El estado natural de las cosas

Bayús fue la más pequeña de ocho hermanos y conserva escasos recuerdos de los años vividos en casa de su padre, allá en la frontera norte de la pequeña república africana, y aún estos seguramente más infundidos que reales. De hecho, apenas tiene evocaciones de los primeros días de la revolución ni de su propio padre, que desapareció y seguramente murió, aunque nunca nadie encontrara el cuerpo.

eritrea-pixabay. CC0 Creative Commons

«Tiendas de campaña en Eritrea», tomada de Pixabay (CC0 Dominio Público).

Tampoco recuerda cómo cruzaron el río hacia la república vecina, su madre sola con los hijos, en medio de masas que huían, tal que ellos, de la barbarie de los operativos militares; ni cómo, en el término de unas pocas semanas, confinaron a los supervivientes en una llanura pelada, árida y sofocante custodiada por el ejército del país de acogida, que patrullaba los alrededores con la sana intención de evitarle todo contagio a la población colindante.

Así pues, se establecieron en un campamento de refugiados donde se alineaban tiendas y más tiendas de lona llenas de una humanidad doliente y desgarrada. Bayús vivía en estado semisalvaje, una más entre la horda de inevitables criaturas que lo abarrotaban, aunque andando el tiempo tuvo la oportunidad de adquirir algunos conocimientos elementales en el programa de educación que puso en marcha la cooperación internacional y cuyo objetivo era, nada menos, que el de escolarizar a la numerosa población infantil y alfabetizar a los adultos.

Las clases se impartían en escuelas esqueléticas y desnutridas, dotadas apenas con una pizarra apoyada en el tronco de un árbol y un círculo de piedras que se movía al ritmo de la sombra del propio árbol; había tal penuria de materiales que la tiza era más preciada que el café y las libretas debían borrarse una y otra vez para reutilizar sus páginas; y no era menor la precariedad del elemento humano, porque los maestros, o mejor dicho maestras, ya que mujeres eran la abrumadora mayoría, apenas habían estudiado algún curso de enseñanza elemental y sabían leer atragantándose, y escribir con torpeza, imagínense lo que sería para ellas el tener que transmitirlo.

En aquel entorno creció Bayús, para quien el campamento se convirtió en su idea de lo que la vida es, y quizá nunca haya podido borrar de su mente el pensamiento de que el hogar es una tienda de lona, una clínica un galerón de madera y lámina, que el hacinamiento es consustancial al ser humano, la guerra es el estado natural de las cosas y la muerte un accidente corriente en el cada día.

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Al principio del principio

niña refugiada en Mesa Grande

«Niña refugiada», fotografía por Julio Alejandre.

