Alma llanera

Marcelo salió de su casa antes de que salieran los primeros rayos del sol. Dio una última mirada al rocío que aún estaba sobre las hojas de las plantas y hierbas que su madre con tanto amor cultivaba. Respiró despacio y profundo, para llevarse impregnado en su olfato el olor a patria, a condimento, a sabor de la comida de su casa. Caminaba, mirando sus pasos adelantarse sobre el asfalto mojado de Acarigua, cantando bajito Alma llanera. Sabía que era igual que la suya: primorosa y cristalina. Recordaba la infancia, cuando corría por los llanos de su tierra, jugando con sus hermanos y amigos, cuando Venezuela todavía era libre. Iba calculando la distancia que le faltaba por recorrer para llegar a donde tomaría el autobús hacia sus sueños. En su mochila llevaba lo necesario, no quería llevar peso de más sobre sus hombros, ya el de la separación se le hacía demasiado. Atrás dejaba a su madre, a su hijo y a Julieta.

Su padre le había enseñado que al hombre de la casa le tocaba sacrificarse y él era ese, el hombre de la casa. Hacía frío, pero no estaba seguro si era la madrugada o el que sentía en su espíritu, que hasta hacía poco había sido soberano. Se cerró la chamarra hasta el último botón con los dedos temblorosos. Palpó en el bolsillo de su pantalón el boleto del autobús hacia un país vecino. A pesar de la nostalgia, que ya lo golpeaba, llevaba el alma forrada de miedo, pero llenita de ilusión. Encontraría trabajo, podría alquilar una casita y mandar a buscar a los suyos. Todo estará bien —se decía— con la ayuda de Dios. Apuró el paso para llegar a tiempo a la estación. Hizo una larga fila para tomar su asiento. Ya acomodado, se sacó una selfi que atestiguaba la preocupación en los ojos y presentaba una media sonrisa, con la que trataba de convencer a su familia —como el que va a la guerra — de que no había nada que temer.

En el país hermano no estuvo mucho tiempo. A pesar de los buenos propósitos de las personas con las que se encontró, el trabajo duró poco. Aunque le habría gustado quedarse allí, se hacía insostenible por la falta de faena. Regresó a la capital, pero la competencia por sobrevivir era demasiada. Muchos venezolanos habían abandonado su tierra por causa del hambre, la necesidad y el rechazo al dictador, pero siempre sobrevive el más fuerte. Y no es que Marcelo fuera débil, era que estaba hecho de otra madera. Era un poeta, acostumbrado a la palabra dócil, con el corazón empeñado en versos de amor a su Julieta. Sus manos suaves estaban hechas para acariciar el lápiz sobre las hojas de papel y sus ojos, para amar el ritmo de la belleza y las letras.

Pensó en unirse a su hermano que se abría paso en otra tierra y creyó que estando cerca de él —al menos— calmaría la añoranza de estar con su familia. Solo tenía que reunir lo suficiente para pagar el bus. Pero allí le fue peor. El extranjero nunca es bien acogido en otras tierras, como si no fuera mandamiento ayudar al forastero. El espíritu se le exprimía con cada reproche racial. ¿Acaso la necesidad y el hambre tenían fronteras? Sus manos de artista se resquebrajaron en el duro trabajo de un taller. Su alma llanera y libre se secó bajo un yugo tan cruel, como el de la misma tiranía de la que huía.

Desde lejos le llegaban las noticias de la lucha de los que quedaron, y le dolían los huesos, padecía haberse ido. Ya no quería vagar errante por los rincones de una América Latina deshonrada con las muertes de mil Abeles, en manos de sus hermanos. «No es lo mismo estar en casa, aunque se pase hambre», pensaba cuando iba despertando de su sueño de una vida mejor para él y su familia lejos de la cuna. Anhelando el calor de Acarigua, de sus gentes, sus aromas y sus sabores, inició el camino de vuelta, dispuesto a enfrentar lo que fuera. Como el cóndor ante el ritual de la muerte, abrió sus alas y voló hasta el pico más alto con la cara al viento, recordando cada instante de su feliz existencia en la patria. Replegó sus alas, recogió sus piernas y se dejó caer a pique al fondo de la quebrada, mas esta no era su muerte, sino el renacimiento a una nueva vida, en el amor de su nido.

