevaba a la escuela. El nuevo padre viajaba mucho, pero cuando llegaba no dormía con su esposa. Entraba al cuarto de la pequeña y debajo de las sábanas la manoseaba. Y ella no se atrevía a decirlo a nadie.

A los doce años salió embarazada. La madre le preguntó de mil maneras quién era el padre de la criatura. Nunca dijo. No quería lastimar a esa mujer que le había dado tanto, mucho más que la que la vendió. Amina se había dado cuenta de que quién la había criado no tenía idea de los «viajecitos nocturnos» que daba su esposo a la recámara para violarla. Lo que el hombre no calculó bien fueron los días de su fertilidad.

Amina parió un niño hermosísimo como ella. La casa era lo suficientemente grande como para que la criatura se quedara. Así lo decidieron todos. La madre dejó de preguntar por el padre y alegre de ser abuela se dedicó a su cuidado mientras su hija regresaba a la escuela. Pero las violaciones no pararon ahí. El hombre se sentía dueño de las dos. De su mujer y de la hija. Poco le importaba el niño, nunca estaba en casa. Cada vez que volvía la jovencita seguía siendo objeto de la lujuria del infeliz. Hasta que volvió a embarazarse.

Esta vez las cosas no fueron iguales. La madre de Amina sabía que ella no tenía novio ni ningún amigo especial. Se había fijado muy bien. La llevaba a la universidad y allí mismo la recogía. Esta niña adoptada ya no era la pequeña dulce y amorosa que la seguía a todas partes. De hecho, desde que nació el niño ya no era la misma.

La mujer comenzó a hacer sus averiguaciones porque las sospechas la estaban consumiendo. Cuando su esposo llegó del último viaje no tomó sus pastillas para dormir y esperó simulando estar dormida. Unos minutos más tarde el hombre se levantó muy despacio para que ella no lo sintiera. Caminó sigiloso por las escaleras hasta el primer nivel de la casa en donde se encontraba la habitación de Amina y su hijo. Entró y puso su mano en la boca de la muchacha para que no hablara. Abrió el botón de su pijama y sin siquiera bajarla se subió sobre ella que en silencio recibía las sucias estocadas de su «padre adoptivo» sin protestar. Sus lágrimas mojaban sus orejas y la almohada. Nada podía hacer.

Se encendió la luz. Su madre, la única que la había amado y aceptado, vio a su marido sobre Amina. Él se levantó, se cerró el botón del pantalón y salió del cuarto sin dar una explicación. La niña que «había recogido» era una traidora, después de tanto amor y cuidados que le había dado, no solo a ella, sino también a su bastardo. Ni quiso preguntar si el niño era de su marido. Tampoco quiso saber si el embarazo era también de él. Salió de la habitación sin decir una palabra, pero antes miró —hasta ahora su hija— con odio.

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—No puedes quedarte con tus hijos —condenó la mujer.

—Pero, mamá, ¿cómo me haces algo así? —preguntó Amina, que vivía en un cuartito desde que la echaron de la gran casa de su niñez cuando todavía estaba embarazada.

—Desde que decidiste acostarte con mi marido no eres mi hija. ¿No has entendido? ¿Te di mi hogar, te cuidé y así me pagaste?

—Por favor, escúchame. Puedo explicarte…

—¡No quiero saber nada, desagradecida! Vives en este cuchitril. No puedes alimentar a esos niños. Mi esposo se llevará a uno de ellos. ¡Escoge!

—¿Él? ¿Cómo puedo escoger? Los dos son carne de mi carne, sangre de mi sangre…

—Sí, pero también son sus hijos. Deja el dramatismo. ¡Escoge!

Amina miró a sus hijos con dolor. El varón ya entendía todo lo que pasaba y la miraba con ojos temerosos. Su amada niña, nada sabía todavía. No tendría recuerdos. Como si le desgarraran el alma, extendió los brazos y depositó a su hija en las manos de la mujer que una vez amó tanto como a una madre. Luego entró otro hombre, agarró al niño y se lo llevó arrastras. Ella trató de evitarlo, pero le dieron un golpe que la dejó tirada en el suelo. Solo escuchaba los gritos de sus hijos alejándose.

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Amina sigue sin entender su decisión. Debió protegerlos a ambos. Dejarse matar por ellos, el resultado habría sido el mismo. Se los habrían robado. Pero no sentiría este peso, el de haber decidido entre uno y la otra. «¿A dónde irán mis hijos? Les tomarán fotos y los venderán como me vendieron a mí», sollozó.

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En el pesebre

José y María permanecían escondidos en el pesebre. No en el de Belén, sino en la humilde choza en la que vivían en las afueras de una ciudad fronteriza de Arizona. Ella estaba embarazada y cuatro niños mocosos la agarraban de las faldas. Lloraban porque se morían de frío. Gritaban porque tenían hambre. La mujer miró a su marido sin reclamos y le sonrió. Llevaban seis años juntos por amor —en unión libre—, porque no tenían dinero para legalizar un matrimonio con papeles. La verdad era que ningún asunto de sus vidas se encontraba registrado por escrito. Ninguno de los niños tenía patria. Parir en esta tierra les ganaría el pasaporte para quedarse. Apostaban todo a que así sería. Se los había dicho la comadre. Se los había asegurado el coyote. Era cosa de llegar al hospital y que esta última criatura tuviera un certificado de nacimiento de los Estados Unidos. Gracias a ese, le darían un apartamento, estampillas para comprar alimentos, escuela y servicios médicos para los chiquillos.