Al principio del principio, antes de que toda esta historia empezase, antes de la guerra, antes de las balas, antes de todo, cuando yo era una chigüina churretosa que levantaba apenas lo que un carnero, vivíamos en un ranchito de bahareque y zacate por el lado de San Felipe. De aquel ranchito recuerdo la tierra del piso del único cuarto que tenía, y yo tumbada en ella dibujando con el dedo el camino que recorre una hormiga, una hormiga roja que avanza para la derecha, gira hacia la izquierda, otra vez a la derecha, se detiene y tantea una basurita botada con sus antenas nerviosas, tiqui, tiqui, da la vuelta, la inspecciona por el otro lado, tiqui, tiqui, y sigue su camino. Parece que va perdida la hormiga, pero bien sabe dónde está y cómo volver al hormiguero. Mi hermano me dijo que echan un hilito invisible por el trasero, más delgado que la tela de las arañas, y que por eso saben como regresar. Yo me hago la mala y corto su camino con el dedo en dos, en tres sitios, y después trazo un redondel alrededor de ella, pero ella cruza deprisa por el valle que he labrado y sigue su camino, buscando, buscando lo que sea para volver a avisar a las demás. Entonces le doy un respingo con el dedo y me salgo del rancho. Hace una luz tan fuerte ahí afuera que no me deja ver nada, ni los árboles, ni los campos, ni el camino, sólo un brillo blanco que todo lo oculta.
—No, china, que árboles sí había, aunque pocos —dice una voz que no reconozco—, y un guatal amarillo que rodeaba la casa, y la tierra era cenizosa y estéril, que por eso tus tatas la dejaron.
—¿Quién eres? —pregunto.
—La Máxima soy.
—No me recuerdo de usted, niña Máxima.
—Ah, pero yo sí de vos, china.
—Puede ser niña Máxima, pero yo no.
—Y, ¿cómo te vas a acordar si fue hace tanto tiempo? Pero allá naciste vos y tus hermanos mayores, y puede que alguno de los más pequeños.
—Sí, eso decía mi nana, niña Máxima.
También recuerdo que había en el suelo unos agujeros con una telita blanca donde anidaban las arañas meacaballos, esas que pican a los caballos y a las vacas, hacen que se les pudra el casco y los pobres animales andan patojos hasta que les crece de nuevo. Y me recuerdo del miedo, del miedo que me daban aquellas arañas, que por la noche salían de sus nidos y recorrían el ranchito con sus patas peludas, se subían por la mesa, por las sillas y hasta por camas y nos podían picar, así que de día agarraba valor y me apostaba junto a los agujeros hasta que la araña asomaba por la boca y la ensartaba con un trocito de alambre de cerco, y se la daba de comer a los pollos. Pero pronto nos fuimos de aquel ranchito porque mi tata compró un terreno algo grandecito, como de dos manzanas, en un lugar que le dicen Los Talpetates. El terreno tenía una casa de adobes con techo de tejas, dos corredores, una cocina enorme y un piso que mi tata recubrió con tierra mezclada con cal, que se prepara un como engrudo y se extiende por el piso, y cuando se seca queda bien compactado y liso, y fácil se puede barrer y no hacen nido en él las arañas, a Dios gracias, que en aquella casa pude por fin dormir sin miedo a que me picasen. El terreno estaba rodeado por un cerco de matas de izote y lleno de palos frutales: mangos, zapotes, aguacates, nacaspilos, guayabos, matas de huerta y arbustos de café. Y justo frente al corredor principal crecía un amate enorme, que tenía una rama más baja, casi horizontal, que parecía puesta a propósito para trepar por ella, colgarse y hacer travesuras. Así que un día que estaba jugando con mi amiga Erundina a hacer cabriolas en la rama, como las que hacen las gimnastas, se me enganchó una mano y me destrabé el dedo meñique, y desde entonces se me ha quedado más corto que el otro, y cuando cierro el puño no tiene nudillo.
—Traviesa que eras, vos, siempre lo has sido, desde chigüina, y aún hoy no te has enmendado a pesar de lo mucho que tu nana te regañó.
—Seguro, niña Máxima, si usted lo dice así ha de ser, pero no hace falta que me interrumpa a cada cosa que pienso.
—Ahí discúlpame si te molesto, cipota, pero este silencio rancio que cargo es tan vacío, tan infinito, que por veces me voy de boca.
—Si yo entiendo su silencio, niña Máxima, pero ¿y el mío?, ¿quién lo entiende?, no ve que me confunde usted, mejor ya no diga nada.
—No te enojes, vos, que ya me callo.
—A ver si sí.

¿A dónde vas, alma errante?

¿A dónde vas alma errante,

a dónde te veo partir?

Voy en busca de los sueños,

aunque la vida me cueste.

Voy huyendo del hambre,

de la guerra, de la peste.

De la injusticia del hombre,

del escarnio de mi gente.

Voy cruzando el Río Grande,

voy en un camión caliente,

Sofocado por los cuerpos,

ahogado por la corriente.

Vivo, lucho y muero

en mi esperanza,

tan pronto me ven salir

soy un espectro de añoranzas.

Llora mi viuda, llora mi madre,

lloran mis hijas descalzas.

