A punto de rebosar

Drinking glass. Foto: Pexels. CC0 Public Domain.

Hasta el borde
y a punto de rebosar.
Llega el fin
y acaba de empezar.
Tabula rasa.
Mi experiencia no nació
en parto natural.
Seguí el rastro de cada ruido
y guardé sus vibraciones
y silencios.
Me escondí tras cada proyección
y capté por mi ojo
aquello que recibía  
y expulsaba.
Anoté con timbre oficial
cada localización,
paraje durante la fulminación,
de mi idea pretenciosa
de un mundo con aspiraciones
de quietud y sosiego,
tan difícil de alcanzar.
Un día al levantarte:
hasta el borde,
a punto de rebosar.
La credibilidad
en un linaje
sin lazos,
sin escrúpulos,
ni raíces:
la humanidad.

Gema Albornoz

Copyrighted.com Registered & Protected CN2R-DW9B-YBHP-17KF

En las calles oscuras

15285_10200891922442985_527123753_n

Huele a llanto en las calles de los presentimientos
la ciudad duerme, el mal se esconde entre las sombras
la noche crea los fantasmas del miedo en las orillas
de las sucias aceras. La lluvia es ácida, contamina,
la química se extiende, las golondrinas ya no vuelven
las abejas se mueren, el campo suda pesticidas;
los sabores perecen y no se escucha la música en la cantina
los jóvenes la llevan puesta en los auriculares
y corren sin meta ni objetivo al son de no se sabe qué ritmo
todo es velocidad, urgencia, premura, displicencia.
La luz intermitente de un televisor relumbra en la ventana
abierta a los desasosiegos del programa basura.
Dos ancianos anestesian el tiempo en la mirada
la cena sin hacer, las patatas fritas tiradas por el suelo
y el manantial sin agua y los labios resecos
y la ansiedad con náuseas porque él se fue con otra
y el periódico, repleto de noticias, sobre la mesa del café
porque todo es mentira… menos los muertos o mandados matar
que aún no se sabe dónde se quedaron…
Y nos siguen matando y lo intuimos, somos la gran rebaja
el estorbo de las grandes acciones del gran poder oculto.
El aire está viciado y lo sabemos y es de noche
y las estelas de los aviones no dejan de cruzarse en el cielo
hasta destruir las verdaderas nubes aquellas que se fueron
y no vuelven ya no vuelven como antes a llover en calma…
Y aún recuerdo, cuando la agricultura era el alivio de los pobres.
Algunos políticos pisotean el hambre y la necesidad
de los más débiles… para después pedir el voto
que los mantenga en la opulencia. La sociedad está ebria
de embustes, se tambalea y aunque quiere estar viva, no puede
hacer frente al vino enmohecido por los aditivos de artificio…
No llego a fin de mes, mientras los niños me dicen que quieren ser políticos
en los paraísos fiscales. Llueve. Veo que los barcos no llegan a la costa
los emigrantes mueren en el intento. Es de noche. La justicia se esconde
los jueces se reúnen con las estrellas, tardarán en volver, todo es lento,
estoy buscando velas para escribir mis versos. Y me acosan
los toques del WhatsApp, son los mensajes tontos que intentan distraerme
de lo que ¿está pasando sin pasar?  Sé que algo se descompone en la mirada,
en el oído, en el tacto, huele a llanto, me sabe amargo el aire,
y he de matar las voces de los presentimientos.

©Julie Sopetrán

Donde más le duele

El amor a los hijos, su cuidado, la preocupación, el desvelo, la alegría y el contento son los sentimientos naturales de los padres. Veo desde mi ventana en el afán de una hembra de vencejo por acarrear el barro del nido, que milagrosamente se sostiene bajo una cornisa, la diligencia con que transporta el alimento de sus crías, el cuidado con que otea el horizonte.

Cuesta entender la muerte de un niño; es una violencia que ofende en lo más hondo. Quienes gustamos de contar historias apenas nos permitimos crear una vida incipiente para luego quitarla. En Ángel Guerra, Benito Pérez Galdós narra con la minuciosidad que lo caracteriza la enfermedad y muerte de Ción, la hija del protagonista; conmueve profundamente la pérdida; el padre queda destrozado. Hace unos días, en el programa Hoy por hoy de la cadena SER  (España), una mujer a la que se le había muerto un hijo hablaba de esas madres que no pueden celebrar su día. Y sin embargo…

Sin embargo hay maltratadores que golpean a sus víctimas donde más les duele. Se conoce que no tienen bastante con insultarlas, vejarlas, pegarles hasta la muerte, porque su enfebrecida mente maquina algo peor: matarle al hijo que es su propio hijo.

