Una de las Rosas

Paredes habitan el canto
de una voz casi apagada.
La puerta del sótano se abre.
Luce cruz de hierro como estandarte.
Ventana abierta a la esperanza.
Ventana cerrada a la desesperación.
Una alfombra de sangre se extiende
bajo la rendija de esa puerta.
Dirección a la tapia del cementerio,
el corazón bombea tortura.
No sabe o no quiere saber.
Antes de saberse doler
prefiere no desfallecer.
Ha sufrido en piel
y ha sufrido en ojos.
Ha sido mancillada:
corrientes en los pezones,
ropas a jirones,
violaciones.
Dirección a la tapia del cementerio.
Das una vuelta al horizonte,
todos tus años fueron espinas
y serás rosa.

Gema Albornoz

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Desavenencia

 

cristovelasquez

«Cristo crucificado» (detalle), por Diego Velázquez (Museo del Prado).

¿Cómo puedo quejarme en este día
cuando hasta el sol se esconde entre las nubes
para que nada brille en campo injusto?
Muertos en los derribos de la guerra,
mujeres, hombres, niños lastimados,
llanto de la impotencia en el exilio.
Mentiras por doquier en sementeras,
la química en la piel del inocente,
la sangre río abajo ya sin límites…
Políticos limándose las uñas,
espadas encubiertas de patrañas,
poder de las palabras sin paisaje.
El poema se ha roto en las esquinas,
las letras están muertas, no se mezclan,
el esquema visual ya está cifrado
y la razón se pierde en las pantallas.
Reconstruimos las ruinas que son cárceles,
la armonía se rompe en lo mudable.
¿Dónde vamos, venimos, sin trabajo,
puede algún “móvil” darme la respuesta?
¿Cómo puedo quejarme si los niños
no saben por qué mueren entre escombros?
¡Qué inocente dolor entre metralla!
¿Cómo puedo quejarme en este día
de un pequeño dolor, de un día gris
si el tiempo aún no ha curado los agravios
al ver a Dios clavado en una cruz?

©Julie Sopetrán

‘Ciutat morta’: impotencia, rabia, dolor…, miedo

la recacha

Indignación, impotencia, rabia, dolor…, miedo. Cuando veáis ‘Ciutat morta’ (Ciudad muerta) lo entenderéis. Si ya habéis visto el documental valiente de Xapo Ortega y Xavier Artigas, periodismo comprometido, del que toma partido por la justicia (la real, no la institucional) sin ambigüedades, imagino que, como me pasa a mí, no habéis podido dejar de darle vueltas desde entonces.

Es muy inquietante llegar a la conclusión de que lo que hicieron con los chicos del llamado caso ‘4F’ podría pasarle a cualquiera. Puedo llegar a entender que la policía se equivoque al detener a los presuntos culpables de un incidente tan lamentable como la agresión que sufrió aquel 4 de febrero de 2006 un agente de la guardia urbana de Barcelona, que lo dejó al borde de la muerte por un terrible impacto en la cabeza.

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DE OFICIO, DECORADOR

DE OFICIO, DECORADOR

chaplin

Un día el maestro preguntó en la escuela el oficio de los papás. Ángel no supo qué responder; hasta aquel momento no había pensado en que sus papás pudiesen tener un oficio con el que ganarse la vida. Eran sencillamente sus papás. Aquel día, al llegar a casa, lo primero que preguntó a su mamá fue el oficio que tenía:

— Ama de casa, — le respondió.

— ¿Y papá?

La mamá de Ángel no supo qué responder. A Ángel le pareció natural. Era evidente que para mamá, papá era simplemente papá, y que como él, su mamá no se había planteado que papá pudiese tener un oficio con el que ganarse la vida. Al llegar papá a la casa, Ángel fue a su encuentro y no perdió el tiempo en cortesías. Necesitaba saber el oficio de papá.

— Decorador, — respondió su papá con absoluta convicción.

Al día siguiente, Ángel pudo responder en el colegio, con alivio,  que su mamá era ama de casa y su papá decorador. Esas dos respuestas tan tontas afianzaron su confianza entre sus compañeros. Poco le importaba que los papás de sus compañeros tuviesen oficios con más caché y empaque. Se sentía normal e integrado.

Pasaron los años. Ángel nunca volvió a pensar en el oficio de sus papás. No lo necesitó y no le importaba demasiado. Lo único que le importaba es que eran sus papás. Un día, mandado por su mamá, fue a llamar a su papá para comer. Lo encontró en el cuarto de trabajo, al que no debía de pasar.

— ¿Qué haces?

— Busco inspiración para mi obra maestra.

De reojo vio una lámina de un cuadro de Goya en que este había pintado unos fusilamientos de población civil. En una esquina del escritorio reconoció el fotograma de una película en el que se había representado uno de tantos fusilamientos de la revolución mexicana.

— Mamá dice que la comida está lista.

— Vamos, — dijo su papá cerrando los documentos que consultaba.

La comida de aquel día era especial. Papá iba a estar fuera unos días, por cuestiones de trabajo. Después de comer fueron todos al cine, era una de las cosas que solían hacer juntos. Primero dieron un noticiario, luego unos adelantos y después una película de guerra. Aquella noche, Ángel, tras comerse un helado, se despidió de su papá antes de irse a la cama. Al día siguiente no lo vería.

Una semana más tarde, Ángel fue al cine con su mamá. En el noticiario, junto a la tapia de un cementerio reconoció la obra de arte que su padre estaba consultando cuando entró al despacho. Era clavadita a los fusilamientos de Goya. Los muertos, según el noticiario, eran terroristas y opositores al régimen de un presidente, oculto tras unas gafas de sol muy oscuras, de nombre impronunciable.

Relato de Josep García. (Salvela)