Sequía (Villancico)

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Necesito un quitasol
que libre al Niño del sol.

El clima se ha vuelto loco
y ya no nieva en invierno;
el calor ya no es alterno
y nos provoca sofoco.
Porque es Navidad invoco
aminorar el resol
que al Niño lo quema el sol.

En Alaska ya no hay hielo
el Ártico se deshiela;
lo que allí no se congela
es auténtico desuelo.
Necesito un caramelo
con un viso tornasol
que libre al Niño del sol.

Ya no nieva en los apriscos
ni hace frío en los portales;
las risas son digitales
los aguinaldos, ariscos.
Y así nos queman los fiscos
con su fogoso farol
y el Niño… sin quitasol.

El clima no colabora
con el Portal de Belén;
¿Pero a quién le importa el Bien
o lo que suceda ahora?
El Niño de pena llora
¡Y no tiene quitasol
para librarse del sol!

©Julie Sopetrán

 Queridos amigos lectores, seguidores de este blog, a todos les deseo FELIZ AÑO NUEVO 2019, desde este cambio climático que tanto nos afecta.  Les quiero a todos. Un fuerte abrazo.

Ha aparecido un cuerpo — Emociones encadenadas

Sobre el terreno busco
pistas para respaldar
esta rabia con palabras.

Moderan el par de minutos
en la cama, la ilusión
voluntaria, la exclamación
de la pantalla y el trago
de sangre. Intercede la
melancolía navideña y
tres pasos más.

Ninguna de ellas me concilia
con esta realidad en la que
hay que soñar para que ningún
criminal sorprenda a alguna
chica en una esquina, en una
calle, en una carretera,
en un portal, en un parque.

Otro cuerpo hallado,                        otra víctima
mortal, otro asesinato por

violencia                                                machista.

Soñar otra posible existencia.
Juzgar el poder de ser                          muerte
de una vida que no les pertenece.
Manifestar rechazo.
Gritar un                                                hasta cuándo.

Llevo dos días intentando
poner palabras al deleznable
hecho que se repite cada
cierto tiempo:una mujer pierde
la vida
por                   ser                                        mujer.

Y sigo sin entender
por qué.

Y sigo maldiciendo
por qué.

a través de Ha aparecido un cuerpo — Emociones encadenadas

Buscando posada (Villancico)

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Y van pidiendo posada
y la puerta está cerrada.

Jesús, María y José
ya van en la caravana,
se fueron muy de mañana
cruzando el amanecer.
Y no tienen qué comer
en tan fría madrugada
que la puerta está cerrada.

La valla es una pared
hecha de alambre, con hierros;
y están ladrando los perros
y el Niño muere de sed.
¿Alguien le puede acoger
tras esta puerta cerrada
o en el mundo no hay posadas?

Y se acumula la gente
Y no se puede pasar.
De nada sirve gritar
mirando al muro de frente.
Y aunque seas diferente…
si al otro lado hay posada
¿Por qué la puerta cerrada?

Esperamos y esperamos
que nos den paso y comida;
que nuestro Niño es la vida
y porque todo lo damos
la libertad que buscamos
no es el fin de una encerrada:
sólo buscamos posada.

Practicamos buenas obras
nos une el bien para todos;
si eres rico, pues ni modo…
reparte lo que me robas
o dame lo que te sobra
tras de esa puerta cerrada
donde buscamos posada.

Y no queremos la guerra
somos migrantes humanos;
tan sólo tenemos manos
para trabajar la tierra,
la necesidad destierra…
Vamos pidiendo posada
y la puerta está cerrada.

Llegamos a la frontera
y nos recibe esta valla
donde el alma se desmaya
y no la salta cualquiera.
Si en Tijuana se durmiera
el Niño… José saltara
hasta encontrarnos posada.

©Julie Sopetrán
2018

La frontera es un avispero

Llegan en caravana buscando un sueño,

la frontera es un avispero,

todos y nadie tienen razón.

El que huye encuentra que no existe el paraíso,

el soldado actúa contra su voluntad,

los rancheros ya dispuestos a la caza,

Inmigración los espera y muerde.

Niños en pañales atacados con gases,

¡Oh, Alemania Nazi,

cuánto aprendimos de ti!

Un alcalde pide auxilio a los federales,

a los Estados Unidos,

a las Naciones Unidas,

pero todos están sordos y ciegos,

a nadie le importan.

Los desesperados amenazan

hacer huelga de hambre,

con el pellejo pegado a los huesos.

Nadie tiene capacidad de conmoverse,

para todos son una peste.

Dejan a su paso basura,

sangre, desolación, enfermedad

y muerte.

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Imagen: Migrant, mother, woman, children (CC0).

Luces en el zoo

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 Zoo de Guadalajara, España. Foto: JS.

No sé
de dónde viene la luz que enmarca el zoo
cada mañana.
Entre los viejos árboles y a contraluz,
me envuelven los colores casi todos blancos,
verdes, azules, nuevos…
Sus reflejos encienden poesía.

No sé
por qué amanezco en el zoo. No tengo prisa.
Las marmotas ramonean las plantas,
excavan su madriguera invernal
siempre en pareja.

