Hace cuarenta y cinco años

Cuando era niño, como todos los niños, imitaba a los mayores (eran mayores los que tenían de catorce para arriba) y con ellos me bañaba en el río, en un lugar secreto. Nos bañábamos desnudos y así andábamos entre los chopos; nos rebozábamos de arena y nos la quitábamos en el agua. Había una prueba legendaria e inequívoca para comprobar que habíamos estado en el río: pasar la uña por la piel: si quedaba grabada una raya blanca y tardaba en desaparecer, habías estado, y tu madre te podía dar una zurra; pero las madres no habían oído hablar de esta prueba. En el Tajo aprendí a nadar.

Pasados dos veranos, por nuestro lugar secreto aparecieron familias y con ellas llegó el bañador; pusieron un gango* donde se podía merendar siempre que se tomara una consumición, generalmente vino con gaseosa; cerveza los más pudientes. La gente empezó a ir de veraneo sin salir de la ciudad. Pero esto no es todo: el río alimentaba multitud de acequias que regaban frondosas huertas: la ciudad estaba bien abastecida de frutas y hortalizas “de la tierra”. El Tajo era un río lleno de vida que se podía permitir el lujo de alimentar, vestir y adornar a la ciudad de Toledo.

En el Poema de Mio Cid, el autor habla de las pepitas de oro que arrastraban las arenas del río; bajo el puente viejo de San Martín, en el Peñón, los muchachos fantaseábamos con las apariciones de La Cava, desnuda, rodeada de esclavos ciegos, y la leyenda atribuye a la pasión que sintió por ella el rey godo Don Rodrigo nada menos que la pérdida de España. Con las aguas del Tajo, las ninfas “peinaban sus cabellos de oro fino”, nos dice Garcilaso en su Égloga III. Hace cuarenta y cinco años, las autoridades prohibieron el baño en sus aguas a su paso por Toledo.

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¿Fue por precaución? ¿Demasiados accidentes? No, qué va. Las aguas verdes tornaron en gris; como grandes icebergs, montañas de espuma flotaban formando una fantasmagoría de formas caprichosas: el río pasaba contaminado. Y así sigue.

El crecimiento económico rápido, la instalación de industrias contaminantes, la falta de control de las aguas, el abandono y la desidia mataron al río; como ocurre con otros ríos, como ocurre con mares, océanos y cascos polares; ciudades, campos y lagos.

Y muchos gobernantes y gobiernos, encabezados por el Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, dan la espalda al problema y se proponen incrementarlo con la excusa del crecimiento de la economía.

Os cuento mi visión de un problema local, universal por el valor de un sitio patrimonio de todos y paradigma de lo que nos está pasando, de lo que estamos haciendo. Creo que urge tomar conciencia para ayudar a salvar lo que queda y dar la vuelta a lo que aún no sea irreversible.

 

*Gango: merendero de tablas y techado de cañas o lona.

Imagen destacada: Obtenida de “Toledo y el Tajo”:
http://toledoolvidado.blogspot.com.es/2011/07/toledo-y-el-tajo.html

Imagen insertada en el texto por Amaianos (Wikimedia). Obtenida de: “La leyenda de La Cava y la ‘pérdida de España'”:
http://www.abc.es/cultura/20150201/abci-leyenda-cava-perdida-espana-201502171213.html

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12 comentarios en “Hace cuarenta y cinco años

  1. Crissanta dijo:

    Excelente reflexión, Alfonso. Es una pena que los ríos sean anulados en las ciudades, contaminados, convertidos en vertederos de desechos. Es una pena que un hermoso lugar como Toledo sufra por lo mismo. Y ni pensar en lo que nos espera debido a la ineptitud (por decir lo menos) de Trump. Un saludo.

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    • Alfonso Cebrián dijo:

      La incompetencia y la desidia son insoportables. Y la violencia del cambio climático (por no hablar de las demás violencias) está desestabilizando el normal desarrollo y desenvolvimiento de las personas y su hábitat con una progresión imparable, porque a estos deterioros sostenidos debemos unir los sucesos puntuales como las riadas en Perú y el incendio en Portugal, por ejemplo ¿Aún estamos a tiempo?

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      • Crissanta dijo:

        Quizá. Pero sin la voluntad política para aceptar estos hechos, probablemente nos gane el tiempo. Quiero pensar que de algo sirve hacer denuncias como estas. Aunque la preocupación bien persiste y persistirá. Saludos.

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  2. serunserdeluz dijo:

    ¡Cómo han cambiado los tiempos! ¡cómo ha aumentado la contaminación, la irresponsabilidad y la ceguera o corrupción de las autoridades. Lo peor, es que como dices, es en todas partes.
    Gracias por denunciar, un granito de arena cuenta.
    Abrazos de luz

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    • Alfonso Cebrián dijo:

      Y encima son estúpidos. En la película ‘Los hermanos Marx en el Oeste’, éstos desguazan un tren para llegar a su objetivo al grito de ‘¡Más madera!’. A diferencia de lo que hacen nuestros gobernantes, los Marx consiguen lo que pretenden, que además es una buena causa, a costa del tren; aquéllos, los gobernantes, acabarán con el planeta en su viaje a ninguna parte. Efectivamente, hay que pararles los pies; y las manazas.

      Gracias y un abrazo.

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    • Alfonso Cebrián dijo:

      Hola. Me parece muy bien que me llames Julie; ojalá gozara de su talento poético. Gracias.
      Efectivamente, estamos gravemente envenenados, y no lo es menos la contaminación mental que nos hace tan sumisos.

      Gracias por tu comentario. Saludos.

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    • Alfonso Cebrián dijo:

      Y encima el asunto se trata con frivolidad. Un cambio que puede incrementar la desertización -no se olvide que el origen de la guerra está en la lucha por el agua-, y como consecuencia aumentar las hambrunas -como ya está ocurriendo-, la incidencia de enfermedades y las violencias, se muestra en los medios como algo azaroso e inevitable, cuando no como recurso para hacer reportajes tontos y dudosamente divertidos. No debe ser fácil conciliar crecimiento, sostenibilidad y libertad, pero nos va tanto en ello que hay que exigir que se pongan manos a la obra, y mirar bien antes de elegir a tanto energúmeno, incompetente y falaz.

      Gracias y un saludo.

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    • Alfonso Cebrián dijo:

      Hola, Isabel, gracias por comentar. En estos días de tribulación y congoja, por lo menos podía llover. Miro el río y mi recuerdo, y pienso más allá. Imagino que a sus orillas bajarían a refrescarse los pies quienes trasladaban y hermanaban culturas y lenguas para pasar al romance los saberes antiguos. Adoraban a un dios al que se dirigían con nombres diferentes, pero amaban la sabiduría y por ello la trasladaban a la lengua popular, para que se conociera, para que no se perdiera. No lo sé bien, pero no creo que las ideas de tribu, nación o como lo queramos llamar anidaran en su cabeza. Pienso en el Greco y sus representaciones místicas, trabajando y creando en la casa del judío Samuel Leví. Recuerdo la impresionante cabeza de Victorio Macho, absorto en su arte, y con los jardines de su casa abiertos al asombro de los niños del barrio. Pienso, en fin, en lo que une y engarza la riqueza de lo diverso. Y perdona esta expansión mía; la necesitaba.

      Un fuerte abrazo.

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