Reunión de Fóbicos Anónimos

—¿Pues sabes lo que me pasó ayer? Estaba yo tan tranquila en mi casa cuando, sin venir a cuento, viene mi marido y me planta una caja de alcachofas en toda la mesa. Con lo a gusto que estaba yo leyendo mis revistas, el muy, el muy…

—¡Ay, Mari, no me digas! ¿Y qué hiciste?

—Pues figúrate… acabamos en urgencias, no te digo más —Mari es uno de los miembros más antiguos del grupo, y padece lacanofobia aguda, es decir, fobia a los vegetales—. Es que no puede ser, ya lo dice Clara, la terapia de exposición tiene que ser gradual, y va este mendrugo y me trae no sé cuántos kilos de alcachofas de sopetón…

—Mari, gradual sí, pero es que ya son unos cuantos años.

—¿Y a mí qué? Yo a mi ritmo. La semana pasada estuve jugando con un par de tomatitos cherry, y yo tan contenta, es un avance.

En ese momento entra José Ignacio en la sala y todo el mundo se queda mirándole. Pobre hombre, no está más enfermo que el resto, pero a él se le nota más, y por eso algunos se creen diferentes o, lo que es peor, mejores. Él coge su silla, no le dice nada a nadie, y se sienta siempre en un rincón lo bastante lejos como para no molestar. Y la verdad es que se agradece, porque lo suyo es grave. Ablutofobia. Vamos, que le enseñas un cubo de agua y una pastilla de jabón, y sale corriendo.

Carlos está observando a todos. Él ha sido el primero en llegar hoy, y tras la entrada de José Ignacio, se ha distraído de la conversación entre Mari y Juliana, que le tenía tan entretenido.

Ahora le da por escuchar a Vicente, que le está contando algo a Margarita. Vicente solo lleva un par de semanas, por eso aún no ha mejorado mucho.

—Margarita, te juro que al principio no entendía cómo era posible que mi mujer se hubiera empeñado en que yo viniera aquí, total, si a mí no me pasa nada. Pero creo que le estoy viendo el plumero, ¿sabes? Quiere prepararme para algo y ya me lo estoy oliendo… Es nuestro hijo, estoy seguro. El otro día les oí cuchicheando y lo entendí todo a medias pero me parece que… el muy desagradecido… toda la vida sacrificándonos por él y ahora va y nos hace esto. O más bien me lo hace a mí, porque a su madre le da igual todo, está ciega con el crío.

—Mira que te vas por las ramas, Vicente, pero ¿me quieres decir de qué me estás hablando?

—¡Pues que el chaval es mariquita! ¡Nos ha salido sarasa!

—¡Vicente, por favor! Ese lenguaje, ya sabes lo que dice la terapeuta. No puedes hablar así o no te curarás nunca.

—Si tienes razón… Pero, ¡maldita sea, que yo no estoy enfermo! —Vicente está muy dolido, se le ve. Él todavía no lo ha reconocido, pero padece homofobia. Es el caso más común en el grupo de terapia. A Carlos le pasaba lo mismo que a  él.

Margarita le toca el brazo en señal de apoyo. Eso, viniendo de ella, es un gesto loable, porque está obsesionada con los gérmenes. Al principio venía a las terapias con guantes de goma y un forro para su silla.

Acaba de entrar una nueva. Tiene cara de perdida, seguro que es su primer día. Carlos se levanta y le extiende la mano, siempre es agradable que alguien te reciba amigablemente tu primer día. Él se sentía muy avergonzado la primera vez que pisó aquella sala.

—Hola, soy Carlos.

—Yo soy Ana—Le estrecha la mano y acepta sentarse a su lado.

—Bienvenida, Ana. ¿Puedo preguntarte qué te trae por aquí?

—En realidad me obliga mi empresa. Un comentario desafortunado…

—¿Insultaste a alguien?

—No exactamente. Llevo meses currando más que nadie, ¿sabes? Uno de mis superiores se va de la empresa, y estaba convencida de que me iban a dar su puesto. ¿Y sabes quién ha conseguido la promoción?

—¿Quién? —pregunta Carlos, extrañado por la locuacidad de su nueva compañera. Normalmente todos están muy cortados la primera vez que hablan de su trastorno. A lo mejor son los nervios lo que le suelta la lengua.