Ya yo no sé si es peor

desgajarme en esta tierra rancia,

o dejar mi ánima vagabunda

en esta travesía falsa.

El miedo no tiene lugar,

tengo que hacer el intento,

esconderé mi contento

si llego a alcanzar mi destino.

Trabajaré sol a sol,

no me quejaré de nada.

Déjame cruzar el río,

deja agua en mi camino,

déjame lograr mi sueño…

soy un esqueleto en el desierto.

imagen: https://pixabay.com/en/rio-grande-river-water-texas-1584102/

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«Campamento de Mesa Grande, Honduras», fotografía por Julio Alejandre

Salvamos la vida y allá nos parqueron, en el campamento. Pero el campamento no es para nosotros, los viejos, nos pasamos los días mano sobre mano, contando historias de aquí, recordando, mirando para la frontera, con esa tristeza que le anida a uno adentro, que no lo deja dormir, ni descansar. ¿Qué va a hacer uno lejos de la tierra? Un campesino sin tierra no es nada. De pensar en morirme en el exilio se me va la alegría. Así que mejor me regreso, les dije. No se vaya usted, Misael, me dijeron, que al otro lado matan. Pero no les hice caso y mejor me vine.

Atravieso páramos solitarios, hondonadas calientes y cerros helados, lejos de la gente y las patrullas. Uno está viejo, pero marcho despacio y sin miedo. Acá todo está enmontañado, solitario. La selva crece como una levadura y por ratos teje una maraña impenetrable, pero a cada paso que doy siento el olor de la bienvenida. Subo por el cerro Chagüite, buscando Los Quebrachos; es dura la pendiente, pero ahora estoy en mi tierra, alegre dentro de lo que cabe.

Por fin encuentro la casa. Ahora está caída, los adobes desmoronadas, el tejado hundido, y sólo un resto queda en pie. Me paro frente a ella y miro a mi alrededor. Todo está cambiado, pero reconocible. El monte ha crecido mucho, lo mismo junto a la casa que entre las matas de guineo y los palos de aguacate. El cerco de piñal, que recién había plantado antes de la huida, está bravío.

No voy a arreglar la casa porque no se puede recuperar el pasado, y galán se duerme en el suelo, cubierto uno con la cobija de estrellas; pero quiero buscar el lugar donde murió la esposa, para honrarla como es debido. Me la mataron los soldados y la enterré con prisas, mirando por salvar la propia vida, pero no encuentro rastro de la sepultura. Quizá me ha engañado esta memoria traicionera, pienso, y su muerte nomás la soñé. Quién sabe, si me estoy aquí y no me alejo tal vez la vea llegar por la vereda que viene de la poza. No hay prisa, me gusta pasar el rato mirando a lo lejos, a los cerros tan bonitos que le enseñan los dientes al cielo, a la montaña verde y al aire que tiembla con el calor.

De entre esa calima temblorosa aparece la mujer. Está bonita aún, y se mueve ligera. Lleva el cántaro en la cabeza, sobre el yagual, y los brazos apoyados en las caderas. Se acerca ondulando el cuerpo con galanura, como cuando era muchacha. Me ve y se sonríe, se detiene a mi vera pero no apea el cántaro. Conserva el pelo muy negro, aunque la piel parezca cáscara de zapote. Me mira directo a los ojos, como ha hecho siempre, y me platica aunque no mueva los labios, que ya están resecos. Cuesta creer que sean los mismos labios que tantas veces besé. Tampoco los míos, viejos y borrados, son los mismos. Han perdido la costumbre de besar y de hablar palabras de amor. Pero las platicamos ahora, por los años perdidos; las mías tienen sonidos y las suyas son mudas. Detenidos en la vereda se ha venido la noche y otra vez la mañana, y más noches con sus mañanas porque hace falta mucho tiempo para desquitarnos del silencio y el desamor que cargamos encima. Luego la veo partir con el cántaro sobre el yagual, y su figurilla se empequeñece más y más hasta desaparecer detrás de la loma.

