Barcelona

GUARDADO POR CAROL AGUILERA EN PINTOREST

Mimos en las Ramblas de Barcelona  – Guardado por Carol Aguilera en Pinterest

Porque me cuesta reaccionar con versos ante la locura. Porque me asustan ciertos mimos. Porque sangro en el alma desconcierto. Porque sólo es el llanto y el silencio ante la herida que se agranda frente a la noticia. Porque no me salen las palabras frente al dolor. Porque se me paralizan los sentidos ante la maldad. Porque me siento débil ante lo perverso… Pero hay un momento , aunque no sepas cuándo… te brotan las palabras, se desborda el alma y dentro, muy dentro, se alborota en desorden la rabia al saber que los inocentes ya somos rehenes de los culpables. Y ahí comprendes que en la tragedia triunfa el amor y no hay  lugar para independencias… En ese instante, todos somos uno, y es ahora, que puedo escribir en acróstico: BARCELONA.

Bruscamente parada la vida entre las flores

Amargo es el perfume de la sangre vertida

Recojo odio en las ruedas de un furgón desbocado

Caballo enloquecido por intrigas ajenas

Encendidas de fobia matando en las aceras

Locura de un dios viejo que trastoca el sentido

O encarcela en las sombras la idea de la vida

No podrá con el miedo, tampoco con el orden

Aunque mate los sueños… ¡Nunca, la libertad!

©Julie Sopetrán

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Una de las Rosas

Paredes habitan el canto
de una voz casi apagada.
La puerta del sótano se abre.
Luce cruz de hierro como estandarte.
Ventana abierta a la esperanza.
Ventana cerrada a la desesperación.
Una alfombra de sangre se extiende
bajo la rendija de esa puerta.
Dirección a la tapia del cementerio,
el corazón bombea tortura.
No sabe o no quiere saber.
Antes de saberse doler
prefiere no desfallecer.
Ha sufrido en piel
y ha sufrido en ojos.
Ha sido mancillada:
corrientes en los pezones,
ropas a jirones,
violaciones.
Dirección a la tapia del cementerio.
Das una vuelta al horizonte,
todos tus años fueron espinas
y serás rosa.

Gema Albornoz

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Nota al pie

Llueve en la habitación.

Si esto

fuera un verso

podría ser un buen verso

para empezar un poema.

Un poema de amor, desamor

de paso del tiempo o

uno de esos que

no entiendo

pero amo.

Podría ser hermoso

y alegre

y quizás alguien

en algún lugar

lo leyera

y lo hiciera suyo.

Pero no.

“Llueve en la habitación”*

no es un verso.

*La gotera ocupaba toda la sala// Sala 1 del hospital// Habían colocado unos plásticos a modo de guía para que las gotas —caprichosas— no tuvieran otro recorrido hacia suelo// que al cubo// Esperábamos nuestro turno// El mío 16 A// Y esperábamos viendo cómo se llenaba igual que una clepsidra grotesca// Llueve en la habitación// Ahora los hospitales los llaman Fundaciones y el dinero público lo gastan —gota a gota— de forma privada// Se está desbordando// Llueve en la habitación// Por desgracia, algunos pacientes no somos rentables.

Hace ciento ocho meses atrás

Hay pérdidas
que cambian el curso de los días

a través de Hace ciento ocho meses atrás — Emociones encadenadas

Una pétrea figura
fue testigo
hace ciento ocho meses atrás.
Los tejados quedaron mudos
—durante ciento ocho segundos.

Ninguno viró su veleta en su dirección.
Las antenas medían entonces,
la velocidad del viento,
en su lugar.
Una electricidad lúgubre inundó
el ambiente.
Los gorriones
dieron ciento ocho vueltas
con ciento ocho aleteos,
premonizando en sus alas
—y pinzando con sus plumas—
cada sensación voluble en el aire.

Los muros enseñaron cicatrices
y desconchones en sus fachadas
—aún sin revestir de blanco.
Caían ciento ocho costras
llorando el momento, por el que el suelo
se llenó de ríos de sangre incolora
—porque nadie había pinchado
su superficie para verla sangrar.

Los árboles tiraron el ropaje ramado
que vestían mientras hacían un camino
señalando una emigración sin residencia,
silenciosa y sin causa,
ni necesidad.

Ciento ocho entradas al instante congelado
donde todo se repite.

Sin salida
sin entrada,
sin camino,
sin una visita
a ese mosaico sepulcral
—faltante aún,
ahora —
teniendo en mi pecho,
tu vida
y en mis manos,
un ramo de crisantemos.

Gema Albornoz

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Apagado o fuera de cobertura

Repasa nerviosa sus apuntes en el andén. Miles de personas a su alrededor esperan el tren que los conducirá a sus obligaciones; miradas con un soleado horizonte repleto de ilusiones. Llega el cercanías. Una explosión en él. Otras más la siguen segando incontables vidas, incluida la suya. El horror se extiende en las calles, mientras tanto, el corazón de una infinidad de amigos y familiares se tiñe del negro más oscuro. Lágrimas que se derraman sobre el pavimento. Llamadas desesperadas se suceden: “el móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura“. Unos cogen el teléfono. Otros, como ella, ya no podrán cogerlo nunca.

El mundo se retuerce de dolor.
No queda nada; sólo el abismo
de una insondable pena.

