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«Campamento de Mesa Grande, Honduras», fotografía por Julio Alejandre

Salvamos la vida y allá nos parqueron, en el campamento. Pero el campamento no es para nosotros, los viejos, nos pasamos los días mano sobre mano, contando historias de aquí, recordando, mirando para la frontera, con esa tristeza que le anida a uno adentro, que no lo deja dormir, ni descansar. ¿Qué va a hacer uno lejos de la tierra? Un campesino sin tierra no es nada. De pensar en morirme en el exilio se me va la alegría. Así que mejor me regreso, les dije. No se vaya usted, Misael, me dijeron, que al otro lado matan. Pero no les hice caso y mejor me vine.

Atravieso páramos solitarios, hondonadas calientes y cerros helados, lejos de la gente y las patrullas. Uno está viejo, pero marcho despacio y sin miedo. Acá todo está enmontañado, solitario. La selva crece como una levadura y por ratos teje una maraña impenetrable, pero a cada paso que doy siento el olor de la bienvenida. Subo por el cerro Chagüite, buscando Los Quebrachos; es dura la pendiente, pero ahora estoy en mi tierra, alegre dentro de lo que cabe.

Por fin encuentro la casa. Ahora está caída, los adobes desmoronadas, el tejado hundido, y sólo un resto queda en pie. Me paro frente a ella y miro a mi alrededor. Todo está cambiado, pero reconocible. El monte ha crecido mucho, lo mismo junto a la casa que entre las matas de guineo y los palos de aguacate. El cerco de piñal, que recién había plantado antes de la huida, está bravío.

No voy a arreglar la casa porque no se puede recuperar el pasado, y galán se duerme en el suelo, cubierto uno con la cobija de estrellas; pero quiero buscar el lugar donde murió la esposa, para honrarla como es debido. Me la mataron los soldados y la enterré con prisas, mirando por salvar la propia vida, pero no encuentro rastro de la sepultura. Quizá me ha engañado esta memoria traicionera, pienso, y su muerte nomás la soñé. Quién sabe, si me estoy aquí y no me alejo tal vez la vea llegar por la vereda que viene de la poza. No hay prisa, me gusta pasar el rato mirando a lo lejos, a los cerros tan bonitos que le enseñan los dientes al cielo, a la montaña verde y al aire que tiembla con el calor.

De entre esa calima temblorosa aparece la mujer. Está bonita aún, y se mueve ligera. Lleva el cántaro en la cabeza, sobre el yagual, y los brazos apoyados en las caderas. Se acerca ondulando el cuerpo con galanura, como cuando era muchacha. Me ve y se sonríe, se detiene a mi vera pero no apea el cántaro. Conserva el pelo muy negro, aunque la piel parezca cáscara de zapote. Me mira directo a los ojos, como ha hecho siempre, y me platica aunque no mueva los labios, que ya están resecos. Cuesta creer que sean los mismos labios que tantas veces besé. Tampoco los míos, viejos y borrados, son los mismos. Han perdido la costumbre de besar y de hablar palabras de amor. Pero las platicamos ahora, por los años perdidos; las mías tienen sonidos y las suyas son mudas. Detenidos en la vereda se ha venido la noche y otra vez la mañana, y más noches con sus mañanas porque hace falta mucho tiempo para desquitarnos del silencio y el desamor que cargamos encima. Luego la veo partir con el cántaro sobre el yagual, y su figurilla se empequeñece más y más hasta desaparecer detrás de la loma.

Yo me quedo solo en medio de esta tierra y miro la sombra que proyecta en ella mi cuerpo reseco, y veo mis pies desnudos, sucios del polvo de cien senderos y otros tantos caminos. Este caminar por la tierra, pienso, esta existencia dura y sufrida que hemos llevado, adónde nos conduce, tanta desolación para qué ha servido, pero estoy alegre porque estoy aquí, en mi tierra, y aunque esté vacía y desolada un día volverá a llenarse de risas. Enfilo nuevamente la vereda y sigo adelante, andando en busca de otra gente, pero me doy cuenta de que no soy yo quien camina por la vereda, sino ella la que me camina a mí, la que me ha estado caminando desde siempre.

Remesas

Una dura realidad a este lado de la frontera entre México y Estados Unidos.

BLOG SALTO AL REVERSO

america-1999384_960_720 (1)«America-Mexico border elections», obtenida en Pixabay (CC BY).