María sacó una de sus tetas flacas y la puso en boca de sus hijos para alimentarlos, uno a uno. Tomó mucha agua corrupta, deseando que, como una vez se convirtió en vino, ahora se volviera leche. Se echó en el catre y se acurrucó con ellos, intentando darles calor con el único poncho que tenía. José salió confiando en que algo de comer encontraría. Caminó desde la mañana por varias horas apretando la chamarra al cuerpo. El frío petrificaba sus huesos y le hacía muy difícil continuar andando. Sus labios morados sangraban. Apenas cubrían los pocos dientes que le quedaban que castañeaban sin cesar. No encontró a nadie por el camino. Tenía miedo de acercarse a las haciendas por miedo a que llamaran a la migra*. Era un invierno terrible en el que no se hallaba nada comestible a simple vista. Decidió regresar humillado. Se sentía poco hombre. De nada le había servido trabajar como un mulo por diez años para pagar por el cruce de la frontera. Había prometido una mejor vida a la María, pero solo pudo darle una atiborrada de miserias.

Cuando llegó era de noche. Todo estaba oscuro y un olor a muerte impregnaba el ambiente de la casucha desdichada. Encendió una vela. Vio a María dormida, con la boquita de uno de los niños todavía pegada a su seno. Se acercó para acurrucarse junto a su mujer, cuando sintió que todos estaban tiesos.

José se durmió con ellos.

*migra: f. coloq. Méx. Cuerpo de la Policía de inmigración de los Estados Unidos de América.  dle.rae.esp

Imagen: Max Yacovech

https://pixabay.com/en/desert-arizona-united-states-833518/

Grande otra vez

«Si tiene que regresar a México, le vendemos su casa. J. M. Higgings, Real State and Broker», leía un letrero enorme, desgastado por el tiempo, ubicado en el cruce de las avenidas principales de Brownsville, Texas. Al lado de estas palabras, un norteamericano blanco, de cara gorda y colorada, aparecía sonriente. Era el 2019. En el pueblito fantasma cerca de la frontera entre Texas y Matamoros, solo se veían las casas sin vida de los que otrora fueron llamados «los dreamers» o soñadores.

Los soñadores fueron víctimas inocentes del sistema y de la necesidad de sus padres. Llegaron a los Estados Unidos cuando no tenían edad para opinar o decidir cuál sería su destino. No aprendieron español, pues para protegerlos preferían que hablaran el inglés, aunque en casa no los entendieran. Tenían que ser americanos en todo el sentido de la palabra. Se acostumbraron a comer en vez de tacos, hamburguesas, y a tomar Coca-Cola en vez de jugo de horchata. Nada entendían de visas, ni ciudadanías. Su patria era América.

Al terminar la secundaria chocaron con su realidad. Si querían ir a la universidad el estado no los reconocía como residentes y por su «estado migratorio» no podían solicitar ayuda económica para sufragar sus carreras. Lo único que les quedaba era trabajar, lo que tampoco era sencillo dado su falta de documentación. La mayoría de los patronos querían evitar violar las leyes, pero siempre había alguno que no le importaba si podía reventar al indocumentado por unos pocos dólares.

Joseph era un soñador que como muchos pensaron que encontrarían una forma de legalizar su estatus durante el gobierno del Presidente Obama. No contó con que habría otras prioridades para este y que el Congreso sería republicano. Jamás aprobarían la legalización de once millones de indocumentados. En un intento por rescatar al menos al grupo de soñadores, quienes gracias a su propio esfuerzo se abrían camino en la única patria que habían conocido —a fuerza de trabajo y estudio—, el mandatario firmó una orden para que estos pudieran quedarse mientras se lograba una solución definitiva. Entonces obtuvieron permisos de trabajo y les fue posible negociar mejores condiciones de empleo. Con esa pequeña puerta que se abrió, Joseph y muchos otros, compraron propiedades para alcanzar su sueño americano.

Las elecciones del 2016 fueron un golpe terrible para los soñadores. Cuando entró en la Casa Blanca el nuevo Presidente, se inició la cacería de indocumentados. De un plumazo, las órdenes que les permitían permanecer en los Estados Unidos fueron abolidas. Fueron presa fácil para los agentes de inmigración, porque el gobierno sabía dónde estaban. No tuvieron tiempo para nada. En un operativo nunca antes visto —muy parecido a los de las películas de la Alemania nazi—, barrieron las comunidades de todos aquellos que no tenían sus documentos al día.

Joseph no sabía español, no tenía familia ni conocía nadie en México y fue expulsado sumariamente de lo que hasta ese día había sido su hogar. Cursaba el último año de Pedagogía. Sin diploma y sin entender una palabra de español, terminó andando en las calles de Matamoros rogando por limosnas para poder comer y pasando frío. Mientras tanto, su casa en Brownsville había sido saqueada por los seguidores de quién haría a América grande otra vez.

melbag123

Imagen: James DeMer