Nana para dormir el dolor que causa la estupidez

Wifredo Lam - Your Own Life, 1942 at The Kreeger Art Museum Washington DC

«Your Own Life» (1942), obra de Wifredo Lam, Art Museum Washington, D.C.

No llores, corazón
el ser es una deuda de lo errático
ea ea ea o
el destierro es la pena
bo bo bo

Minerva inspira el canto
del mundo, disparate
Demócrito está triste
ea ea e e e

El asno
rebuzna entre las flores
de Apuleyo
no llores, corazón
ea ea ea o

Ser libre cual soy yo
no es comprensible
rústica, tosca, basta
ea ea e

Complacer
es honor
y quien se ofenda…
es culpable o no es
lo que parece

ea ea e
así es
la estupidez
e e e e.

©Julie Sopetrán

Vomitemos las palabras

YO TE CREO

Hace frío, impacable se adentra
en mis tripas.
Se revuelven, dando vueltas
a mi estómago.
Una boca articula palabras,
resuenan mientras
las niego.
“No hubo agresión sexual,
sino una relación consentida y placentera”.

No. No. No. Tres veces no.

El café enluta,
se hace más amargo.
Probablemente, ya han destrozado
la corona de Puta sobre su cabeza.
Probablemente, siga con una vida
fraccionada.
Probablemente, quienes escuchamos
cómo una víctima habla de una agresión
sexual, en un portal, la vivimos
repitiendo lo que ella ya vivió,
siempre que no vomitemos las palabras
perdidas en aquel portal. Y levantemos
el vómito más alto que su propia voz.

En las calles oscuras

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Huele a llanto en las calles de los presentimientos
la ciudad duerme, el mal se esconde entre las sombras
la noche crea los fantasmas del miedo en las orillas
de las sucias aceras. La lluvia es ácida, contamina,
la química se extiende, las golondrinas ya no vuelven
las abejas se mueren, el campo suda pesticidas;
los sabores perecen y no se escucha la música en la cantina
los jóvenes la llevan puesta en los auriculares
y corren sin meta ni objetivo al son de no se sabe qué ritmo
todo es velocidad, urgencia, premura, displicencia.
La luz intermitente de un televisor relumbra en la ventana
abierta a los desasosiegos del programa basura.
Dos ancianos anestesian el tiempo en la mirada
la cena sin hacer, las patatas fritas tiradas por el suelo
y el manantial sin agua y los labios resecos
y la ansiedad con náuseas porque él se fue con otra
y el periódico, repleto de noticias, sobre la mesa del café
porque todo es mentira… menos los muertos o mandados matar
que aún no se sabe dónde se quedaron…
Y nos siguen matando y lo intuimos, somos la gran rebaja
el estorbo de las grandes acciones del gran poder oculto.
El aire está viciado y lo sabemos y es de noche
y las estelas de los aviones no dejan de cruzarse en el cielo
hasta destruir las verdaderas nubes aquellas que se fueron
y no vuelven ya no vuelven como antes a llover en calma…
Y aún recuerdo, cuando la agricultura era el alivio de los pobres.
Algunos políticos pisotean el hambre y la necesidad
de los más débiles… para después pedir el voto
que los mantenga en la opulencia. La sociedad está ebria
de embustes, se tambalea y aunque quiere estar viva, no puede
hacer frente al vino enmohecido por los aditivos de artificio…
No llego a fin de mes, mientras los niños me dicen que quieren ser políticos
en los paraísos fiscales. Llueve. Veo que los barcos no llegan a la costa
los emigrantes mueren en el intento. Es de noche. La justicia se esconde
los jueces se reúnen con las estrellas, tardarán en volver, todo es lento,
estoy buscando velas para escribir mis versos. Y me acosan
los toques del WhatsApp, son los mensajes tontos que intentan distraerme
de lo que ¿está pasando sin pasar?  Sé que algo se descompone en la mirada,
en el oído, en el tacto, huele a llanto, me sabe amargo el aire,
y he de matar las voces de los presentimientos.