Rosa llegó a California como tantos inmigrantes: llenita de sueños. Estaba segura de que si trabajaba lo suficiente podría conseguir el famoso sueño americano. Primero empezó trabajando en los campos bajo un sol que no se condolía de su delicada piel. A pesar de que usaba camisas de mangas largas y un sombrero, el calor la abatía, sobre todo en los días del mes en que su feminidad se expresaba. Tan pronto tuvo la oportunidad, consiguió un trabajo limpiando casas. Por lo menos, allí había aire acondicionado central y algunas de las señoras a las que les servía la trataban dignamente. Otras en cambio, la trataban como esclava y la insultaban por su procedencia. Rosa se daba cuenta de que a pesar de esos tratos estaba mejor en las casas de familia que en la inmensidad infernal del campo. Se acostumbró a…

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En el pesebre

José y María permanecían escondidos en el pesebre. No en el de Belén, sino en la humilde choza en la que vivían en las afueras de una ciudad fronteriza de Arizona. Ella estaba embarazada y cuatro niños mocosos la agarraban de las faldas. Lloraban porque se morían de frío. Gritaban porque tenían hambre. La mujer miró a su marido sin reclamos y le sonrió. Llevaban seis años juntos por amor —en unión libre—, porque no tenían dinero para legalizar un matrimonio con papeles. La verdad era que ningún asunto de sus vidas se encontraba registrado por escrito. Ninguno de los niños tenía patria. Parir en esta tierra les ganaría el pasaporte para quedarse. Apostaban todo a que así sería. Se los había dicho la comadre. Se los había asegurado el coyote. Era cosa de llegar al hospital y que esta última criatura tuviera un certificado de nacimiento de los Estados Unidos. Gracias a ese, le darían un apartamento, estampillas para comprar alimentos, escuela y servicios médicos para los chiquillos.

María sacó una de sus tetas flacas y la puso en boca de sus hijos para alimentarlos, uno a uno. Tomó mucha agua corrupta, deseando que, como una vez se convirtió en vino, ahora se volviera leche. Se echó en el catre y se acurrucó con ellos, intentando darles calor con el único poncho que tenía. José salió confiando en que algo de comer encontraría. Caminó desde la mañana por varias horas apretando la chamarra al cuerpo. El frío petrificaba sus huesos y le hacía muy difícil continuar andando. Sus labios morados sangraban. Apenas cubrían los pocos dientes que le quedaban que castañeaban sin cesar. No encontró a nadie por el camino. Tenía miedo de acercarse a las haciendas por miedo a que llamaran a la migra*. Era un invierno terrible en el que no se hallaba nada comestible a simple vista. Decidió regresar humillado. Se sentía poco hombre. De nada le había servido trabajar como un mulo por diez años para pagar por el cruce de la frontera. Había prometido una mejor vida a la María, pero solo pudo darle una atiborrada de miserias.

Cuando llegó era de noche. Todo estaba oscuro y un olor a muerte impregnaba el ambiente de la casucha desdichada. Encendió una vela. Vio a María dormida, con la boquita de uno de los niños todavía pegada a su seno. Se acercó para acurrucarse junto a su mujer, cuando sintió que todos estaban tiesos.

José se durmió con ellos.

*migra: f. coloq. Méx. Cuerpo de la Policía de inmigración de los Estados Unidos de América.  dle.rae.esp

Imagen: Max Yacovech

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Grande otra vez

«Si tiene que regresar a México, le vendemos su casa. J. M. Higgings, Real State and Broker», leía un letrero enorme, desgastado por el tiempo, ubicado en el cruce de las avenidas principales de Brownsville, Texas. Al lado de estas palabras, un norteamericano blanco, de cara gorda y colorada, aparecía sonriente. Era el 2019. En el pueblito fantasma cerca de la frontera entre Texas y Matamoros, solo se veían las casas sin vida de los que otrora fueron llamados «los dreamers» o soñadores.

Los soñadores fueron víctimas inocentes del sistema y de la necesidad de sus padres. Llegaron a los Estados Unidos cuando no tenían edad para opinar o decidir cuál sería su destino. No aprendieron español, pues para protegerlos preferían que hablaran el inglés, aunque en casa no los entendieran. Tenían que ser americanos en todo el sentido de la palabra. Se acostumbraron a comer en vez de tacos, hamburguesas, y a tomar Coca-Cola en vez de jugo de horchata. Nada entendían de visas, ni ciudadanías. Su patria era América.