Se aprueban leyes, nos concentramos en plazas, lucimos lazos en la solapa, escribimos, nos movilizamos, nos sobrecogemos, pero no falta el día en que el noticiario no abra con una nueva víctima. Habrá que mirar dentro de uno mismo, hasta el fondo, para ver dónde reside el monstruo, para conocerlo, saberlo y dominarlo; acabar con él.

Pero no todo induce al pesimismo. En España, por ejemplo, se ha constituido una plataforma de menores contra el maltrato. Bajo el lema Avanza sin miedo, Patricia Fernández, de diecinueve años y víctima del maltrato, con su voz joven habla con pulcritud, precisión y convicción y marca un nuevo camino a seguir para acabar con esta lacra.

El domingo siete de mayo, Día de la Madre en España, Javier, de once años, fue asesinado por su padre. La madre del menor había denunciado su desaparición. La orden de alejamiento por maltrato a que estaba sometido el padre fue sobreseída en el año 2013.

(http://www.elperiodico.com/es/noticias/sucesos-y-tribunales/hallado-nino-11-anos-presuntamente-asesinado-padre-a-coruna-6025460)

viejos-mesa-grande_cortado

«Campamento de Mesa Grande, Honduras», fotografía por Julio Alejandre

Salvamos la vida y allá nos parqueron, en el campamento. Pero el campamento no es para nosotros, los viejos, nos pasamos los días mano sobre mano, contando historias de aquí, recordando, mirando para la frontera, con esa tristeza que le anida a uno adentro, que no lo deja dormir, ni descansar. ¿Qué va a hacer uno lejos de la tierra? Un campesino sin tierra no es nada. De pensar en morirme en el exilio se me va la alegría. Así que mejor me regreso, les dije. No se vaya usted, Misael, me dijeron, que al otro lado matan. Pero no les hice caso y mejor me vine.

Atravieso páramos solitarios, hondonadas calientes y cerros helados, lejos de la gente y las patrullas. Uno está viejo, pero marcho despacio y sin miedo. Acá todo está enmontañado, solitario. La selva crece como una levadura y por ratos teje una maraña impenetrable, pero a cada paso que doy siento el olor de la bienvenida. Subo por el cerro Chagüite, buscando Los Quebrachos; es dura la pendiente, pero ahora estoy en mi tierra, alegre dentro de lo que cabe.

Por fin encuentro la casa. Ahora está caída, los adobes desmoronadas, el tejado hundido, y sólo un resto queda en pie. Me paro frente a ella y miro a mi alrededor. Todo está cambiado, pero reconocible. El monte ha crecido mucho, lo mismo junto a la casa que entre las matas de guineo y los palos de aguacate. El cerco de piñal, que recién había plantado antes de la huida, está bravío.

No voy a arreglar la casa porque no se puede recuperar el pasado, y galán se duerme en el suelo, cubierto uno con la cobija de estrellas; pero quiero buscar el lugar donde murió la esposa, para honrarla como es debido. Me la mataron los soldados y la enterré con prisas, mirando por salvar la propia vida, pero no encuentro rastro de la sepultura. Quizá me ha engañado esta memoria traicionera, pienso, y su muerte nomás la soñé. Quién sabe, si me estoy aquí y no me alejo tal vez la vea llegar por la vereda que viene de la poza. No hay prisa, me gusta pasar el rato mirando a lo lejos, a los cerros tan bonitos que le enseñan los dientes al cielo, a la montaña verde y al aire que tiembla con el calor.

De entre esa calima temblorosa aparece la mujer. Está bonita aún, y se mueve ligera. Lleva el cántaro en la cabeza, sobre el yagual, y los brazos apoyados en las caderas. Se acerca ondulando el cuerpo con galanura, como cuando era muchacha. Me ve y se sonríe, se detiene a mi vera pero no apea el cántaro. Conserva el pelo muy negro, aunque la piel parezca cáscara de zapote. Me mira directo a los ojos, como ha hecho siempre, y me platica aunque no mueva los labios, que ya están resecos. Cuesta creer que sean los mismos labios que tantas veces besé. Tampoco los míos, viejos y borrados, son los mismos. Han perdido la costumbre de besar y de hablar palabras de amor. Pero las platicamos ahora, por los años perdidos; las mías tienen sonidos y las suyas son mudas. Detenidos en la vereda se ha venido la noche y otra vez la mañana, y más noches con sus mañanas porque hace falta mucho tiempo para desquitarnos del silencio y el desamor que cargamos encima. Luego la veo partir con el cántaro sobre el yagual, y su figurilla se empequeñece más y más hasta desaparecer detrás de la loma.

