Las jaulas de Trump

 

Un titular del periódico
ha hecho rodar mi pluma
hasta el suelo. La punta se
ha doblado. La única forma que
tenía de enderezarla ha sido con
mis dientes. La tinta me ha llegado
a las manos. No sé bien, si de la pluma
o de la escabrosa noticia con las jaulas de Trump.

Gema Albornoz

[Leer en Emociones encadenadas]

a través de Las jaulas de Trump — Emociones encadenadas

Remesas

Una dura realidad a este lado de la frontera entre México y Estados Unidos.

BLOG SALTO AL REVERSO

america-1999384_960_720 (1)«America-Mexico border elections», obtenida en Pixabay (CC BY).

Rosa llegó a California como tantos inmigrantes: llenita de sueños. Estaba segura de que si trabajaba lo suficiente podría conseguir el famoso sueño americano. Primero empezó trabajando en los campos bajo un sol que no se condolía de su delicada piel. A pesar de que usaba camisas de mangas largas y un sombrero, el calor la abatía, sobre todo en los días del mes en que su feminidad se expresaba. Tan pronto tuvo la oportunidad, consiguió un trabajo limpiando casas. Por lo menos, allí había aire acondicionado central y algunas de las señoras a las que les servía la trataban dignamente. Otras en cambio, la trataban como esclava y la insultaban por su procedencia. Rosa se daba cuenta de que a pesar de esos tratos estaba mejor en las casas de familia que en la inmensidad infernal del campo. Se acostumbró a…

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Grande otra vez

«Si tiene que regresar a México, le vendemos su casa. J. M. Higgings, Real State and Broker», leía un letrero enorme, desgastado por el tiempo, ubicado en el cruce de las avenidas principales de Brownsville, Texas. Al lado de estas palabras, un norteamericano blanco, de cara gorda y colorada, aparecía sonriente. Era el 2019. En el pueblito fantasma cerca de la frontera entre Texas y Matamoros, solo se veían las casas sin vida de los que otrora fueron llamados «los dreamers» o soñadores.

Los soñadores fueron víctimas inocentes del sistema y de la necesidad de sus padres. Llegaron a los Estados Unidos cuando no tenían edad para opinar o decidir cuál sería su destino. No aprendieron español, pues para protegerlos preferían que hablaran el inglés, aunque en casa no los entendieran. Tenían que ser americanos en todo el sentido de la palabra. Se acostumbraron a comer en vez de tacos, hamburguesas, y a tomar Coca-Cola en vez de jugo de horchata. Nada entendían de visas, ni ciudadanías. Su patria era América.

Al terminar la secundaria chocaron con su realidad. Si querían ir a la universidad el estado no los reconocía como residentes y por su «estado migratorio» no podían solicitar ayuda económica para sufragar sus carreras. Lo único que les quedaba era trabajar, lo que tampoco era sencillo dado su falta de documentación. La mayoría de los patronos querían evitar violar las leyes, pero siempre había alguno que no le importaba si podía reventar al indocumentado por unos pocos dólares.

Joseph era un soñador que como muchos pensaron que encontrarían una forma de legalizar su estatus durante el gobierno del Presidente Obama. No contó con que habría otras prioridades para este y que el Congreso sería republicano. Jamás aprobarían la legalización de once millones de indocumentados. En un intento por rescatar al menos al grupo de soñadores, quienes gracias a su propio esfuerzo se abrían camino en la única patria que habían conocido —a fuerza de trabajo y estudio—, el mandatario firmó una orden para que estos pudieran quedarse mientras se lograba una solución definitiva. Entonces obtuvieron permisos de trabajo y les fue posible negociar mejores condiciones de empleo. Con esa pequeña puerta que se abrió, Joseph y muchos otros, compraron propiedades para alcanzar su sueño americano.

Las elecciones del 2016 fueron un golpe terrible para los soñadores. Cuando entró en la Casa Blanca el nuevo Presidente, se inició la cacería de indocumentados. De un plumazo, las órdenes que les permitían permanecer en los Estados Unidos fueron abolidas. Fueron presa fácil para los agentes de inmigración, porque el gobierno sabía dónde estaban. No tuvieron tiempo para nada. En un operativo nunca antes visto —muy parecido a los de las películas de la Alemania nazi—, barrieron las comunidades de todos aquellos que no tenían sus documentos al día.

Joseph no sabía español, no tenía familia ni conocía nadie en México y fue expulsado sumariamente de lo que hasta ese día había sido su hogar. Cursaba el último año de Pedagogía. Sin diploma y sin entender una palabra de español, terminó andando en las calles de Matamoros rogando por limosnas para poder comer y pasando frío. Mientras tanto, su casa en Brownsville había sido saqueada por los seguidores de quién haría a América grande otra vez.

melbag123

Imagen: James DeMer