—¡Una bollera!

Carlos se ríe. Otra más.

—Bueno, Ana, no te preocupes. Ya te llegará tu ocasión. Si han ascendido a tu compañera, será por algo. No creo que su orientación sexual haya tenido nada que ver en el asunto.

—¿Y tú qué? —Ana está a la defensiva, se ha mosqueado un poco y quiere ver si puede meterse con Carlos.

—¿Yo? Yo era tan homófobo como tú. A lo mejor hasta más. Vine por una pelea en un supermercado. Un gay me parte los dientes y encima soy yo el que tiene un problema. Eso es lo que pensaba. Pero claro que tenía un problema, yo empecé la pelea, y me metí con él porque la rabia que me daba verlo me hacía perder el control. Y la rabia venía del miedo, porque es normal tener miedo a lo que no eres capaz de entender.

—Yo no tengo miedo de los gays —Ana está bastante ofendida.

—Llámalo como quieras. No pasa nada, se puede tratar. Clara es una terapeuta excelente.

Entonces entra Clara, y todos los demás van tomando asiento. Los rumores de las conversaciones se van apagando. Ana lo agradece, porque la charla con Carlos le estaba poniendo de los nervios. Carlos cruza una mirada con Clara, que le sonríe. Ella está a punto de anunciar que hoy es el último día de Carlos, y que luego tomarán algo en la cafetería del centro para celebrarlo. Él sonríe con orgullo, le brillan los ojos al mirar a sus compañeros, deseando decirles que, por fin, está curado, y que ellos también pueden conseguirlo; deseando contarles por qué se siente orgulloso de lo que ha logrado, por qué hoy quiere celebrar con ellos el orgullo de ser una persona sana.

Andrea Nunes

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Nota al pie

Llueve en la habitación.

Si esto

fuera un verso

podría ser un buen verso

para empezar un poema.

Un poema de amor, desamor

de paso del tiempo o

uno de esos que

no entiendo

pero amo.

Podría ser hermoso

y alegre

y quizás alguien

en algún lugar

lo leyera

y lo hiciera suyo.

Pero no.

“Llueve en la habitación”*

no es un verso.

*La gotera ocupaba toda la sala// Sala 1 del hospital// Habían colocado unos plásticos a modo de guía para que las gotas —caprichosas— no tuvieran otro recorrido hacia suelo// que al cubo// Esperábamos nuestro turno// El mío 16 A// Y esperábamos viendo cómo se llenaba igual que una clepsidra grotesca// Llueve en la habitación// Ahora los hospitales los llaman Fundaciones y el dinero público lo gastan —gota a gota— de forma privada// Se está desbordando// Llueve en la habitación// Por desgracia, algunos pacientes no somos rentables.

El corazón de María

María está tumbada en el suelo, sobre la alfombra, como cuando era niña. Miraba al techo y dejaba su mente divagar sin rumbo, le resultaba liberador.

Se pregunta dónde estará Borja, su marido. Hace rato que ha salido. Él siempre se va a dar una vuelta cuando discuten, y ella siempre se queda en casa esperándole, preguntándose si tardará mucho en volver. A veces él le trae un detalle para hacer las paces, a veces ella le recibe con un café y algo de comer. Borja es el amor de su vida, y no es que discutan mucho, es que cuando discuten, lo hacen a lo grande. Al fin y al cabo, después de cuarenta años de matrimonio, le parece bastante razonable. Es cierto que Borja tiene mucho carácter, pero María le adora, y cree que sabe manejarle.

El viento sopla con fuerza y, por un momento, sus aullidos sacan a María de su ensimismamiento. Se acuerda de los rosales del jardín. ¿Estarán bien? Intenta incorporarse, pero no tiene fuerzas. Qué cansada estoy, piensa. ¿Será normal? ¿Será por la edad? Al imaginar que envejece, se acuerda de su único hijo, que se fue a Suiza a los veintisiete años y ya no volvió. Nunca se llevó bien con su padre. María no suele ser muy objetiva, olvida con frecuencia por qué su hijo se distanció tanto, y se limita a echarle de menos en silencio. Se acuerda de cuando él era pequeño y salían los tres en la barca, y Borja le enseñaba a pescar. Lo pasaban bien. Se comían un bocadillo en el mar y eran felices. Qué guapos estaban los dos, sus siluetas recortadas contra el azul del cielo, y el viento revolviéndoles los cabellos. ¿Pensará su hijo en ellos de vez en cuando? ¿Será feliz?