Al terminar la secundaria chocaron con su realidad. Si querían ir a la universidad el estado no los reconocía como residentes y por su «estado migratorio» no podían solicitar ayuda económica para sufragar sus carreras. Lo único que les quedaba era trabajar, lo que tampoco era sencillo dado su falta de documentación. La mayoría de los patronos querían evitar violar las leyes, pero siempre había alguno que no le importaba si podía reventar al indocumentado por unos pocos dólares.

Joseph era un soñador que como muchos pensaron que encontrarían una forma de legalizar su estatus durante el gobierno del Presidente Obama. No contó con que habría otras prioridades para este y que el Congreso sería republicano. Jamás aprobarían la legalización de once millones de indocumentados. En un intento por rescatar al menos al grupo de soñadores, quienes gracias a su propio esfuerzo se abrían camino en la única patria que habían conocido —a fuerza de trabajo y estudio—, el mandatario firmó una orden para que estos pudieran quedarse mientras se lograba una solución definitiva. Entonces obtuvieron permisos de trabajo y les fue posible negociar mejores condiciones de empleo. Con esa pequeña puerta que se abrió, Joseph y muchos otros, compraron propiedades para alcanzar su sueño americano.

Las elecciones del 2016 fueron un golpe terrible para los soñadores. Cuando entró en la Casa Blanca el nuevo Presidente, se inició la cacería de indocumentados. De un plumazo, las órdenes que les permitían permanecer en los Estados Unidos fueron abolidas. Fueron presa fácil para los agentes de inmigración, porque el gobierno sabía dónde estaban. No tuvieron tiempo para nada. En un operativo nunca antes visto —muy parecido a los de las películas de la Alemania nazi—, barrieron las comunidades de todos aquellos que no tenían sus documentos al día.

Joseph no sabía español, no tenía familia ni conocía nadie en México y fue expulsado sumariamente de lo que hasta ese día había sido su hogar. Cursaba el último año de Pedagogía. Sin diploma y sin entender una palabra de español, terminó andando en las calles de Matamoros rogando por limosnas para poder comer y pasando frío. Mientras tanto, su casa en Brownsville había sido saqueada por los seguidores de quién haría a América grande otra vez.

melbag123

Imagen: James DeMer

El Paraíso

No tenía más de catorce años cuando conocí a Cyrill. Deambulaba por las carreteras de Camerún en busca del Paraíso, aquel maravilloso lugar del que hablaba el reverendo en sus sermones. Hacía tantos días que recorría paisajes solitarios, que mis pies oscuros se habían vuelto blancos por el polvo del camino. No llevaba más que un hatillo con algo de agua y muy poca comida, que racionaba cuidadosamente.

—¿A dónde vas? —me preguntó cuando me lo crucé, tal vez extrañado por ver a un chico joven y sin compañía en un lugar como aquél, tan lejos y apartado de todo.

Yo me encogí de hombros. No quería decirle la verdad porque temía que se riera de mí.

—¿Vas solo?

Asentí.

—¿Y tus padres?

Mi padre nos había abandonado incluso antes de que yo naciera, y mi madre se había marchado hacía unos meses a buscar un lugar mejor para luego llevarnos al abuelo y a mí con ella. El abuelo decía que nos llevaría al Paraíso… Pero poco después de que ella se fuera el abuelo se puso muy enfermo, y como no teníamos medicinas ni un buen médico empeoró cada vez más. A pesar de todo, él no estaba triste, y el día en que cerró los ojos para no volver a abrirlos más, tenía tal expresión de felicidad y de paz, que parecía que al fin había encontrado lo que buscaba… tal vez él también había llegado al Paraíso. Pero yo no quería contarle todo esto a Cyrill, así que miré al suelo y simplemente le dije:

—Mi madre se fue en busca de un lugar donde vivir bien, y ahora quiero ir con ella.

—Vas en dirección contraria, muchacho —me contestó, y siguió caminando—. Acompáñame si quieres.

Yo le miré estupefacto, ¿sería posible que él supiera dónde se encontraba el Paraíso?