Javier Bajo
https://mediadebravas.wordpress.com/2017/01/16/apagado-o-fuera-de-cobertura/

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Photo Credit: a.m.a. (alb_yester) Flickr via Compfight cc

El Paraíso

No tenía más de catorce años cuando conocí a Cyrill. Deambulaba por las carreteras de Camerún en busca del Paraíso, aquel maravilloso lugar del que hablaba el reverendo en sus sermones. Hacía tantos días que recorría paisajes solitarios, que mis pies oscuros se habían vuelto blancos por el polvo del camino. No llevaba más que un hatillo con algo de agua y muy poca comida, que racionaba cuidadosamente.

—¿A dónde vas? —me preguntó cuando me lo crucé, tal vez extrañado por ver a un chico joven y sin compañía en un lugar como aquél, tan lejos y apartado de todo.

Yo me encogí de hombros. No quería decirle la verdad porque temía que se riera de mí.

—¿Vas solo?

Asentí.

—¿Y tus padres?

Mi padre nos había abandonado incluso antes de que yo naciera, y mi madre se había marchado hacía unos meses a buscar un lugar mejor para luego llevarnos al abuelo y a mí con ella. El abuelo decía que nos llevaría al Paraíso… Pero poco después de que ella se fuera el abuelo se puso muy enfermo, y como no teníamos medicinas ni un buen médico empeoró cada vez más. A pesar de todo, él no estaba triste, y el día en que cerró los ojos para no volver a abrirlos más, tenía tal expresión de felicidad y de paz, que parecía que al fin había encontrado lo que buscaba… tal vez él también había llegado al Paraíso. Pero yo no quería contarle todo esto a Cyrill, así que miré al suelo y simplemente le dije:

—Mi madre se fue en busca de un lugar donde vivir bien, y ahora quiero ir con ella.

—Vas en dirección contraria, muchacho —me contestó, y siguió caminando—. Acompáñame si quieres.

Yo le miré estupefacto, ¿sería posible que él supiera dónde se encontraba el Paraíso?

Una semana después nos subimos a un camión con más gente, que nos llevó durante varios días como si fuésemos sardinas enlatadas, y luego, tras seguir a pie unos días más, al fin llegamos. Pero aquello no era el Paraíso, era sólo una especie de campamento en el bosque. A pesar de la decepción, no me quejé, y ahí me quedé mucho tiempo, pues si algo había aprendido en aquella búsqueda era que tener paciencia era casi tan importante como no perder la esperanza.

Pero una noche, Cyrill me despertó con una sacudida, y por primera vez, en lugar de encontrar afabilidad en su mirada, lo único que vi cuando abrí los ojos fue una mezcla de miedo y euforia que me hizo sentir muy inseguro.

—¿Qué pasa? —murmuré.

—Ha llegado el momento, vamos. Intentaremos cruzar la frontera, al otro lado se vive mejor.

Me levanté lo más rápido que pude, y salimos del campamento con más gente, amparados por la oscuridad de la noche. Algunos llevaban las escaleras que nos habíamos dedicado a construir durante las últimas semanas.

—Toma, cúbrete las manos con esto.

Me dio unos trozos de tela. Yo no sabía por qué debía hacer eso, pero obedecí y no pregunté, no había tiempo para explicaciones. Lo entendí cuando llegamos a la frontera, y vi la alta valla de espino. Al otro lado se veían luces.

—Es el puerto —dijo—. Si tenemos suerte, mañana podrás pasear por ahí.

Yo lo miré con los ojos muy abiertos, lleno de ilusión. No podía creer que el Paraíso estuviera ya ahí, tan cerca. Mi madre estaría esperándome en algún lugar no muy lejano.

Nos aproximamos con cuidado y empezamos a pasar de uno en uno por cada escalera. Algunos estaban tan nerviosos que les temblaban las piernas al trepar. Pero justo cuando me tocaba a mí, alguien gritó:

—¡Corred!

Se armó gran alboroto y se oyeron disparos. Se encendieron unas luces provenientes de linternas que se acercaban cada vez más. Yo seguí subiendo apresuradamente, sin levantar la vista de mis manos. Llegué al final de la escalera, me dispuse a saltar, y… algo me golpeó en el pecho y rebotó con tal fuerza que no pude respirar durante unos instantes y perdí en equilibrio. Luego entendí que me habían disparado una bola de goma, pero en ese instante pensé que era una bala de verdad. Me dio tiempo a ver a unos cuantos policías mientras caía, pensando de que eso era todo.

No llegué a tocar el suelo, me desperté antes, justo a tiempo.

Me levanté de la cama empapado en sudor frío y me dirigí a la ventana para abrirla. Necesitaba refrescarme y tranquilizarme. Desde mi cuarto, en el último piso del edificio, se veía, a lo lejos, el puerto de Melilla, la ciudad en la que yo vivía desde que hacía ya ocho años, me habían adoptado. La casa estaba silenciosa, todos dormían. A lo mejor no había encontrado el Paraíso, pero tenía un hogar, una familia, una escuela, y no me faltaba de nada. Yo ya estaba en el otro lado, era afortunado de no tener que saltar una maldita valla.

puerto melilla

Puerto de Melilla

Andrea Nunes Martín. Paréntesis

Dicho de otro modo

Amarillo.

Malva.

Y amapola

son los colores

de las cunetas de España.

O dicho de otro modo:

“Es el segundo país del mundo en número de desapariciones después de Camboya, con 114.226 hombres y mujeres que permanecen en fosas comunes, algunas con más de mil personas dentro, sin haber sido identificados y enterrados dignamente por sus familias” (http://memoriahistorica.org.es/tag/desaparecidos-del-franquismo/)