¡Agoniza!

Con el rostro desnudo de alegría

y la paz arrancada a borbotones;

con el cuero del alma hecho jirones,

la conciencia acomete un nuevo día.

 

Acogido al derecho de ordalía,

no se exime el afán de sus funciones

blandiendo, al sucumbir, preciados dones

aunque el mal lo alancee a sangre fría.

 

¿Dónde está la virtud de aquella España

encendida en el oro de su tierra

balcón de girasoles y amapolas?

 

Hincando en ti su filo la guadaña

segó la libertad, tronó la guerra

regando con tu muerte sus corolas.

 

©Rosa María Lorenzo

Un día normal

Es un día normal…

Camino a la escuela

veo al chico que me gusta

y me da una tarjeta.

Sonrío.

Uno como cualquier otro,

repaso la lección que impartiré

hoy,

y escribo en el pizarrón

«Página noventa y tres».

Un día soleado,

jugaré al futbol con mis amigos

al salir a las tres:

mi vida es maravillosa.

Me río de mi novio,

14 de febrero:

día del amor…

quiere hacerlo conmigo

por primera vez…

Pratatatatá, pratatatatá…

¡Se oyen mil disparos!

Y me echo al suelo,

texteo a mi madre,

«Hay un tiroteo»

¡Voy a morir hoy!

¡Todo se termina!

Pratatatatá, pratatatatá…

Mi vida comienza,

no quiero morir.

¿Dónde estás, mamita?

Tengo mucho miedo.

Pratatatatá, pratatatatá…

¿Dónde está mi niño?

Le ruego que diga,

es la luz de mi vida

y solo tiene catorce años.

Pratatatatá, pratatatatá…

¡Tengo derecho a tener armas!

¡Tengo derecho a defenderme,

lo dice la Constitución!

Mi derecho es más importante

que la vida,

me apoya el Presidente.

Pratatatatá, pratatatatá…

El político mira hacia el lado,

Blah, blah, blah, blah, blah…

Sus manos están llenas

de sangre y corrupción.

Pratatatatá, pratatá…

Son solo diecisiete,

diecisiete… esta vez.

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Imagen de dominio público (CCo): https://pixabay.com/en/apple-education-school-knowledge-256262/

Tráfico humano

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Una mujer se aborrece a sí misma. Tomó la decisión más horrible que una madre puede tomar. La vida de un hijo sobre la otra. Miró a los dos y sacrificó a la hija. A su niña hermosa de dos años. Perdió de cualquier modo, porque le quitaron al varón y nunca lo volvió a ver. Ni siquiera sabía si vivían. Llorando sobre una cama su desventura, se preguntaba por qué el varón y no la niña. No había justificación a su acto.

####

 —Amina, ven —escuchó la voz de su madre como en un sueño.

—Voy, mami —contestó.

Caminó dando pasos pequeños, con los brazos abiertos para hacer balance. Entró a una habitación donde una mujer estaba acostada en la cama, a medio vestir. Un hombre la acariciaba y la pequeña Amina intentó regresarse, pero el hombre se levantó rápidamente de la cama y la cargó.

—Es hermosa tu hija —dijo él.

—¿Por cuánto la quieres?

—Podemos llegar a un precio razonable.

Ella —su madre— le habló al hombre en el oído, él aceptó y ambos rieron.

—Eso será suficiente —concluyó ella.

Amina vio a su madre recoger su ropa —que no era mucha—, entregarla al extraño quien la puso en su camioneta. Luego tomó a la niña en los brazos y la subió en el asiento de atrás, cerrando la puerta. El hombre encendió el vehículo y la pequeña vio a la mujer parada en la orilla de la carretera, haciéndose cada vez más diminuta.

Llevaron a la niña a un lugar donde había muchas otras, todas de menos de cinco años. Las desnudaron y un hombre comenzó a fotografiarlas. Las ponían juntas y separadas, en diferentes poses, algunas no apropiadas para la edad. Amina era especialmente hermosa. De cabellera negra rizada, piel tostada y ojos inmensos color verde oliva, era la más llamativa del grupo. Seguramente habría un postor muy pronto, comentaban los lascivos que estaban allí.

Llegaron unos papeles solicitando una adopción. Una mujer de ojos muy dulces entró en la habitación en la que estaba Amina sola. Ella se acercó suavemente y le habló en otro idioma. La niña no conocía su lenguaje, pero sí el de las caricias buenas. Se hizo el trámite y ella fue separada de las otras muchachitas para partir con un padre y una madre nueva a un destino desconocido.

Amina viajó por primera vez en avión. La llevaron a otro lugar en el que le enseñaron una habitación —su propio cuarto—, adornado de personajes de cuentos, una cama de princesa y un armario lleno de ropas bonitas. La niña sonrió olvidándose —aparentemente— de su pasado con la mujer que era su madre. Esta otra era amorosa, tierna, la atendía, la alimentaba, compraba cosas lindas y la llevaba a la escuela. El nuevo padre viajaba mucho, pero cuando llegaba no dormía con su esposa. Entraba al cuarto de la pequeña y debajo de las sábanas la manoseaba. Y ella no se atrevía a decirlo a nadie.

A los doce años salió embarazada. La madre le preguntó de mil maneras quién era el padre de la criatura. Nunca dijo. No quería lastimar a esa mujer que le había dado tanto, mucho más que la que la vendió. Amina se había dado cuenta de que quién la había criado no tenía idea de los «viajecitos nocturnos» que daba su esposo a la recámara para violarla. Lo que el hombre no calculó bien fueron los días de su fertilidad.