Yo me quedo solo en medio de esta tierra y miro la sombra que proyecta en ella mi cuerpo reseco, y veo mis pies desnudos, sucios del polvo de cien senderos y otros tantos caminos. Este caminar por la tierra, pienso, esta existencia dura y sufrida que hemos llevado, adónde nos conduce, tanta desolación para qué ha servido, pero estoy alegre porque estoy aquí, en mi tierra, y aunque esté vacía y desolada un día volverá a llenarse de risas. Enfilo nuevamente la vereda y sigo adelante, andando en busca de otra gente, pero me doy cuenta de que no soy yo quien camina por la vereda, sino ella la que me camina a mí, la que me ha estado caminando desde siempre.

Remesas

Una dura realidad a este lado de la frontera entre México y Estados Unidos.

SALTO AL REVERSO

america-1999384_960_720 (1)«America-Mexico border elections», obtenida en Pixabay (CC BY).

Rosa llegó a California como tantos inmigrantes: llenita de sueños. Estaba segura de que si trabajaba lo suficiente podría conseguir el famoso sueño americano. Primero empezó trabajando en los campos bajo un sol que no se condolía de su delicada piel. A pesar de que usaba camisas de mangas largas y un sombrero, el calor la abatía, sobre todo en los días del mes en que su feminidad se expresaba. Tan pronto tuvo la oportunidad, consiguió un trabajo limpiando casas. Por lo menos, allí había aire acondicionado central y algunas de las señoras a las que les servía la trataban dignamente. Otras en cambio, la trataban como esclava y la insultaban por su procedencia. Rosa se daba cuenta de que a pesar de esos tratos estaba mejor en las casas de familia que en la inmensidad infernal del campo. Se acostumbró a…

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Huyendo

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«Centroamérica. Niños refugiados», por Julio Alejandre

─Toda la noche fue de andar y andar, una cadena larga de gente que se movía y daba vueltas igual que las revueltas del propio camino.
─Todos en la misma cadena.
─Todos. El que tenía algo y el que no tenía nada, el que debía como el que no.
─Cabal, es que las bombas no respetaban a nadie.
─Ni tampoco los que vinieron detrás.
─Fue noche de andar huyendo.
─Huyendo por entre los cerros y las sierras, buscando las hondonadas, la oscuridad de los árboles, huyendo por las veredas y las trochas de los animales y los animales. Perseguidos, acosados, atrapados estábamos entre el yunque y el martillo.
─De miedo fue la noche.
─Miedo de que nos descubrieran y nos mataran a todos, que nos mataran como masacraron a tantos. Balaceados. Quemados.
─Botados al río.
─A más de uno lo hicieron así.
─Crucificados en los cercos.
─Peor que a Nuestro Señor
─Miedo de que nos masacraran a nosotros también.
─Y no había otro ruido que el de los pasos de tanta gente que caminaba en silencio, un silencio tan terrible, tan terrible que todavía lo tengo tallado en la memoria, amasado con miedo y polvo y pasos y con más miedo.
─Un silencio de sí o sí.
─Con la tropa por todos lados, peinando los cerros, los campos, la montaña, peinándola apretaditos, igual a los dientes de un quitaliendres.
─Un silencio de morirse.
─De no oírse ni el llanto de una criatura, porque las madres con trapos les cerraban las bocas, con trapos bien apretados aunque se ahogaran, aunque reventaran de un sofocón.
─Qué brutas que fuimos, verdad.
─Verdad, y yo la que más.
─Pero era el miedo, vos, el miedo a morirse.
─Es que era una criatura. ¿Qué debía ella?
─Ya no te atormentes más, mujer. La pobrecita se murió y se murió.

Coltán

Coltán, coltán, coltán

los expertos en psicología

hacen que NO pienses

                     en

      un elefante blanco

y dicen coltán, al menos,

debes repetir 3 veces un nombre

para recordarlo.

        < suena un teléfono móvil >

—¿Dónde estás?

—Estoy enterrando vivo a un niño.

COLTÁN