Una semana después nos subimos a un camión con más gente, que nos llevó durante varios días como si fuésemos sardinas enlatadas, y luego, tras seguir a pie unos días más, al fin llegamos. Pero aquello no era el Paraíso, era sólo una especie de campamento en el bosque. A pesar de la decepción, no me quejé, y ahí me quedé mucho tiempo, pues si algo había aprendido en aquella búsqueda era que tener paciencia era casi tan importante como no perder la esperanza.

Pero una noche, Cyrill me despertó con una sacudida, y por primera vez, en lugar de encontrar afabilidad en su mirada, lo único que vi cuando abrí los ojos fue una mezcla de miedo y euforia que me hizo sentir muy inseguro.

—¿Qué pasa? —murmuré.

—Ha llegado el momento, vamos. Intentaremos cruzar la frontera, al otro lado se vive mejor.

Me levanté lo más rápido que pude, y salimos del campamento con más gente, amparados por la oscuridad de la noche. Algunos llevaban las escaleras que nos habíamos dedicado a construir durante las últimas semanas.

—Toma, cúbrete las manos con esto.

Me dio unos trozos de tela. Yo no sabía por qué debía hacer eso, pero obedecí y no pregunté, no había tiempo para explicaciones. Lo entendí cuando llegamos a la frontera, y vi la alta valla de espino. Al otro lado se veían luces.

—Es el puerto —dijo—. Si tenemos suerte, mañana podrás pasear por ahí.

Yo lo miré con los ojos muy abiertos, lleno de ilusión. No podía creer que el Paraíso estuviera ya ahí, tan cerca. Mi madre estaría esperándome en algún lugar no muy lejano.

Nos aproximamos con cuidado y empezamos a pasar de uno en uno por cada escalera. Algunos estaban tan nerviosos que les temblaban las piernas al trepar. Pero justo cuando me tocaba a mí, alguien gritó:

—¡Corred!

Se armó gran alboroto y se oyeron disparos. Se encendieron unas luces provenientes de linternas que se acercaban cada vez más. Yo seguí subiendo apresuradamente, sin levantar la vista de mis manos. Llegué al final de la escalera, me dispuse a saltar, y… algo me golpeó en el pecho y rebotó con tal fuerza que no pude respirar durante unos instantes y perdí en equilibrio. Luego entendí que me habían disparado una bola de goma, pero en ese instante pensé que era una bala de verdad. Me dio tiempo a ver a unos cuantos policías mientras caía, pensando de que eso era todo.

No llegué a tocar el suelo, me desperté antes, justo a tiempo.

Me levanté de la cama empapado en sudor frío y me dirigí a la ventana para abrirla. Necesitaba refrescarme y tranquilizarme. Desde mi cuarto, en el último piso del edificio, se veía, a lo lejos, el puerto de Melilla, la ciudad en la que yo vivía desde que hacía ya ocho años, me habían adoptado. La casa estaba silenciosa, todos dormían. A lo mejor no había encontrado el Paraíso, pero tenía un hogar, una familia, una escuela, y no me faltaba de nada. Yo ya estaba en el otro lado, era afortunado de no tener que saltar una maldita valla.

puerto melilla

Puerto de Melilla

Andrea Nunes Martín. Paréntesis

Exiliados de Siria, emigrantes a Panamá e indignados franceses

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Papeles Panamá - Ferran

Podría escribir más de un artículo diario sólo con la actualidad. Entonces tendría que abrir otro blog para mis actividades literarias, y ya no volvería a dormir. Pero no. Hay tantas cosas que me abruman, que más que desahogarme escribiendo sobre ellas, hay días, cada vez más, que tiendo a retraerme. Ya existen muchos analistas, comunicadores, periodistas, expertos y especímenes varios que vierten su opinión en textos que en demasiadas ocasiones parecen querer pontificar. Y al fin y al cabo, lo que yo piense sobre asuntos de calado básicamente me interesa a mí, de modo que probablemente acabe perdiéndose en el océano de bits.

De todas formas, necesito escribir, no sólo ficción, sino también sobre la realidad que me rodea. Como diría el filósofo, yo soy yo y mis letras. Y estos días resulta que coinciden tres hechos relevantes que dicen mucho (me atrevería a afirmar que, en esencia, lo…

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Los invisibles

Los nadie, los olvidados, los invisibles, los humillados, aquellos cuyo único delito ha sido querer un futuro mejor, los que buscaban el sueño americano y se encontraron con la pesadilla mexicana, los que tenían un nombre, y terminaron siendo un simple número.

G. Ríos.

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