Marcelo ahora era parte del planeta, del cosmos, de los silencios. Esos largos silencios con los que se conectaba con su otro yo, el cóndor inteligente y sabio que vuela alto hasta tocar los astros, en los atardeceres dorados de Venezuela.

andean-condor-43304_960_720Imagen: Pxphere.com (CC0).

Camino de la frontera

orilla lejana

Fotografía por Fredmosc, en Pixabay (CC0).

En cuanto anocheció emprendió el camino. Tenía que cruzar antes del amanecer. Notaba la cabeza algo despejada, pero la malaria lo martirizaba como nunca, el cuerpo le dolía, los huesos le dolían. Una luna pequeña, en creciente, se acercaba al horizonte con su claridad amortiguada. En lo alto de la cúpula del cielo, una miríada de estrellas lo contemplaba.

Intentó caminar con paso regular, sin apretar la marcha, calculando que le aguantaran las fuerzas, pero al ratito ya sentía un cansancio inmenso y la vida se le iba con cada paso. Voy a dar uno más y ya veré, decía el hombre, y lo daba, y ahora otro, decía, y luego otro, y así contó trescientos, mil, dos mil pasos, más o menos un quilómetro. Jadeaba, se mareaba y no podía, pero voy a caminar otro quilómetro, decía, y volvía a empezar la cuenta. Había dejado el camino y avanzaba por veredas entre los cerros, por trochas de animales, alejadas de los caminos y carreteras.

La luna hacía tiempo que se había escondido, sólo oscuridad en la tierra y estrellas en el cielo. El hombre tropezó varias veces, con sus respectivos revolcones y golpes en las piedras. En los repechos más duros, se arrodillaba y gateaba y se daba ánimos a sí mismo, ánimo, hombre, que ya queda menos. ¿Menos para qué? Menos para todo. A veces se detenía para escudriñar las sombras, para escuchar la noche, por los si la policía, por si alguna patrulla. Aquellos altos lo aliviaban, le daban tregua, pero después le costaba más reemprender la marcha, que parecía que las articulaciones se le hubieran soldado, y la voluntad huido. Y otro paso, y otro y van quinientos, quinientos uno, dos, tres, y otro quilómetro, y este ya es el último y me dejo caer, pensaba, ya, ya, y que sea lo que Dios quiera, que me hallen los policías, que coman los buitres, de todas formas nada le importaba sin ella, la vida, la salvación, el mañana, se la llevó el otro, el de antes, el de siempre, será verdad que la quiere, piensa, todo lo piensa, porque la palabra es un lujo que no se puede permitir, y otra vez la fiebre lo asalta, lo fatiga, la tiritera, los escalofríos, otro paso, otro cerro, otra bajada, y las estrellas lo miraban, blancas como cartas, como notas blancas, infinidad de estrellas, las mismas que estarán viendo otros pobres diablos como yo, piensa, no puedo, no puedo más, grita dentro de su cabeza, le estallan los pulmones, el corazón, el cuerpo todo, cada fibra muscular se rompe, rota como una cuerda vieja de un violín, pero sigue y sigue hasta que siente el río, el río que es la frontera.

Una claridad muy tenue apunta por oriente y a su luz ilumina la otra orilla, lejana como el infierno.

La Rubia

Ay, Rubia, mi Rubia… Yo no sé qué tienen tus ojos, que cuando me miras así creo que siento la energía que lo une todo. Tal vez sea la sensación que tienen dos almas cuando se reconocen. Porque a mí me da que tú y yo nos hemos encontrado por algo. Me miras con esas canicas achocolatadas, que parecen más oscuras aún enmarcadas por tu cabellera dorada, y me haces sentir bien. No sabría decir cómo, pero me ayudas. Si todas las personas tuvieran cerca a un ser como tú, algo aprenderían, seguro; sabríamos estar mejor en el mundo. Nunca he conocido un corazón más limpio.