Llaman a la puerta. ¿A estas horas? ¿Quién será? A lo mejor Borja se ha olvidado las llaves… No, él nunca olvida nada, siempre lo tiene todo controlado. De pronto le asaltan las dudas. Siente miedo. El vendaval es cada vez más feroz y sigue sonando el timbre. Qué agobio. Pero, ¿por qué no puedo moverme? ¿Se le habrá ido de las manos esta vez?

Aunque por algún motivo, hoy su mente no le pertenece. Su cuerpo tampoco. Está muy distraída. Ahora vuela a los recuerdos de su infancia. Se acuerda de sus padres, que ya no están. De sus compañeras del colegio. ¿Qué habrá sido de ellas? Se acuerda del perro que tenían y de los paseos de los domingos después de la iglesia.

¿Eso que suena es el viento furioso? ¿O hay alguien aporreando las ventanas? Al menos el timbre ha dejado de sonar. La verdad es que un poco sí que me duele.

A veces, el dolor es tanto, que olvidas que está ahí, dejas de sentirlo. Al cabo de los años se ha naturalizado, el corazón lo ignora, la mente también.

Siguen golpeando las ventanas. Puede que sea la vecina, que ha oído los gritos. María no quería gritar. Hace años que se entrena, normalmente lo logra. Sin embargo, hoy no ha podido evitarlo.

Pero su mente sigue escapándose a la razón. Ahora está en la universidad. Fue muy buena estudiante. Se acuerda de su primer novio, el único que tuvo antes de conocer a Borja. Era encantador, pero no salió bien.

Qué frío hace, ¿no? No parece verano. Si pudiera alcanzar la manta… Pero, ¿qué es esto que siento en la espalda? ¿Está mojada la alfombra? Bueno, de todas formas le está entrando mucho sueño, a lo mejor mañana lo ve todo distinto. El viento se oye cada vez más lejano, aunque ahora le parece oír algo más, confuso, distante. ¿Son sirenas de policía? Qué más da, ya se le cierran los ojos…

El nombre de María quedó registrado como la víctima mortal número 29 de violencia machista de aquel año. Otra muerte. Otro número. Otra estadística. Salió en las noticias. Salió en los periódicos. Sus vecinos hablaron de ello durante un tiempo. Pero su recuerdo… Su recuerdo, finalmente, se lo llevó el viento.

 

Andrea Nunes

Hace cuarenta y cinco años

Cuando era niño, como todos los niños, imitaba a los mayores (eran mayores los que tenían de catorce para arriba) y con ellos me bañaba en el río, en un lugar secreto. Nos bañábamos desnudos y así andábamos entre los chopos; nos rebozábamos de arena y nos la quitábamos en el agua. Había una prueba legendaria e inequívoca para comprobar que habíamos estado en el río: pasar la uña por la piel: si quedaba grabada una raya blanca y tardaba en desaparecer, habías estado, y tu madre te podía dar una zurra; pero las madres no habían oído hablar de esta prueba. En el Tajo aprendí a nadar.

Pasados dos veranos, por nuestro lugar secreto aparecieron familias y con ellas llegó el bañador; pusieron un gango* donde se podía merendar siempre que se tomara una consumición, generalmente vino con gaseosa; cerveza los más pudientes. La gente empezó a ir de veraneo sin salir de la ciudad. Pero esto no es todo: el río alimentaba multitud de acequias que regaban frondosas huertas: la ciudad estaba bien abastecida de frutas y hortalizas “de la tierra”. El Tajo era un río lleno de vida que se podía permitir el lujo de alimentar, vestir y adornar a la ciudad de Toledo.