Yo me quedo solo en medio de esta tierra y miro la sombra que proyecta en ella mi cuerpo reseco, y veo mis pies desnudos, sucios del polvo de cien senderos y otros tantos caminos. Este caminar por la tierra, pienso, esta existencia dura y sufrida que hemos llevado, adónde nos conduce, tanta desolación para qué ha servido, pero estoy alegre porque estoy aquí, en mi tierra, y aunque esté vacía y desolada un día volverá a llenarse de risas. Enfilo nuevamente la vereda y sigo adelante, andando en busca de otra gente, pero me doy cuenta de que no soy yo quien camina por la vereda, sino ella la que me camina a mí, la que me ha estado caminando desde siempre.

Remesas

Una dura realidad a este lado de la frontera entre México y Estados Unidos.

SALTO AL REVERSO

america-1999384_960_720 (1)«America-Mexico border elections», obtenida en Pixabay (CC BY).

Rosa llegó a California como tantos inmigrantes: llenita de sueños. Estaba segura de que si trabajaba lo suficiente podría conseguir el famoso sueño americano. Primero empezó trabajando en los campos bajo un sol que no se condolía de su delicada piel. A pesar de que usaba camisas de mangas largas y un sombrero, el calor la abatía, sobre todo en los días del mes en que su feminidad se expresaba. Tan pronto tuvo la oportunidad, consiguió un trabajo limpiando casas. Por lo menos, allí había aire acondicionado central y algunas de las señoras a las que les servía la trataban dignamente. Otras en cambio, la trataban como esclava y la insultaban por su procedencia. Rosa se daba cuenta de que a pesar de esos tratos estaba mejor en las casas de familia que en la inmensidad infernal del campo. Se acostumbró a…

Ver la entrada original 1.249 palabras más

Huyendo

refugiados-bn

«Centroamérica. Niños refugiados», por Julio Alejandre

─Toda la noche fue de andar y andar, una cadena larga de gente que se movía y daba vueltas igual que las revueltas del propio camino.
─Todos en la misma cadena.
─Todos. El que tenía algo y el que no tenía nada, el que debía como el que no.
─Cabal, es que las bombas no respetaban a nadie.
─Ni tampoco los que vinieron detrás.
─Fue noche de andar huyendo.
─Huyendo por entre los cerros y las sierras, buscando las hondonadas, la oscuridad de los árboles, huyendo por las veredas y las trochas de los animales y los animales. Perseguidos, acosados, atrapados estábamos entre el yunque y el martillo.
─De miedo fue la noche.
─Miedo de que nos descubrieran y nos mataran a todos, que nos mataran como masacraron a tantos. Balaceados. Quemados.
─Botados al río.
─A más de uno lo hicieron así.
─Crucificados en los cercos.
─Peor que a Nuestro Señor
─Miedo de que nos masacraran a nosotros también.
─Y no había otro ruido que el de los pasos de tanta gente que caminaba en silencio, un silencio tan terrible, tan terrible que todavía lo tengo tallado en la memoria, amasado con miedo y polvo y pasos y con más miedo.
─Un silencio de sí o sí.
─Con la tropa por todos lados, peinando los cerros, los campos, la montaña, peinándola apretaditos, igual a los dientes de un quitaliendres.
─Un silencio de morirse.
─De no oírse ni el llanto de una criatura, porque las madres con trapos les cerraban las bocas, con trapos bien apretados aunque se ahogaran, aunque reventaran de un sofocón.
─Qué brutas que fuimos, verdad.
─Verdad, y yo la que más.
─Pero era el miedo, vos, el miedo a morirse.
─Es que era una criatura. ¿Qué debía ella?
─Ya no te atormentes más, mujer. La pobrecita se murió y se murió.

Tiranos y víctimas

Tiranos,
fanáticos de toda índole.
Indeseable plaga devastadora
que lo ha sido y es.
Espejos sagrados para demasiados.
Deidades ungidas por la espada del terror.
Autócratas inquisitivos
que arrastran a sus pueblos
hacia oscuros callejones de miseria y crueldad.

Víctimas,
seres inocentes ahogados en la sima del espanto.
Rostros consumidos en la desesperanza.
Presas fáciles de carroñeros y depredadores.
Vidas degradadas que perviven en la sombra
y en silencios que hielan la sangre.

                 Isabel F. Bernaldo de Quirós

(De mi libro “Luz velada”, Ed. Vitruvio, Baños del Carmen).

Ambrogio Lorenzetti - Allegoria del Cattivo Governo 1338

Alegoría del mal gobierno de Ambrogio Lorenzetti (1338). El tirano, en el centro y con aspecto demoníaco, representa el poder absoluto. Le rodean la Avaricia, la Soberbia y la Vanagloria. A su derecha se encuentran la Crueldad, la Traición y el Fraude, y a su izquierda, el Furor, la Envidia y un “diablillo”. Bajo el trono, la Justicia (de blanco), maniatada, aparece abatida por impotencia.