Recuerdo cuando te traje a casa por primera vez. Aún eras muy joven. Siempre ibas de un lado a otro con la cabeza baja, no querías llamar la atención. Te daba miedo el mundo. Y mira ahora qué tranquila estás, ¿eh, Rubia? Anda que no ha llovido desde entonces… Pero en aquella época ibas a esconderte a los muelles porque era el único sitio del pueblo donde no había niños. Esos críos impertinentes te perseguían para hacerte perrerías y tú de buena parecías tonta. Si hubieras querido podrías haberles dado un buen susto. ¿Te acuerdas del Pelao, y del Tonín? Ahora que ya son grandes te saludan, yo diría que se avergüenzan un poco de sus correrías de entonces.

Fue el día de la nevada. La primera en años. Hacía demasiado frío como para dejarte dormir en la calle. Tú te habías colado, como siempre, por el patio de atrás que daba al almacén de la tasca. Acudías puntual a nuestra cita nocturna, y yo te daba algunas sobras antes de cerrar. Gerardo me veía alguna que otra vez y me regañaba, solo que no me lo decía muy en serio. A él le daba igual, pero es que aquí siempre hay que opinar de todo.

Y ese día decidiste seguirme a casa. Ibas caminando detrás de mí, y cada vez que me paraba y me daba la vuelta para mirarte, te detenías tú también y me mirabas con esperanza. Siempre fuiste tímida. Cuando pasé junto al bar, estaba Sisinio afuera echando el cierre, y me dijo, oye, ¿tú has visto que te sigue esa? Ten cuidado, que como coja confianza luego ya no te la quitas de encima por las buenas.

Yo me encogí de hombros y te miré, y debió de ser que escuchaste el comentario, porque te cambió un poco la cara y luego me seguías menos convencida. En una esquina desapareciste y llegué a casa sin ti. Qué curioso que nunca te haya hablado de esa noche. Me dio mucha pena. Ya me había hecho a la idea y creo que hasta un poco de ilusión me hacía. Yo también estaba muy solo.

Pero me metí en casa y me puse a cenar delante del televisor, qué le iba a hacer. Y entonces empezó a nevar. Qué locura. Nunca habíamos visto nada parecido. Y yo miraba todo el rato por la ventana, por si te veía. Y tú ni rastro. Y me dio miedo. Pensé que si pasabas esa noche fuera, te ibas a quedar tiesa. Qué tonto, ¿verdad? Y cogí la linterna y salí a buscarte. Tenía la esperanza de que anduvieras por el jardín, pero nada. Y yo te llamaba, ¡Rubia, Rubia! Tú no sabes qué sofocón cuando saliste de aquel soportal y viniste despacito hacia mí. No hablamos nada en todo el camino, pero te dejaste guiar. Te monté una camita en el salón, y hasta hoy.

Y bueno, tenía razón Sisinio, ya no pude deshacerme de ti, y ni ganas. En el fondo yo estaba convencido de que cuando llegara el buen tiempo te echarías un ligue y te largarías. Y el que se echó ligue al final fui yo, y no veas qué pesadilla al principio. Yo no sé si tú te acuerdas, porque ahora con Miranda te llevas muy bien, pero antes no había quien os aguantara juntas. ¿Reconoces que un poco celosa sí que estabas? ¿No? Bueno, ¡pero si te measte en sus zapatos! Sí, sí, ahora nos reímos, pero… Mira, que quede entre nosotros: llegó un momento en que tuve miedo de que quisiera hacerme elegir entre las dos. Y ahora que eres tú tan viejita como nosotros, nos cuidamos los tres. Te espatarras aquí entre los dos, Miranda te acaricia el lomo, yo te acaricio detrás de las orejas, y antes de quedarte frita, me echas una de esas miradas tuyas de amor, y aquí me quedo yo, en paz, viendo cómo te tiemblan las canas que te han salido en el hocico cada vez que resoplas.

