Al principio del principio

niña refugiada en Mesa Grande

«Niña refugiada», fotografía por Julio Alejandre.

Al principio del principio, antes de que toda esta historia empezase, antes de la guerra, antes de las balas, antes de todo, cuando yo era una chigüina churretosa que levantaba apenas lo que un carnero, vivíamos en un ranchito de bahareque y zacate por el lado de San Felipe. De aquel ranchito recuerdo la tierra del piso del único cuarto que tenía, y yo tumbada en ella dibujando con el dedo el camino que recorre una hormiga, una hormiga roja que avanza para la derecha, gira hacia la izquierda, otra vez a la derecha, se detiene y tantea una basurita botada con sus antenas nerviosas, tiqui, tiqui, da la vuelta, la inspecciona por el otro lado, tiqui, tiqui, y sigue su camino. Parece que va perdida la hormiga, pero bien sabe dónde está y cómo volver al hormiguero. Mi hermano me dijo que echan un hilito invisible por el trasero, más delgado que la tela de las arañas, y que por eso saben como regresar. Yo me hago la mala y corto su camino con el dedo en dos, en tres sitios, y después trazo un redondel alrededor de ella, pero ella cruza deprisa por el valle que he labrado y sigue su camino, buscando, buscando lo que sea para volver a avisar a las demás. Entonces le doy un respingo con el dedo y me salgo del rancho. Hace una luz tan fuerte ahí afuera que no me deja ver nada, ni los árboles, ni los campos, ni el camino, sólo un brillo blanco que todo lo oculta.
—No, china, que árboles sí había, aunque pocos —dice una voz que no reconozco—, y un guatal amarillo que rodeaba la casa, y la tierra era cenizosa y estéril, que por eso tus tatas la dejaron.
—¿Quién eres? —pregunto.
—La Máxima soy.
—No me recuerdo de usted, niña Máxima.
—Ah, pero yo sí de vos, china.
—Puede ser niña Máxima, pero yo no.
—Y, ¿cómo te vas a acordar si fue hace tanto tiempo? Pero allá naciste vos y tus hermanos mayores, y puede que alguno de los más pequeños.
—Sí, eso decía mi nana, niña Máxima.
También recuerdo que había en el suelo unos agujeros con una telita blanca donde anidaban las arañas meacaballos, esas que pican a los caballos y a las vacas, hacen que se les pudra el casco y los pobres animales andan patojos hasta que les crece de nuevo. Y me recuerdo del miedo, del miedo que me daban aquellas arañas, que por la noche salían de sus nidos y recorrían el ranchito con sus patas peludas, se subían por la mesa, por las sillas y hasta por camas y nos podían picar, así que de día agarraba valor y me apostaba junto a los agujeros hasta que la araña asomaba por la boca y la ensartaba con un trocito de alambre de cerco, y se la daba de comer a los pollos. Pero pronto nos fuimos de aquel ranchito porque mi tata compró un terreno algo grandecito, como de dos manzanas, en un lugar que le dicen Los Talpetates. El terreno tenía una casa de adobes con techo de tejas, dos corredores, una cocina enorme y un piso que mi tata recubrió con tierra mezclada con cal, que se prepara un como engrudo y se extiende por el piso, y cuando se seca queda bien compactado y liso, y fácil se puede barrer y no hacen nido en él las arañas, a Dios gracias, que en aquella casa pude por fin dormir sin miedo a que me picasen. El terreno estaba rodeado por un cerco de matas de izote y lleno de palos frutales: mangos, zapotes, aguacates, nacaspilos, guayabos, matas de huerta y arbustos de café. Y justo frente al corredor principal crecía un amate enorme, que tenía una rama más baja, casi horizontal, que parecía puesta a propósito para trepar por ella, colgarse y hacer travesuras. Así que un día que estaba jugando con mi amiga Erundina a hacer cabriolas en la rama, como las que hacen las gimnastas, se me enganchó una mano y me destrabé el dedo meñique, y desde entonces se me ha quedado más corto que el otro, y cuando cierro el puño no tiene nudillo.
—Traviesa que eras, vos, siempre lo has sido, desde chigüina, y aún hoy no te has enmendado a pesar de lo mucho que tu nana te regañó.
—Seguro, niña Máxima, si usted lo dice así ha de ser, pero no hace falta que me interrumpa a cada cosa que pienso.
—Ahí discúlpame si te molesto, cipota, pero este silencio rancio que cargo es tan vacío, tan infinito, que por veces me voy de boca.
—Si yo entiendo su silencio, niña Máxima, pero ¿y el mío?, ¿quién lo entiende?, no ve que me confunde usted, mejor ya no diga nada.
—No te enojes, vos, que ya me callo.
—A ver si sí.

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6 comentarios en “Al principio del principio

  1. Isabel F. Bernaldo de Quirós dijo:

    Me parece muy hermoso este relato, historia real que puede ser contada como un cuento o viceversa. Lo importante, Julio, no sólo es su valor literario sino que has conseguido el efecto de la comunicación del sentimiento, y por instantes, me he sentido esa niña. Gracias y un saludo muy cordial.

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