Amina parió un niño hermosísimo como ella. La casa era lo suficientemente grande como para que la criatura se quedara. Así lo decidieron todos. La madre dejó de preguntar por el padre y alegre de ser abuela se dedicó a su cuidado mientras su hija regresaba a la escuela. Pero las violaciones no pararon ahí. El hombre se sentía dueño de las dos. De su mujer y de la hija. Poco le importaba el niño, nunca estaba en casa. Cada vez que volvía la jovencita seguía siendo objeto de la lujuria del infeliz. Hasta que volvió a embarazarse.

Esta vez las cosas no fueron iguales. La madre de Amina sabía que ella no tenía novio ni ningún amigo especial. Se había fijado muy bien. La llevaba a la universidad y allí mismo la recogía. Esta niña adoptada ya no era la pequeña dulce y amorosa que la seguía a todas partes. De hecho, desde que nació el niño ya no era la misma.

La mujer comenzó a hacer sus averiguaciones porque las sospechas la estaban consumiendo. Cuando su esposo llegó del último viaje no tomó sus pastillas para dormir y esperó simulando estar dormida. Unos minutos más tarde el hombre se levantó muy despacio para que ella no lo sintiera. Caminó sigiloso por las escaleras hasta el primer nivel de la casa en donde se encontraba la habitación de Amina y su hijo. Entró y puso su mano en la boca de la muchacha para que no hablara. Abrió el botón de su pijama y sin siquiera bajarla se subió sobre ella que en silencio recibía las sucias estocadas de su «padre adoptivo» sin protestar. Sus lágrimas mojaban sus orejas y la almohada. Nada podía hacer.

Se encendió la luz. Su madre, la única que la había amado y aceptado, vio a su marido sobre Amina. Él se levantó, se cerró el botón del pantalón y salió del cuarto sin dar una explicación. La niña que «había recogido» era una traidora, después de tanto amor y cuidados que le había dado, no solo a ella, sino también a su bastardo. Ni quiso preguntar si el niño era de su marido. Tampoco quiso saber si el embarazo era también de él. Salió de la habitación sin decir una palabra, pero antes miró —hasta ahora su hija— con odio.

####

—No puedes quedarte con tus hijos —condenó la mujer.

—Pero, mamá, ¿cómo me haces algo así? —preguntó Amina, que vivía en un cuartito desde que la echaron de la gran casa de su niñez cuando todavía estaba embarazada.

—Desde que decidiste acostarte con mi marido no eres mi hija. ¿No has entendido? ¿Te di mi hogar, te cuidé y así me pagaste?

—Por favor, escúchame. Puedo explicarte…

—¡No quiero saber nada, desagradecida! Vives en este cuchitril. No puedes alimentar a esos niños. Mi esposo se llevará a uno de ellos. ¡Escoge!

—¿Él? ¿Cómo puedo escoger? Los dos son carne de mi carne, sangre de mi sangre…

—Sí, pero también son sus hijos. Deja el dramatismo. ¡Escoge!

Amina miró a sus hijos con dolor. El varón ya entendía todo lo que pasaba y la miraba con ojos temerosos. Su amada niña, nada sabía todavía. No tendría recuerdos. Como si le desgarraran el alma, extendió los brazos y depositó a su hija en las manos de la mujer que una vez amó tanto como a una madre. Luego entró otro hombre, agarró al niño y se lo llevó arrastras. Ella trató de evitarlo, pero le dieron un golpe que la dejó tirada en el suelo. Solo escuchaba los gritos de sus hijos alejándose.

####

Amina sigue sin entender su decisión. Debió protegerlos a ambos. Dejarse matar por ellos, el resultado habría sido el mismo. Se los habrían robado. Pero no sentiría este peso, el de haber decidido entre uno y la otra. «¿A dónde irán mis hijos? Les tomarán fotos y los venderán como me vendieron a mí», sollozó.

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Botella

En el país que yo nací, hay un término: «Botella», que significa lo siguiente: Sueldo recibido a cambio de poco o ningún trabajo. Las botellas son comunes en el gobierno donde personas son asignadas a posiciones bien pagadas solo por sus relaciones con la persona en el poder. ¡He aquí un homenaje a los «generales», «embajadores», «tenientes», «catedráticos», «doctores» etc. ¡Sigan chupando!

Originalmente publicado en: https://poemundo.wordpress.com/2013/03/13/botella/

Que majestuosa y formidable bestia eres, leónTu melena dorada me dice que eres rey
De estas partesTu corona iluminada dice que no hay buey
Ni toro que sea más triunfanteQue hasta los lobos salvajes siguen tu ley
De almirante

Y te sientas en tu trono brillante
En el alto cerro

Que tus días vienen y van
Días de oro
Días de pan

Rebaño de animalitos deslizan y murmullan en la noche
León, de dónde vienen tus tributos
Quién te adorna con triunfos
Rebaño de animalitos que huyen picando aquí y allí
Se acercan, León
Rey de estas partes
Quien ha dicho
Tu único arte el disfraz augusto

Que majestuosa y formidable bestia eres, león
Cuando ruges tu baño áureo revela su corrosión
Cuando riges tu corazón de estaño impulsa sangre de almidón

Tigres farsantes te adornan
De laureles falsos
Por hechos de humo
Rebaño de animalitos que quieren su pedazo
Caminan y susurran en la noche
León, ¡tú no eres na!
León, ¡tú no eres na!

Tu melena es de algodón azucarado
Tus colmillos de yeso tallado
Tu nariz de payaso triste
Tu corona de hojalata
Todo de ti es embaucado

Motín de animales gritan en la noche
León, de dónde vienen tus tributos
Quién te halaga de frutos
León, quién te ha de guardar luto

León, ¡tú no eres na!
León, ¡tú no eres na!