Un cuento para los perros de la calle. Andrea Nunes.

Diario de una cooperante

Campamento de refugiados de…

«Entre tanta tarea como tengo, me ha salido una nueva ocupación que me llena más que otras: colaborar con un grupo de mujeres para documentar casos de niños perdidos durante la huida de su país. El asunto surgió espontáneamente, como surge casi todo por aquí, y como es un tema que, desde que supe de él, me ha interesado y me ha tocado el corazón, no me ha costado echar una mano.

manos hombre y niño

Foto obtenida de Pixabay, con licencia Creative Commons CCO

»Y en eso llevo trabajando desde hace unas semanas, aunque sea a ratos perdidos. Ya hemos documentado al menos once casos de desapariciones de niños, aunque algunos de ellos en realidad no fueran niños perdidos, sino “regalados”; es decir, que durante las largas huidas de la zona de conflicto la situación llegaba a ser tan dramática que hubo madres que dejaron a sus hijos en las casas que encontraron por el camino, con cualquier persona, porque de seguir con ellos seguramente morirían. De hecho, según me cuenta la gente, no es raro entre los campesinos la costumbre de “regalar” niños. Por ejemplo, si una mujer tiene muchos hijos y por el motivo que sea no puede cuidarlos a todos, “regala” uno a quien pueda hacerlo mejor que ella: a su hermana, su tía o incluso a su propia madre, y a partir de ese momento el hijo es adoptado por esta madre de acogida, la llama mamá y actúa en todo momento como si de verdad lo fuera.

»Pero como digo, eso son sólo unos pocos casos. En los demás, los niños se perdieron de verdad. De todos los que hemos documentado, hay uno que me ha llamado la atención, no porque fuese más terrible que los demás, sino porque la mujer hablaba de la pérdida de su chiquitín con un desconsuelo tal, mostraba una tristeza tan desoladora, que también a mí me dieron ganas de llorar. Dijo que se le perdió cuando cruzaban la frontera, hasta donde una tropa los había estado siguiendo y hostigando. Fue de repente: se le zafó un momento mientras corrían y ya no lo vio más. Y aunque examinó uno a uno los muertos por el ataque, y lo estuvo buscando durante más de una semana, arriesgándose incluso a separarse del grupo, no logró dar con él. Dijo también que un periodista que cubría la llegada de los refugiados le sacó una foto al niño antes de que se perdiese, que tal vez él tenga alguna información… pero no sabe como contactarlo. En todo caso, le gustaría conseguir la foto para tener siquiera un recuerdo de él».

 23 de abril de cualquier año

El estado natural de las cosas

Bayús fue la más pequeña de ocho hermanos y conserva escasos recuerdos de los años vividos en casa de su padre, allá en la frontera norte de la pequeña república africana, y aún estos seguramente más infundidos que reales. De hecho, apenas tiene evocaciones de los primeros días de la revolución ni de su propio padre, que desapareció y seguramente murió, aunque nunca nadie encontrara el cuerpo.

eritrea-pixabay. CC0 Creative Commons

«Tiendas de campaña en Eritrea», tomada de Pixabay (CC0 Dominio Público).

Tampoco recuerda cómo cruzaron el río hacia la república vecina, su madre sola con los hijos, en medio de masas que huían, tal que ellos, de la barbarie de los operativos militares; ni cómo, en el término de unas pocas semanas, confinaron a los supervivientes en una llanura pelada, árida y sofocante custodiada por el ejército del país de acogida, que patrullaba los alrededores con la sana intención de evitarle todo contagio a la población colindante.

Así pues, se establecieron en un campamento de refugiados donde se alineaban tiendas y más tiendas de lona llenas de una humanidad doliente y desgarrada. Bayús vivía en estado semisalvaje, una más entre la horda de inevitables criaturas que lo abarrotaban, aunque andando el tiempo tuvo la oportunidad de adquirir algunos conocimientos elementales en el programa de educación que puso en marcha la cooperación internacional y cuyo objetivo era, nada menos, que el de escolarizar a la numerosa población infantil y alfabetizar a los adultos.