En el Poema de Mio Cid, el autor habla de las pepitas de oro que arrastraban las arenas del río; bajo el puente viejo de San Martín, en el Peñón, los muchachos fantaseábamos con las apariciones de La Cava, desnuda, rodeada de esclavos ciegos, y la leyenda atribuye a la pasión que sintió por ella el rey godo Don Rodrigo nada menos que la pérdida de España. Con las aguas del Tajo, las ninfas “peinaban sus cabellos de oro fino”, nos dice Garcilaso en su Égloga III. Hace cuarenta y cinco años, las autoridades prohibieron el baño en sus aguas a su paso por Toledo.

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¿Fue por precaución? ¿Demasiados accidentes? No, qué va. Las aguas verdes tornaron en gris; como grandes icebergs, montañas de espuma flotaban formando una fantasmagoría de formas caprichosas: el río pasaba contaminado. Y así sigue.

El crecimiento económico rápido, la instalación de industrias contaminantes, la falta de control de las aguas, el abandono y la desidia mataron al río; como ocurre con otros ríos, como ocurre con mares, océanos y cascos polares; ciudades, campos y lagos.

Y muchos gobernantes y gobiernos, encabezados por el Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, dan la espalda al problema y se proponen incrementarlo con la excusa del crecimiento de la economía.

Os cuento mi visión de un problema local, universal por el valor de un sitio patrimonio de todos y paradigma de lo que nos está pasando, de lo que estamos haciendo. Creo que urge tomar conciencia para ayudar a salvar lo que queda y dar la vuelta a lo que aún no sea irreversible.

 

*Gango: merendero de tablas y techado de cañas o lona.

Imagen destacada: Obtenida de “Toledo y el Tajo”:
http://toledoolvidado.blogspot.com.es/2011/07/toledo-y-el-tajo.html

Imagen insertada en el texto por Amaianos (Wikimedia). Obtenida de: “La leyenda de La Cava y la ‘pérdida de España'”:
http://www.abc.es/cultura/20150201/abci-leyenda-cava-perdida-espana-201502171213.html

Misa en sangre

Reblogueo este poema como homenaje a los caídos de Pulse Nightclub que hoy cumplen un año. 

Parte III – Tuyo es el Reino

Parte II – En el nombre de

Para las víctimas en Pulse Nightclub, Orlando Florida. Junio 12, 2016.


“La sangre no lava la sangre; lágrimas lavan la sangre”
–Victor Hugo

Hoy no se baila
La pista esta roja
La música ha callado
Un ladrón cernícalo
Revolcando en su lodo y detrito
Trajo el mensaje de Ba’al
Al súmmum de la algazara

Esta sangre no sera negada
Stanley Almodovar III, 23
Amanda Alvear, 25
Oscar A. Aracena-Montero, 26
Rodolfo Ayala-Ayala, 33
Antonio Davon Brown, 29
Darryl Roman Burt II, 29
Angel L. Candelario-Padro, 28
Juan Chevez-Martinez, 25
Luis Daniel Conde, 39
Cory James Connell, 21

¿Y dios, dónde estaba?
¡¿dios, dónde estabas?!
No hay respuesta de la ficción humana

Solo los vivos lloran
Y lloren…
Que solo lágrimas pueden lavar la mancha humana

Esta sangre no sera negada
Tevin Eugene Crosby, 25
Deonka Deidra Drayton, 32
Simon Adrian Carrillo Fernandez, 31
Leroy Valentin Fernandez, 25
Mercedez Marisol Flores, 26
Peter O. Gonzalez-Cruz, 22
Juan Ramon Guerrero, 22
Paul Terrell Henry, 41
Frank Hernandez, 27
Miguel Angel Honorato, 30

Las liras dieron paso a los lirios
Hoy no se baila
La pista esta sola
Los mejores ángeles volaron
¿En el nombre de que, de quién?
¡¿A qué fin?!
No esperes respuestas
Que el cielo es una sentina silente

Por agujeros violentos se fue la risa
Por un río espeso
Se fue el alborozo
La pista es un pozo

Esta sangre no sera negada
Javier Jorge-Reyes, 40
Jason Benjamin Josaphat, 19
Eddie Jamoldroy Justice, 30
Anthony Luis Laureanodisla, 25
Christopher Andrew Leinonen, 32
Alejandro Barrios Martinez, 21
Brenda Lee Marquez McCool, 49
Gilberto Ramon Silva Menendez, 25
Kimberly Morris, 37
Akyra Monet Murray, 18

Ayer eran promesas
Hoy son cascarones
Ayer revolcaban en élan vital
Hoy desvanecido fragor
Ayer sueños y esquemas
Hoy cenizas

Anoche murió la música
Y ninguna entelequia respondió a los gritos
¿Y dios, dónde estaba?
¡¿dios, dónde estabas?!