Los pavos reales me siguen perezosos,
parece que meditan cada paso
bajando la cabeza
hasta sus propias huellas; presumen de discretos
y guardan su abanico
entre las plumas.

No sé,
no me preguntes por qué mi animal favorito:
la cabra, se empina sobre sus patas traseras
para no dejar hoja
entre los huecos de las alambradas.
Nos saludamos a distancia,
nos conocemos desde siempre y nos miramos
como si fuera la primera vez.

No sé
por qué se encarcela a las palomas
grises, blancas, azules, negras,
con un cielo de alambre,
con vallas de cristal y filamentos rígidos
que maltratan sus alas
sin clemencia.

No sé, no sé
por qué está tan sucio el zoo,
agua estancada, cieno, ciervos sobre el tarquín
o el barro, sin nada que rumiar, sin hierba
que vigorice su cornamenta,
su belleza, anquilosada entre los barrizales.

No sé.
No sé por qué el zoo ya no es un jardín animal,
lo que se exhibe es trágico, triste, tétrico.
¿Pues qué puedo aprender de jaulas sucias
de animales  maltrechos, encarcelados,
cautivos, rendidos ante mis ojos húmedos?
No sé
de dónde viene la luz cada mañana.

El mono capuchino me mira,
está sentado en una piedra, está solo,
se tapa los ojos, ya no sabe jugar,
me hizo recordar una música de infancia…
Dice que está muriendo,
le digo: mira al cielo y déjate envolver
por los colores de la mañana…
Y no sé, no sé
si me hará caso.

©Julie Sopetrán

 

Nana para dormir el dolor que causa la estupidez

Wifredo Lam - Your Own Life, 1942 at The Kreeger Art Museum Washington DC

«Your Own Life» (1942), obra de Wifredo Lam, Art Museum Washington, D.C.

No llores, corazón
el ser es una deuda de lo errático
ea ea ea o
el destierro es la pena
bo bo bo

Minerva inspira el canto
del mundo, disparate
Demócrito está triste
ea ea e e e

El asno
rebuzna entre las flores
de Apuleyo
no llores, corazón
ea ea ea o

Ser libre cual soy yo
no es comprensible
rústica, tosca, basta
ea ea e

Complacer
es honor
y quien se ofenda…
es culpable o no es
lo que parece

ea ea e
así es
la estupidez
e e e e.

©Julie Sopetrán

Camino de la frontera

orilla lejana

Fotografía por Fredmosc, en Pixabay (CC0).

En cuanto anocheció emprendió el camino. Tenía que cruzar antes del amanecer. Notaba la cabeza algo despejada, pero la malaria lo martirizaba como nunca, el cuerpo le dolía, los huesos le dolían. Una luna pequeña, en creciente, se acercaba al horizonte con su claridad amortiguada. En lo alto de la cúpula del cielo, una miríada de estrellas lo contemplaba.

Intentó caminar con paso regular, sin apretar la marcha, calculando que le aguantaran las fuerzas, pero al ratito ya sentía un cansancio inmenso y la vida se le iba con cada paso. Voy a dar uno más y ya veré, decía el hombre, y lo daba, y ahora otro, decía, y luego otro, y así contó trescientos, mil, dos mil pasos, más o menos un quilómetro. Jadeaba, se mareaba y no podía, pero voy a caminar otro quilómetro, decía, y volvía a empezar la cuenta. Había dejado el camino y avanzaba por veredas entre los cerros, por trochas de animales, alejadas de los caminos y carreteras.

La luna hacía tiempo que se había escondido, sólo oscuridad en la tierra y estrellas en el cielo. El hombre tropezó varias veces, con sus respectivos revolcones y golpes en las piedras. En los repechos más duros, se arrodillaba y gateaba y se daba ánimos a sí mismo, ánimo, hombre, que ya queda menos. ¿Menos para qué? Menos para todo. A veces se detenía para escudriñar las sombras, para escuchar la noche, por los si la policía, por si alguna patrulla. Aquellos altos lo aliviaban, le daban tregua, pero después le costaba más reemprender la marcha, que parecía que las articulaciones se le hubieran soldado, y la voluntad huido. Y otro paso, y otro y van quinientos, quinientos uno, dos, tres, y otro quilómetro, y este ya es el último y me dejo caer, pensaba, ya, ya, y que sea lo que Dios quiera, que me hallen los policías, que coman los buitres, de todas formas nada le importaba sin ella, la vida, la salvación, el mañana, se la llevó el otro, el de antes, el de siempre, será verdad que la quiere, piensa, todo lo piensa, porque la palabra es un lujo que no se puede permitir, y otra vez la fiebre lo asalta, lo fatiga, la tiritera, los escalofríos, otro paso, otro cerro, otra bajada, y las estrellas lo miraban, blancas como cartas, como notas blancas, infinidad de estrellas, las mismas que estarán viendo otros pobres diablos como yo, piensa, no puedo, no puedo más, grita dentro de su cabeza, le estallan los pulmones, el corazón, el cuerpo todo, cada fibra muscular se rompe, rota como una cuerda vieja de un violín, pero sigue y sigue hasta que siente el río, el río que es la frontera.

Una claridad muy tenue apunta por oriente y a su luz ilumina la otra orilla, lejana como el infierno.