Las clases se impartían en escuelas esqueléticas y desnutridas, dotadas apenas con una pizarra apoyada en el tronco de un árbol y un círculo de piedras que se movía al ritmo de la sombra del propio árbol; había tal penuria de materiales que la tiza era más preciada que el café y las libretas debían borrarse una y otra vez para reutilizar sus páginas; y no era menor la precariedad del elemento humano, porque los maestros, o mejor dicho maestras, ya que mujeres eran la abrumadora mayoría, apenas habían estudiado algún curso de enseñanza elemental y sabían leer atragantándose, y escribir con torpeza, imagínense lo que sería para ellas el tener que transmitirlo.

En aquel entorno creció Bayús, para quien el campamento se convirtió en su idea de lo que la vida es, y quizá nunca haya podido borrar de su mente el pensamiento de que el hogar es una tienda de lona, una clínica un galerón de madera y lámina, que el hacinamiento es consustancial al ser humano, la guerra es el estado natural de las cosas y la muerte un accidente corriente en el cada día.

Al principio del principio

niña refugiada en Mesa Grande

«Niña refugiada», fotografía por Julio Alejandre.

Al principio del principio, antes de que toda esta historia empezase, antes de la guerra, antes de las balas, antes de todo, cuando yo era una chigüina churretosa que levantaba apenas lo que un carnero, vivíamos en un ranchito de bahareque y zacate por el lado de San Felipe. De aquel ranchito recuerdo la tierra del piso del único cuarto que tenía, y yo tumbada en ella dibujando con el dedo el camino que recorre una hormiga, una hormiga roja que avanza para la derecha, gira hacia la izquierda, otra vez a la derecha, se detiene y tantea una basurita botada con sus antenas nerviosas, tiqui, tiqui, da la vuelta, la inspecciona por el otro lado, tiqui, tiqui, y sigue su camino. Parece que va perdida la hormiga, pero bien sabe dónde está y cómo volver al hormiguero. Mi hermano me dijo que echan un hilito invisible por el trasero, más delgado que la tela de las arañas, y que por eso saben como regresar. Yo me hago la mala y corto su camino con el dedo en dos, en tres sitios, y después trazo un redondel alrededor de ella, pero ella cruza deprisa por el valle que he labrado y sigue su camino, buscando, buscando lo que sea para volver a avisar a las demás. Entonces le doy un respingo con el dedo y me salgo del rancho. Hace una luz tan fuerte ahí afuera que no me deja ver nada, ni los árboles, ni los campos, ni el camino, sólo un brillo blanco que todo lo oculta.
—No, china, que árboles sí había, aunque pocos —dice una voz que no reconozco—, y un guatal amarillo que rodeaba la casa, y la tierra era cenizosa y estéril, que por eso tus tatas la dejaron.
—¿Quién eres? —pregunto.
—La Máxima soy.
—No me recuerdo de usted, niña Máxima.
—Ah, pero yo sí de vos, china.
—Puede ser niña Máxima, pero yo no.
—Y, ¿cómo te vas a acordar si fue hace tanto tiempo? Pero allá naciste vos y tus hermanos mayores, y puede que alguno de los más pequeños.
—Sí, eso decía mi nana, niña Máxima.
También recuerdo que había en el suelo unos agujeros con una telita blanca donde anidaban las arañas meacaballos, esas que pican a los caballos y a las vacas, hacen que se les pudra el casco y los pobres animales andan patojos hasta que les crece de nuevo. Y me recuerdo del miedo, del miedo que me daban aquellas arañas, que por la noche salían de sus nidos y recorrían el ranchito con sus patas peludas, se subían por la mesa, por las sillas y hasta por camas y nos podían picar, así que de día agarraba valor y me apostaba junto a los agujeros hasta que la araña asomaba por la boca y la ensartaba con un trocito de alambre de cerco, y se la daba de comer a los pollos. Pero pronto nos fuimos de aquel ranchito porque mi tata compró un terreno algo grandecito, como de dos manzanas, en un lugar que le dicen Los Talpetates. El terreno tenía una casa de adobes con techo de tejas, dos corredores, una cocina enorme y un piso que mi tata recubrió con tierra mezclada con cal, que se prepara un como engrudo y se extiende por el piso, y cuando se seca queda bien compactado y liso, y fácil se puede barrer y no hacen nido en él las arañas, a Dios gracias, que en aquella casa pude por fin dormir sin miedo a que me picasen. El terreno estaba rodeado por un cerco de matas de izote y lleno de palos frutales: mangos, zapotes, aguacates, nacaspilos, guayabos, matas de huerta y arbustos de café. Y justo frente al corredor principal crecía un amate enorme, que tenía una rama más baja, casi horizontal, que parecía puesta a propósito para trepar por ella, colgarse y hacer travesuras. Así que un día que estaba jugando con mi amiga Erundina a hacer cabriolas en la rama, como las que hacen las gimnastas, se me enganchó una mano y me destrabé el dedo meñique, y desde entonces se me ha quedado más corto que el otro, y cuando cierro el puño no tiene nudillo.
—Traviesa que eras, vos, siempre lo has sido, desde chigüina, y aún hoy no te has enmendado a pesar de lo mucho que tu nana te regañó.
—Seguro, niña Máxima, si usted lo dice así ha de ser, pero no hace falta que me interrumpa a cada cosa que pienso.
—Ahí discúlpame si te molesto, cipota, pero este silencio rancio que cargo es tan vacío, tan infinito, que por veces me voy de boca.
—Si yo entiendo su silencio, niña Máxima, pero ¿y el mío?, ¿quién lo entiende?, no ve que me confunde usted, mejor ya no diga nada.
—No te enojes, vos, que ya me callo.
—A ver si sí.

