Fragas do Eume

El latido del bosque

Siempre fue el bosque refugio de ninfas y pastores, morada del amor y albergue de la fantasía. En los claros del bosque danzan los dioses antiguos y en lo más hondo se refugian los proscritos; los maquis se lamen las heridas de la derrota al tiempo que los enamorados primerizos retozan al abrigo de las sombras.

El bosque es la casa inacabable de ardillas, linces y corzos; mariposas, libélulas y mantis religiosas. En las noches de celo se oye la berrea de los machos; el cielo del bosque es un clamor de pájaros.

Y si agudizas el oído, podrás escuchar un bisbiseo que viene de las hadas, los duendes, y los enanitos de Blancanieves.

Si te coge la caída de la tarde sobre el Eume, verás una serpiente de cobre salir de un bosque encantado; sin embargo estos días parecía un chorro de lava emergiendo de las entrañas del volcán. ¿Dónde habrán ido a parar las ninfas y pastores del Eume? ¿Dónde los corzos, ardillas, mirlos, águilas culebreras, mariposas, hadas, enanitos y duendes? ¿Sobre qué manto de hierba se dejarán caer los enamorados? ¿Por qué tanto desmán o descuido?

Dicen las autoridades que el fuego está controlado y que han hecho lo que había que hacer. Pero muchos paisanos vuelven a gritar Nunca Máis y reclaman que el bosque esté mejor cuidado.


Esta entrada la escribí hace algunos años, cuando el incendio de las Fragas del Eume; hoy vale lo mismo.

En estos días arde todo el noroeste de la Península Ibérica: el norte de Portugal y las Comunidades Españolas de Galicia, Asturias y parte de Castilla y León; hay más de cuarenta muertos. Y hay que repetir: 

«Dirán las autoridades que el fuego está controlado y que han hecho lo que había que hacer. Pero muchos paisanos vuelven a gritar Nunca Máis y reclaman que el bosque esté mejor cuidado».

 

Imagen: Fragas do Eume, por publikaccion, bajo licencia de Creative Commons (CC BY).

¿Y a quién le importas?

GOYA Duelo a garrotazos

«Duelo a Garrotazos», por Francisco de Goya.

La incidencia es suceso, cuando vamos de paso
circunstancia que surge como a primera vista,
cuando vas en tu coche manejando a placer
y de repente, frenas, con luz intermitente
porque el conjunto avisa que te debes parar.
Sin saber lo que pasa, varios metros después
surge lo inoportuno que obstaculiza el ritmo
hoy, es un once de julio, más o menos, la una
cuando el sol se desploma con su inmenso poder
voy metida en el coche, con el aire encendido
me paro, y ya no sabes, hasta cuando y por qué.
Pasan las ambulancias, los guardias, los bomberos
y te quedas mirando, como si presintieras
que hay muertos a tus pies…
Y estamos esperando
salir de aquel escollo, laberinto sin calles
tropiezos sin traspiés. Ya dos horas pasaron
y hasta dieron las tres, más de veinte kilómetros
en fila y sin retorno, fue en plena carretera
comiéndonos el sol cual si su boca fuera
un duelo a garrotazos en siniestro abandono
o un desierto nacido, de repente, en camino:
ancianos, niños, seres, sin sombrilla y sin agua
y pasaron cuatro horas a punto de mareo
imaginando muertos, ¿accidente de tráfico?
la gente en las cunetas, la autovía cerrada
el sol quemando esperas, y sin poder movernos
sin auxilio: ¡Socorro!  los niños piden agua
¿Dónde están: la Cruz Roja, la Protección Civil,
ni un simple Policía, Fomento, o los Señores
que cuidan la Autovía? Todos están ausentes
nadie, nadie en la ayuda, y el tiempo sin salida
en raya recta, trullo, sudor a fuego lento
cinco horas y años, y años, pagando los impuestos
para saber que a nadie… realmente le importas.

©Julie Sopetrán