©Julie Sopetrán

Desavenencia

 

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«Cristo crucificado» (detalle), por Diego Velázquez (Museo del Prado).

¿Cómo puedo quejarme en este día
cuando hasta el sol se esconde entre las nubes
para que nada brille en campo injusto?
Muertos en los derribos de la guerra,
mujeres, hombres, niños lastimados,
llanto de la impotencia en el exilio.
Mentiras por doquier en sementeras,
la química en la piel del inocente,
la sangre río abajo ya sin límites…
Políticos limándose las uñas,
espadas encubiertas de patrañas,
poder de las palabras sin paisaje.
El poema se ha roto en las esquinas,
las letras están muertas, no se mezclan,
el esquema visual ya está cifrado
y la razón se pierde en las pantallas.
Reconstruimos las ruinas que son cárceles,
la armonía se rompe en lo mudable.
¿Dónde vamos, venimos, sin trabajo,
puede algún «móvil» darme la respuesta?
¿Cómo puedo quejarme si los niños
no saben por qué mueren entre escombros?
¡Qué inocente dolor entre metralla!
¿Cómo puedo quejarme en este día
de un pequeño dolor, de un día gris
si el tiempo aún no ha curado los agravios
al ver a Dios clavado en una cruz?

©Julie Sopetrán

MEDITERRÁNEO

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El mar; cama de muerte.

Desde dos mil catorce,
ya van más de diez mil migrantes muertos.
La tarde llora
más acá de las nubes
y yo, con ella miro hacia los lados
con la boca reseca y sin palabras.
Se apaga mi garganta
La expresión no tiene gestos.

Tan sólo pienso, siento, con la tarde
el ocaso
de los grises oscuros
en el luto del llanto.

Estoy gritando y nadie, nadie sabe
que me estoy muriendo.
Se me duermen las quejas
estoy arando surcos en el agua
para enterrar el crimen, de…
¿Quién sabe es culpable?
La tarde se va lenta
el mar llora entre mis árboles
no existen cruceros de socorro
ni tampoco hospitales
para las luces que se acaban
sobre la herida
siempre abierta de los náufragos
Me estoy ahogando en tierra
contemplando el vientre hinchado
del agua.

©Julie Sopetrán

Migración3

 

UN LIBRO EN LA BASURA

 

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Dos buitres despedazan un libro en la basura
picotean las letras cual si fueran gusanos;
mientras un niño busca latas de coca-cola
y una anciana investiga lo que perdió en la guerra.
La lluvia ya ha borrado las páginas del centro
las rapaces pelean las manchas de la tinta;
el niño encuentra un lápiz que todavía escribe
y la mujer sin fuerzas, se sacude las lágrimas…
Tres buitres han rasgado lo que fue la portada
ya el título se borra, Cervantes está herido;
el niño esboza rayas sobre su piel mugrienta
y la mujer se traga la sal de un mar sin agua.
Cien rapaces rebuscan la carne de las páginas
el niño abraza fuerte su lápiz que aún escribe;
la mujer mira al cielo como único refugio
y entre las mil rapaces hay ya quebrantahuesos.
El libro ya no es libro que es carne de rapaces
el niño con su lápiz, busca, busca maestro;
la mujer está hambrienta su patria es la basura
otro camión se acerca, corriendo va a buscarlo.
Ya son miles los buitres que han destrozado el libro
Don Quijote ya ha muerto Sancho está moribundo;
el niño busca, busca, las páginas en blanco
para dejar que fluyan palabras en su lápiz…
Y los camiones vuelven, las rapaces aplauden
cuántos libros perecen en la inmensa basura;
Y ya mi pulso, tiembla… Soy la mano del niño,
mi grito, es todo el llanto, de la mujer que llora.

©Julie Sopetrán

Foto: Dominio Público – Internet