Reunión de Fóbicos Anónimos

—¿Pues sabes lo que me pasó ayer? Estaba yo tan tranquila en mi casa cuando, sin venir a cuento, viene mi marido y me planta una caja de alcachofas en toda la mesa. Con lo a gusto que estaba yo leyendo mis revistas, el muy, el muy…

—¡Ay, Mari, no me digas! ¿Y qué hiciste?

—Pues figúrate… acabamos en urgencias, no te digo más —Mari es uno de los miembros más antiguos del grupo, y padece lacanofobia aguda, es decir, fobia a los vegetales—. Es que no puede ser, ya lo dice Clara, la terapia de exposición tiene que ser gradual, y va este mendrugo y me trae no sé cuántos kilos de alcachofas de sopetón…

—Mari, gradual sí, pero es que ya son unos cuantos años.

—¿Y a mí qué? Yo a mi ritmo. La semana pasada estuve jugando con un par de tomatitos cherry, y yo tan contenta, es un avance.

En ese momento entra José Ignacio en la sala y todo el mundo se queda mirándole. Pobre hombre, no está más enfermo que el resto, pero a él se le nota más, y por eso algunos se creen diferentes o, lo que es peor, mejores. Él coge su silla, no le dice nada a nadie, y se sienta siempre en un rincón lo bastante lejos como para no molestar. Y la verdad es que se agradece, porque lo suyo es grave. Ablutofobia. Vamos, que le enseñas un cubo de agua y una pastilla de jabón, y sale corriendo.

Carlos está observando a todos. Él ha sido el primero en llegar hoy, y tras la entrada de José Ignacio, se ha distraído de la conversación entre Mari y Juliana, que le tenía tan entretenido.

Ahora le da por escuchar a Vicente, que le está contando algo a Margarita. Vicente solo lleva un par de semanas, por eso aún no ha mejorado mucho.

