Indignación

«Meteoro», óleo por Jesús Lorenzo, compartido con el permiso del autor.

Arde el mundo en la pira del descontento,

ascua de indignación y, en su montura,

cabalga la decepción, pavesa al viento.

 

Cegando la luz del sol con su negrura,

trotando va la furia entre la gente,

agüero de dolor y desventura.

 

Silbando su locura hacia poniente,

nos muestra el devenir tras la espesura.

 

Safe Creative #1108069816699Rosa María Lorenzo 

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Ni un silencio más, ni una voz menos

Solo silencio por aquellas que mueren en mi nombre,
solo silencio por aquellas que cayeron por mi vida,
solo silencio por aquellas que no tienen nombre,
ni voz, ni vida, ni rostro, ni alas, ni sonrisa.

Silencio por aquellas condenadas a él,
silencio por sus cuerpos y por sus heridas,
silencio por las víctimas y el dolor del crimen
del estado, del patriarcado y de la complicidad
de quién no es capaz de ver.

No, no, no quiero en tu rostro más lágrimas,
ni más silencio en nuestras calles.
No, ni una gota más de silencio en los días
ni un segundo más de soledad en tu nombre.

No estás sola, hermana, somos resistencia,
somos flor, somos fuego y seremos mares.
Desbordaremos los muros que te encierran
y partiremos las cadenas y los alambres,
que con golpes han desgarrado tu alma,
roto tu mirada y derramado tu sangre.
Sé fuerte, sé firme y vuela libre, vuela,
que no es amor, eso que pretende,
sino la mayor bestialidad, la de la guerra.
¡Vuela! Que no estás sola en nuestro enjambre,
que los pararemos y picaremos, compañera.

Mujer encarcelada por sus mentiras, levántate
que no hay nada de amor en su violencia,
que nos despertaremos en tormenta
frente a sus golpes y sus grilletes,
frente a sus palabras y sus cadenas,
juntas, mano a mano, frente a frente:
¡Ni un silencio más, ni una voz menos!

Vomitemos las palabras

YO TE CREO

Hace frío, impacable se adentra
en mis tripas.
Se revuelven, dando vueltas
a mi estómago.
Una boca articula palabras,
resuenan mientras
las niego.
“No hubo agresión sexual,
sino una relación consentida y placentera”.

No. No. No. Tres veces no.

El café enluta,
se hace más amargo.
Probablemente, ya han destrozado
la corona de Puta sobre su cabeza.
Probablemente, siga con una vida
fraccionada.
Probablemente, quienes escuchamos
cómo una víctima habla de una agresión
sexual, en un portal, la vivimos
repitiendo lo que ella ya vivió,
siempre que no vomitemos las palabras
perdidas en aquel portal. Y levantemos
el vómito más alto que su propia voz.

Barcelona

GUARDADO POR CAROL AGUILERA EN PINTOREST

Mimos en las Ramblas de Barcelona  – Guardado por Carol Aguilera en Pinterest

Porque me cuesta reaccionar con versos ante la locura. Porque me asustan ciertos mimos. Porque sangro en el alma desconcierto. Porque sólo es el llanto y el silencio ante la herida que se agranda frente a la noticia. Porque no me salen las palabras frente al dolor. Porque se me paralizan los sentidos ante la maldad. Porque me siento débil ante lo perverso… Pero hay un momento , aunque no sepas cuándo… te brotan las palabras, se desborda el alma y dentro, muy dentro, se alborota en desorden la rabia al saber que los inocentes ya somos rehenes de los culpables. Y ahí comprendes que en la tragedia triunfa el amor y no hay  lugar para independencias… En ese instante, todos somos uno, y es ahora, que puedo escribir en acróstico: BARCELONA.

Bruscamente parada la vida entre las flores

Amargo es el perfume de la sangre vertida

Recojo odio en las ruedas de un furgón desbocado

Caballo enloquecido por intrigas ajenas

Encendidas de fobia matando en las aceras

Locura de un dios viejo que trastoca el sentido

O encarcela en las sombras la idea de la vida

No podrá con el miedo, tampoco con el orden

Aunque mate los sueños… ¡Nunca, la libertad!

©Julie Sopetrán

Una de las Rosas

Paredes habitan el canto
de una voz casi apagada.
La puerta del sótano se abre.
Luce cruz de hierro como estandarte.
Ventana abierta a la esperanza.
Ventana cerrada a la desesperación.
Una alfombra de sangre se extiende
bajo la rendija de esa puerta.
Dirección a la tapia del cementerio,
el corazón bombea tortura.
No sabe o no quiere saber.
Antes de saberse doler
prefiere no desfallecer.
Ha sufrido en piel
y ha sufrido en ojos.
Ha sido mancillada:
corrientes en los pezones,
ropas a jirones,
violaciones.
Dirección a la tapia del cementerio.
Das una vuelta al horizonte,
todos tus años fueron espinas
y serás rosa.

Gema Albornoz

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Nota al pie

Llueve en la habitación.

Si esto

fuera un verso

podría ser un buen verso

para empezar un poema.

Un poema de amor, desamor

de paso del tiempo o

uno de esos que

no entiendo

pero amo.

Podría ser hermoso

y alegre

y quizás alguien

en algún lugar

lo leyera

y lo hiciera suyo.

Pero no.

“Llueve en la habitación”*

no es un verso.

*La gotera ocupaba toda la sala// Sala 1 del hospital// Habían colocado unos plásticos a modo de guía para que las gotas —caprichosas— no tuvieran otro recorrido hacia suelo// que al cubo// Esperábamos nuestro turno// El mío 16 A// Y esperábamos viendo cómo se llenaba igual que una clepsidra grotesca// Llueve en la habitación// Ahora los hospitales los llaman Fundaciones y el dinero público lo gastan —gota a gota— de forma privada// Se está desbordando// Llueve en la habitación// Por desgracia, algunos pacientes no somos rentables.

Hace ciento ocho meses atrás

Hay pérdidas
que cambian el curso de los días

a través de Hace ciento ocho meses atrás — Emociones encadenadas

Una pétrea figura
fue testigo
hace ciento ocho meses atrás.
Los tejados quedaron mudos
—durante ciento ocho segundos.

Ninguno viró su veleta en su dirección.
Las antenas medían entonces,
la velocidad del viento,
en su lugar.
Una electricidad lúgubre inundó
el ambiente.
Los gorriones
dieron ciento ocho vueltas
con ciento ocho aleteos,
premonizando en sus alas
—y pinzando con sus plumas—
cada sensación voluble en el aire.

Los muros enseñaron cicatrices
y desconchones en sus fachadas
—aún sin revestir de blanco.
Caían ciento ocho costras
llorando el momento, por el que el suelo
se llenó de ríos de sangre incolora
—porque nadie había pinchado
su superficie para verla sangrar.

Los árboles tiraron el ropaje ramado
que vestían mientras hacían un camino
señalando una emigración sin residencia,
silenciosa y sin causa,
ni necesidad.

Ciento ocho entradas al instante congelado
donde todo se repite.

Sin salida
sin entrada,
sin camino,
sin una visita
a ese mosaico sepulcral
—faltante aún,
ahora —
teniendo en mi pecho,
tu vida
y en mis manos,
un ramo de crisantemos.

Gema Albornoz

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