Esta sangre no sera negada
Luis Omar Ocasio-Capo, 20
Eric Ivan Ortiz-Rivera, 36
Joel Rayon Paniagua, 32
Jean Carlos Mendez Perez, 35
Enrique L. Rios, Jr., 25
Jean C. Nives Rodriguez, 27
Christopher Joseph Sanfeliz, 24
Xavier Emmanuel Serrano Rosado, 35
Edward Sotomayor Jr., 34
Yilmary Rodriguez Sulivan, 24

Hoy no se baila
La pista es un chorro
De un inmundo miasma de sangre

Murió el baile
Pero el acólito también murió
Chillando en las heces de sus amos bestiales

Esta sangre no sera negada
Shane Evan Tomlinson, 33
Martin Benitez Torres, 33
Jonathan Antonio Camuy Vega, 24
Franky Jimmy Dejesus Velazquez, 50
Juan P. Rivera Velazquez, 37
Luis S. Vielma, 22
Luis Daniel Wilson-Leon, 37
Jerald Arthur Wright, 31

Nunca Jamás…
Nunca Jamás…
Nunca Jamás…
Nunca Jamás a bailar
Nunca Jamás a musitar
Nunca Jamás a beber las luces de cristal
Nunca Jamás a saltar en una turba de regodeo
Nunca Jamás a vivir
Nunca Jamás a llorar

Esta sangre no sera negada

Y después de todo
Después de la arrogancia
Después de la ciega, cruel, corrosiva fe
Después de las luces
Después de ritmos y risas
Después del pan y el vino
Después del diluvio rojo
Después de todo lo que es humano
Después de los sepelios
Permanece el Amor

Sequía

De nuevo el verano de San Antonio. Caliente, seco. Gris, nublado. Ni una gota de lluvia. La yerba seca grita por agua, pero las nubes se niegan a regalar un poco de lo que guardan en sus úteros. Están ahí, haciéndose de rogar y cuando se les escapa un poco, ni siquiera toca la tierra, se evapora en los cielos. Los pájaros buscan agua, pero los bebederos están carentes de líquido. No hay nada que beber. Los árboles, los pocos que todavía quedan en pie, se desmayan intentando dar su sombra. Un polvo rojizo baila con el viento y las rosas —las rosas siempre son generosas aunque tengan espinas—, visten de colores la tierra árida de este desierto urbanizado.

Casas y casas, eso hemos sembrado. No importa que el señor residente de la Casa Blanca diga que el calentamiento global es cosa de los chinos. ¿Qué sabe de nada ese señor? Los pájaros lo saben, lo gritan, lo denuncian. Mi piel que arde con los rayos asesinos del sol lo testifica. Mi nariz, que ya no respira aire sino una polvareda cancerosa que entra a mis aborrecidos pulmones, lo declara.

Es verano en San Antonio y la sequía arropa el alma.

Imagen: https://pixabay.com/en/desert-mud-dry-dried-without-life-1820228/
CCO Public Domain

A punto de rebosar

Drinking glass. Foto: Pexels. CC0 Public Domain.

Hasta el borde
y a punto de rebosar.
Llega el fin
y acaba de empezar.
Tabula rasa.
Mi experiencia no nació
en parto natural.
Seguí el rastro de cada ruido
y guardé sus vibraciones
y silencios.
Me escondí tras cada proyección
y capté por mi ojo
aquello que recibía  
y expulsaba.
Anoté con timbre oficial
cada localización,
paraje durante la fulminación,
de mi idea pretenciosa
de un mundo con aspiraciones
de quietud y sosiego,
tan difícil de alcanzar.
Un día al levantarte:
hasta el borde,
a punto de rebosar.
La credibilidad
en un linaje
sin lazos,
sin escrúpulos,
ni raíces:
la humanidad.

Gema Albornoz

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