—Margarita, te juro que al principio no entendía cómo era posible que mi mujer se hubiera empeñado en que yo viniera aquí, total, si a mí no me pasa nada. Pero creo que le estoy viendo el plumero, ¿sabes? Quiere prepararme para algo y ya me lo estoy oliendo… Es nuestro hijo, estoy seguro. El otro día les oí cuchicheando y lo entendí todo a medias pero me parece que… el muy desagradecido… toda la vida sacrificándonos por él y ahora va y nos hace esto. O más bien me lo hace a mí, porque a su madre le da igual todo, está ciega con el crío.

—Mira que te vas por las ramas, Vicente, pero ¿me quieres decir de qué me estás hablando?

—¡Pues que el chaval es mariquita! ¡Nos ha salido sarasa!

—¡Vicente, por favor! Ese lenguaje, ya sabes lo que dice la terapeuta. No puedes hablar así o no te curarás nunca.

—Si tienes razón… Pero, ¡maldita sea, que yo no estoy enfermo! —Vicente está muy dolido, se le ve. Él todavía no lo ha reconocido, pero padece homofobia. Es el caso más común en el grupo de terapia. A Carlos le pasaba lo mismo que a  él.

Margarita le toca el brazo en señal de apoyo. Eso, viniendo de ella, es un gesto loable, porque está obsesionada con los gérmenes. Al principio venía a las terapias con guantes de goma y un forro para su silla.

Acaba de entrar una nueva. Tiene cara de perdida, seguro que es su primer día. Carlos se levanta y le extiende la mano, siempre es agradable que alguien te reciba amigablemente tu primer día. Él se sentía muy avergonzado la primera vez que pisó aquella sala.

—Hola, soy Carlos.

—Yo soy Ana—Le estrecha la mano y acepta sentarse a su lado.

—Bienvenida, Ana. ¿Puedo preguntarte qué te trae por aquí?

—En realidad me obliga mi empresa. Un comentario desafortunado…

—¿Insultaste a alguien?

—No exactamente. Llevo meses currando más que nadie, ¿sabes? Uno de mis superiores se va de la empresa, y estaba convencida de que me iban a dar su puesto. ¿Y sabes quién ha conseguido la promoción?

—¿Quién? —pregunta Carlos, extrañado por la locuacidad de su nueva compañera. Normalmente todos están muy cortados la primera vez que hablan de su trastorno. A lo mejor son los nervios lo que le suelta la lengua.

—¡Una bollera!

Carlos se ríe. Otra más.

—Bueno, Ana, no te preocupes. Ya te llegará tu ocasión. Si han ascendido a tu compañera, será por algo. No creo que su orientación sexual haya tenido nada que ver en el asunto.

—¿Y tú qué? —Ana está a la defensiva, se ha mosqueado un poco y quiere ver si puede meterse con Carlos.

—¿Yo? Yo era tan homófobo como tú. A lo mejor hasta más. Vine por una pelea en un supermercado. Un gay me parte los dientes y encima soy yo el que tiene un problema. Eso es lo que pensaba. Pero claro que tenía un problema, yo empecé la pelea, y me metí con él porque la rabia que me daba verlo me hacía perder el control. Y la rabia venía del miedo, porque es normal tener miedo a lo que no eres capaz de entender.

—Yo no tengo miedo de los gays —Ana está bastante ofendida.

—Llámalo como quieras. No pasa nada, se puede tratar. Clara es una terapeuta excelente.

Entonces entra Clara, y todos los demás van tomando asiento. Los rumores de las conversaciones se van apagando. Ana lo agradece, porque la charla con Carlos le estaba poniendo de los nervios. Carlos cruza una mirada con Clara, que le sonríe. Ella está a punto de anunciar que hoy es el último día de Carlos, y que luego tomarán algo en la cafetería del centro para celebrarlo. Él sonríe con orgullo, le brillan los ojos al mirar a sus compañeros, deseando decirles que, por fin, está curado, y que ellos también pueden conseguirlo; deseando contarles por qué se siente orgulloso de lo que ha logrado, por qué hoy quiere celebrar con ellos el orgullo de ser una persona sana.

Andrea Nunes